Autobús
Hay algo tierno en ver a la gente correr hacia la parada del autobús. Hay gente que no logra llegar a tiempo y lo ve marcharse. Si no se desesperan se sientan y esperan el siguiente. Si se desesperan, también.
viernes, enero 12, 2007
jueves, enero 11, 2007
martes, enero 09, 2007
lunes, enero 08, 2007
domingo, enero 07, 2007
Alzheimer
El hombre veía el mar desde la ventana. Todos afirmaban que aquello era Madrid y que tras los cristales solo podían verse dos acacias tristes y una farola de luz amarillenta, pero él decía, por ejemplo: “mañana, marejadilla”. O: “mañana, marejada de fuerza dos”. Y se quedaba tan tranquilo, con cuidado de que el agua salada de las olas que rompían en el alfeizar no le alcanzara la suela de las zapatillas de paño.
Tenían miedo de que dañara a quien más quería. El hombre amenazaba con la garrota a su nieta y, en cierta ocasión, le atizó en la cabeza. A la niña le afloraron a los ojos unas pequeñas lágrimas y él rió como ríen los niños.
Solo se tranquilizaba si le enseñaban un álbum de fotos en el que se viera cuando era pequeño. Acariciaba las fotos en blanco y negro y decía: “quien soy yo, quien soy yo...”
Le habían dicho a los familiares que no le mencionaran la palabra MENTIRA. Por lo visto a estos enfermos les hace mucho daño oírla.
Se quedaba mirando con ojos de tortuga y sonreía con sorna. Parecía que diría algo interesante. Pero callaba.
Si comenzaban a contarle una historia él la continuaba, pero al rato se quedaba con la boca abierta y la historia parecía evaporarse en el aire.
Le parecía que lo más bonito del mundo era la válvula de la olla exprés.
No comprendían su obsesión por el mar si él era de tierra de páramos. Quizás la culpa la tuviera José Antonio Maldonado, con esas palabras que utilizaba a la hora de la cena: marejada, marejadilla... También a la chica que presenta el telediario la llamaba Doña Concha y se excusaba por no haber hecho los deberes. “No me dé con la vara, Doña Concha, no me de con la vara...”, decía.
El hombre veía el mar desde la ventana. Todos afirmaban que aquello era Madrid y que tras los cristales solo podían verse dos acacias tristes y una farola de luz amarillenta, pero él decía, por ejemplo: “mañana, marejadilla”. O: “mañana, marejada de fuerza dos”. Y se quedaba tan tranquilo, con cuidado de que el agua salada de las olas que rompían en el alfeizar no le alcanzara la suela de las zapatillas de paño.
Tenían miedo de que dañara a quien más quería. El hombre amenazaba con la garrota a su nieta y, en cierta ocasión, le atizó en la cabeza. A la niña le afloraron a los ojos unas pequeñas lágrimas y él rió como ríen los niños.
Solo se tranquilizaba si le enseñaban un álbum de fotos en el que se viera cuando era pequeño. Acariciaba las fotos en blanco y negro y decía