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viernes, junio 22, 2012

COMUNIDAD DE PROPIETARIOS (segundo A)

Nuri pone encima de la mesa una bandejita con una ensalada y un yogur y se dispone a cenar frente al televisor. El verano está aquí. La ventana abierta deja entrar un poquito de aire, lo suficiente para echar de menos la calle. Nuri quiere irse de vacaciones. Hay un club de separados al que pertenece que organiza viajes. No le importaría apuntarse a un crucero. Quizás en un barco de esos le sonreiría la suerte y conocería a un hombre verdadero, un ser íntegro. Sería un ser generoso, guapo, guapísimo, que vendría escaldado de una relación anterior, como ella, igual que ella, y que, nada más verla, la reconocería como la mujer de su vida.

Nuri aparta la bandeja con la ensalada y el yogur y se estira en el sofá. Comienza a acariciarse. Sí, ¿cómo se llamaría? Andrés, por ejemplo. Se conocerían en la cubierta principal y él…

miércoles, mayo 30, 2012

COMUNIDAD DE PROPIETARIOS (segundo A)

Nuri lee muchos libros de psicología, de esos de autoayuda que ponen ejemplos muy fáciles para que los entiendan hasta las personas que no pueden concentrarse durante un minuto en la misma idea. Gente de pensamiento disperso, como ella misma. Nuri, si quiere meditar sobre una idea, acaba pensando siempre en lo mismo: él y por qué la abandonó. Si quiere hacer un ejercicio de relajación y comenzar por los hombros y el cuello, como debe ser, acaba con tortícolis y tiene que tomarse una aspirina y dejar la relajación para otro día. Si quiere disfrutar de una actividad creativa, como le recomiendan en las páginas de esos libros en cuyas portadas figuran mariposas y paisajes con arco iris, empieza emborronando con las acuarelas y acaba haciendo un agujero en el papel y preguntándose por qué y por qué.

lunes, mayo 07, 2012

COMUNIDAD DE PROPIETARIOS (segundo A)

En las hojas que caen de los árboles está escrito todo lo que pasó, piensa Nuri. Las hojas de los árboles que caen y que embarran el suelo de la acera son la factura del tiempo que pasa. Todos nuestros actos están en una balanza que se equilibra siempre, o al final. Piensa Nuri en todo el camino recorrido para llegar hasta aquí, a esta hora de la tarde, a punto de llegar a casa para cenar y acostarse sola, como todos los días, con las persianas bajadas y el televisor encendido, odiándole y a la vez echándole de menos. Mil gestos de él que añora a diario, ahora que ya no se siente una diosa iracunda y sí una mujer dolorida. Todas las mañanas, cuando se despierta en esta casa que compraron a medias, no piensa en la puñalada que él le asestó con su traición, recién casados, sino en la parsimonia y la laboriosidad que exhibió cuando hizo el equipaje. Ni siquiera dio un portazo cuando se marchó.