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domingo, abril 24, 2011

Pueblo

Todos los caminos tienen su final. Todas las cunetas están verdes. Todas las siembras están fuertes. Todos los charcos están limpios. El aire huele a humedad. El cielo está oscuro.

Nos saca a pasear la perra. Está como loca de alegría. Corre y salta. Se aleja y luego vuelve, vuelve con un correr perfecto, sincronizado, con las orejas al viento. Este cachorrillo se para frente a nosotros y nos mira. Te da a elegir: O le acaricias o se restriega contra tus piernas.

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La señora tiene casi cien años. Llueve. Está con su hija, acurrucadas las dos, asomadas a la ventana, mientras ven llover. Pasamos corriendo, pisando charcos, pero hay que parar y saludarlas. Le preguntan cómo está y ella contesta que cada vez más arrugada. Es que la tierra me llama, dice.

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A las tantas de la madrugada, en una bodega, con el estómago lleno de sopas de ajo y del primer vino cosechero del año, vino peleón y amansador de fieras, me entero de que la ginebra es uno de los mejores limpiadores de gafas que existen. Me las piden, las cedo (con un poco de miedo), las embadurnan con ginebra, las yemas de unos dedos las limpian con una servilleta. Efectivamente, al ponérmelas noto que lo que veo es más nítido, casi perfecto, que no hay bruma.

domingo, marzo 06, 2011

Rita

Parece un vodevil lo que arman en el patio, entre geranios y perejiles, esta perrita negra recién llegada que ayer todavía mamaba de las ubres de su madre, y el gato resabiado y bigotudo. Somos espectadores y llamamos a los demás, para que contemplen el espectáculo. La recién llegada corretea alrededor del cuenco lleno de pienso, y el micifuz gordo y con galones enseña las uñas y bufa desde lo alto de la pared, esperando que todo vuelva a ser como antes, cuando despreciaba cuanto la dueña le ofrecía y se marchaba por días enteros para casarse en los tejados con todas las que encontrara. (Por ahí, a la sombra de las ruedas de los tractores, han quedado camadas enteras que el padre no se digna visitar).

El gato llega al suelo y salta sobre el mismo lugar, una y otra vez. Enseña las uñas. Bufa. Se pone rígido, arquea el lomo. La perrita lo mira, parece sonreír, y lame la cazuela. Esta perrita lustrosa, con el pelo brillante y cara de calendario, que menea el rabo cuando nos siente cerca, nunca conocerá un día nublado. Todo en su vida será perfecto; la vida le sonreirá, con los debidos cuidados. Está escrito en la cartilla que le ha dado el veterinario esta mañana.

De pronto el gatazo lanza su pata delantera hacia ella y la perrita gime, ladra, llora, porque la garra del minino gordo y melifluo se ha llevado por delante uno de sus ojitos lustrosos, que está ahí, en el suelo encementado, entre geranios y perejiles.

La perrita queda tuerta y el gato se marcha por los tejados.

miércoles, marzo 02, 2011

Cebollas

El anciano se para, azadón al hombro. Lo deja en el suelo, saca un paquete de ducados, resopla, mira hacia el final de la calle, enciende un cigarrillo. Que no me vea fumar la Berta, resopla. Después de unas caladas pregunta: Qué tal por Madrid, salao? Mucho coche, contesto, y sé que le apetece hablar.

Dice que ha plantado mil trescientas cebollas. Para toda la familia, hasta para los tres biznietos. Le han ayudado a plantarlas dos de sus hijos. Se desriñonan, los jóvenes se desriñonan. Voy y vengo. Está uno medio malo, pero yo si salgo de casa no es para pasear. Que pasee la Berta. Yo tengo que sacar algo en claro. Plantar algo en la huerta, partir leña, recoger los huevos de las gallinas.

Dinero no tengo, pero memoria, ay, memoria tengo mucha. El cementerio nuevo lo inauguraron el año 89, y desde ese año tengo yo un cuaderno en el que apunto a los que se van. A todos. En esta calle éramos muchos: Antonio, el otro Antonio, Pedro… ya quedamos pocos para celebrar los cumpleaños con un café y una pasta flora. Si alguien tiene alguna duda de fechas, mándamelo, que abro el cuaderno, que yo soy el notario de los muertos.

Me gustaría tener una grabadora a mano cuando este hombre se pone a hablar y cuenta y cuenta, mientras mira al final de la calle, por si se asoma a la puerta Berta. Habla este hombre alzando y bajando la voz, en plan épico.

He hecho de todo. He pasado hambre, pero no más que otros que tenían más obradas y una yunta. Se igualaron las cosas hace tiempo. Ahora vamos todos a misa y nos sentamos todos en el mismo banco. He sido labrador, mayormente. Pero también he capado cochinos, he ido a las ferias a comprar y vender mulas, he sido cartero. Y fui el portero del baile, porque este pueblo tuvo baile, aquí donde lo ves, y yo cobraba las entradas. Más de una pareja la he arreglado yo, en la puerta. Cuánto cuchicheo. A mí me utilizaban de celestino, y no es una ignominia decirlo.

Asoma Berta a lo lejos y se va el juglar, calle adelante. Recuerdos a los madriles, salao, dice.

martes, septiembre 14, 2010

Domingo, mediodía

El domingo vuelve la gente de misa e interroga Ramón a su mujer: ¿Cómo está Dios? ¿Te ha preguntado por mí? ¿Se ha enterado de lo de la semana pasada? Si acaso, dile que ya iré a confesarme.

Y Ramón se toma el vermucito con torreznillos, sonriendo, en la confusión de la barra.

lunes, septiembre 13, 2010

Pueblo (IV)

Ay, este anciano tan digno que cuando habla de su infancia recuerda al patrón como “amo”. Es que mi amo me pagaba los viernes. Mi amo tenía no sé cuántas tierras en arriendo.

Este hombre que se casó con veinte años y se hizo libre.

Este hombre que recuerda lo del rayo en la era, o lo de los cien gansos que llevó a vender a Madrid, o lo de la máquina de hacer fideos que inventó.

Este anciano que entre hijos, nietos y bisnietos en los días de fiesta cuenta veintinueve a la mesa y antes eran treinta y por eso se le humedecen los ojos.

lunes, junio 28, 2010

Pueblo (II)

7.-
En el comercio hay de todo, desde legumbres hasta fiambres, pasando por verdel frito y envasado en cubas de madera. Cuelgan detrás del carnicero enormes piezas de panceta, morcillas negras emparejadas, costillares brillantes. Parte el hombre las chuletas como si se despidiera de ellas una a una, y las lengüetea con el cuchillo, colocándolas sobre el papel.

8.-
“Va a llover a lo burro”. “La que va a caer no nos la quita nadie”. Amenaza tormenta y se ven relámpagos a lo lejos. El hortelano mira al cielo con el azadón al hombre. No suda, pero hace el ademán de limpiarse el sudor. Este hombre se limpia el sudor como yo me como las uñas: por costumbre. (Toda la vida sudando). Caen las primeras gotas, que parecen horadar el suelo.

9.-
Noche cerrada. Huelen todavía a verde los sarmientos y no hacen humo blanco, porque son de este año. Entre dos acercan la parrilla al fuego. Huelen las chuletas. Parece que finalmente no lloverá.
El vino de la jarra está fresco. El primer trago es el que lima la aspereza de la garganta. Todos los días deberían acabar así.

domingo, junio 06, 2010

Pueblo

1
Al llegar está el camión del pescadero en la plaza, y las mujeres preguntan, miran, porfían y compran. Señalan. En los pueblos se señala con el dedo de una forma espectacular, como si el dedo fuera el solista de un gran ballet.
Desde su entrada en el pueblo persiguen al camión del pescadero unos cuantos perros que husmean a unos metros. Deberían ser gatos los que persiguieran al camión del pescadero, pero no, son perros. Uno de ellos es tuerto.

2
Benito ha retejado. Su familia ha venido hoy de Madrid para ayudarle a plantar unos puerros para el verano, dice él, con sus ochenta años a cuestas. Buena gente. Varias generaciones haciendo surcos en la tierra.
Benito utiliza palabras exquisitas. Ignominia, por ejemplo, se la oí un día que contaba sus primeras experiencias como agricultor
Benito tiene párkinson, pero todavía se atreve a cortar leña (siempre que sea a primera hora de la mañana).

3
Salimos de tomar unas cañas en el bar. Son las tres de la tarde y, por la acera, de camino a casa, nos arrimamos a las paredes de las casas para buscar la sombra. Vemos una lagartija que corre. Luego otra, y otra.

4
Me gusta leer en la hora de la siesta en estas camas enormes, de príncipes rurales. Tres páginas después me duermo.

5
En el patio hay unas tomateras y un par de matas de calabaza. Un laurel enorme, altísimo. Dos parras. Una higuera canija. Un pozo, una lata de Atún El Velero atada a una cuerda. Suena la lata en el agua del pozo y solo oírla ya refresca. ¿Cuántos años tendrá la lata? ¿Cuántas latas necesitará el riego de cada tomatera? ¿Cuándo comeremos tomates? ¿Nos picarán las avispas que rondan el agua fresca?

6
Anochece. Paseamos por el monte. Huele a tomillo. Todo está verde. Hay lugares frondosos, impenetrables. Me pican mil bichos. Uno de ellos me hace una roncha en la sien. Parezco Frankenstein.

domingo, febrero 14, 2010

Un entierro

El tanatorio era un tanatorio de pueblo, un tanatorio de andar por casa. Constaba de dos salitas para dos muertos, un vestíbulo, un cuarto de baño unisex y una “cafetería” que consistía en una máquina de café escondida en una habitación chiquitita, en la que había, además, carpetas con material de oficina y archivadores apilados unos encima de otros. Daban ganas de abrir aquella puerta, echar unas monedas y tomarse un cafelito en un vaso de plástico. Daban ganas de echarle un vistazo a las carpetas mientras se calentaba el gaznate. Mirar las estadísticas de los decesos de la comarca. Comprobar ciertas cosas. Por ejemplo: ¿Había habido overbooking en alguna ocasión en el tanatorio? ¿Habían muerto más de dos personas el mismo día en la comarca? En tal caso, ¿se pujaba por una plaza o la contrataba la familia del primer muerto que llegara?
Hacía frío. Eran las nueve de la mañana y ya había gente acompañando al muerto y acompañándose entre sí. El muerto era un difunto esperable, un muerto anunciado desde hacía tiempo. Era una persona querida y respetada. Se había hecho respetar hasta en los últimos días de su vida, esos en los que uno, si se descuida, pierde la dignidad y adquiere cara de pánico. Él no, él había sabido morir con entereza. Todos lo resaltábamos en los corrillos a su alrededor, mientras mirábamos de reojo su cadáver tras la cristalera, rodeado de coronas. Una de las coronas era de “la sociedad de cazadores de San Roque”, la del pueblo, aquella a la que perteneció durante mucho tiempo. No sé por qué ver esa corona me emocionó, porque yo no soy cazador ni me caen demasiado bien, tan brutos, tan convencidos de que están en su derecho. Los cazadores piensan que el que no es cazador es gilipollas. Siendo justo debió emocionarme nuestra corona, la de “todos tus sobrinos”, pero no, me emocionó la de los cazadores del pueblo. Le recordé hablando de caza, de campo, de ganado. De pinos. Era un experto en pinos. Un campeón de los pinos.

miércoles, septiembre 09, 2009

Septiembre

Si se presta atención, hay un momento en el que en la soledad de este patio, junto a la parra, cerca del brocal del pozo, ese ruido silencioso que se oye, semeja el crepitar de los antiguos discos de nuestra juventud, cuando la aguja llegaba al final, cuando terminaba la canción y no habíamos sacado a bailar a la chica. Pero no. Es solo silencio y que la tarde se está yendo suavemente.

domingo, septiembre 06, 2009

Fiestas


Vete a las fiestas patronales de un pueblo, con su plaza, con su olmo seco, con su orquesta y sus pasodobles, sus charangas, sus peñas, su limonada en cuba, su vino desde por la mañana, sus madrugadas etílicas, e intenta leer, en los tiempos muertos, en las siestas, por ejemplo, “De la brevedad de la vida”, de Séneca.

jueves, septiembre 03, 2009

Pinar


El hombre ya ha cumplido los cincuenta años y se acaba de separar de su esposa. A estas alturas, dice. Lo que no se os ocurra en Madrid, le contesta la gente del pueblo.

A primera hora de la mañana sube al coche con dos sillas plegables. Llega al pinar, busca una sombra, y las coloca allí. Se sienta en una de ellas hasta la hora de comer. Algunos de los que saben lo que hace y pasan cerca paran a conversar con él. Él ofrece al visitante la silla vacía ahí, en medio del pinar. Hablan de los años mozos, de la crisis económica o del sabor de los tomates de antes. Luego, al mediodía, cuando más calienta el sol, recoge las sillas y vuelve al pueblo para comer con su anciana madre, que le prepara chicharro en escabeche o ensalada de pimientos.
La tarde la tiene libre.

miércoles, septiembre 02, 2009

Gallinas


El hombre sufre un cáncer sin remedio que le tiene agostado el cuello. Está siempre en la penumbra del salón de su casa, pensativo. Ante quien le va a visitar hace una especie de resumen de su vida. Todos los que le conocen coinciden en que ha sido una persona trabajadora, honesta. Un buen vecino. El hombre, tocado con una gorrilla y calzando zapatillas de felpa, siempre termina diciendo: “Y antes de morirme tengo que quitar las gallinas. Porque las gallinas solo dan qué hacer. Mucho trabajo, pocos huevos. Tengo que quitar las gallinas antes de morirme”.

martes, septiembre 01, 2009

Girasoles


Al atardecer fuimos a pasear por el campo. Hacía un calor tremendo, terrible, un calor de cuento de Aldecoa. Nos detuvimos ante un campo de girasoles. Miles de ellos miraban al sol, con su cabezón amarillo, en una sincronía perfecta. Pero, en medio, dos entre tantos miles miraban a otro sitio. Hacia el pinar, creo.

lunes, agosto 31, 2009

Mariano (El bicho)


A este hombre que viene en bicicleta de un pueblecito tan pequeño, tan pequeño, que no tiene ni bar, le reciben todos como si fuera el embajador de un lejano país, agasajándole e invitándole a un chato. Este hombre se apoya en la barra y dice chasqueando la lengua: “Mi pueblo es pequeño, pero los he contado y en mi pueblo hay catorce tontos. Catorce, sin contarnos a mi hermano y a mí”.

domingo, agosto 30, 2009

La señora Filo


La señora Filo da el espectáculo todos los domingos cuando va a misa.
La señora Filo ya ha cumplido los ochenta años y está sorda como una tapia. Tiene audífono, sí, pero le vale de poco. La señora Filo reza a gritos. Lo peor es cuando a mitad de la misa hay que pedir por el Papa y por los necesitados y por la familia. Entonces pide como la que más. Y empieza lo peor: Cuando pide por la familia todos los asistentes a misa, desde los sentados en los primeros bancos hasta los que están en pie, cerca de la puerta, se enteran de todos sus buenos deseos. “Por mi nuera, para que coma más y engorde un poco. Por mi Pedrito, para que no sea tan basilisco y me llame a menudo. Por mi nieto, que estudie (medicina, si es posible). Por la Antonia, que mejore de las piernas para que no cruce por mi cerco.”
Su voz retumba entre aquellos muros de piedra, y no permite que los codazos de los vecinos de banco pidiéndole que calle interrumpan sus peticiones. El cura sonríe y reza para sí, rogando que el audífono de la señora Filo no se acople con su micrófono, porque entonces sí, entonces si que aquello parece el apocalipsis.

domingo, abril 26, 2009

A por espárragos (y VII)

Volvimos al coche. Me dolían los pies (es que todavía no me he recuperado de una tendinitis). Con los espárragos en la mano, hice una lista de buenos propósitos. No comer tanto, no beber demasiado. Escribir, escribir. Que nada me distraiga. Concentrarme, concentrarme. En el traqueteo del viaje volví a meter el dedo en la tapicería del Opel Omega. Saqué un trozo de esponjita. Con las ventanillas abiertas, seguía oliendo a pino. Tenía la palma de la mano rugosa, casi insensible, de tanto toquetear hierbajos. Esta noche dormiría bien. Hablaban ahora de aquel tío que no era capaz de dejar de reír en el entierro de un vecino.

sábado, abril 25, 2009

A por espárragos (VI)

La palma de la mano empezó a picarme, de tanto restregarla por los hierbajos, para comprobar si eran o no esparragueras. Encontré algún espárrago, verde, oscurecido, duro. Lo corté a ras de tierra. Ya teníamos unos manojos.

Cruzó ante nosotros un conejo, como una exhalación. Contaron de aquel perro de caza que era tan malo que cuando oía un tiro se subía a los árboles.

—Cómo trepaba, el cabrón. Parecía que quería la cucaña.

Hablaron del cura, que ha adelantado la hora de la misa de los domingos porque tiene que montar a caballo. Le han regalado un caballo tordo. Es un cura inocente, un cura hecho a esto, que no brama contra nada y que todo lo disculpa. Un cura grandote que monta a caballo por estas llanuras, después de decir misa en ocho pueblos de la comarca, antes de tomar el vermú.

Hablaron de Moisés y de que no es capaz de sacar adelante unos tomates desde hace años.

—O los apuerca en el invernadero, o los jalbega con insecticida cuando los trasplanta.

viernes, enero 09, 2009

Vacaciones de Navidad

El patio de madrugada. Los geranios en penumbra, la sombra del árbol seco. Se oyen ruidos si se presta atención.

Va al cuarto de baño dando pequeños saltitos. Y luego vuelve, a cobijarse entre las sábanas y sentir la respiración de ella como la de un buque en medio del mar.

Antes de cerrar de nuevo los ojos e intentar dormir mira el techo, con esas vigas de madera, enormes sobre sus cabezas. Se ajusta la sábana a los hombros, coloca la cabeza sobre la dura almohada. Corrige la posición y piensa que pronto amanecerá y comenzaran a sonar las palomas que anidan en el hueco del tejado, las que andan a la pata coja, como si taconearan. Todos los pájaros del pueblo terminarán por despertarle y ya habrá salido el sol.

martes, septiembre 16, 2008


Noche/día

Se acaban las fiestas del pueblo. Mediodía del último día. Me convencen para ir a misa (misa por los difuntos). Pasamos por la plaza. Hay cascos de botellas por todas partes. Ni rastro de la orquesta que anoche maltrataba pasodobles. Leve dolor de cabeza.

Sentado en el banco de la iglesia oigo la perorata del cura. Miro las baldosas del suelo, tan viejas, tan deslucidas. Las miro fijamente.

domingo, agosto 17, 2008

Aniversario
Ese hombre al que se le murió la hija el año pasado después de mil sesiones de quimioterapia tiene este año una huerta espléndida. Atraviesa con la azada al hombro las calles del pueblo con una entereza que pasma, llega a la huerta y se agacha entre los surcos, rebuscando tomates, y espantando a los grajos, que picotean las pequeñas sandías en las matas.
Su mujer, vestida de negro, sale a comprar el pan (se extraña de que la hogaza haya subido diez céntimos) y barre la puerta de su casa.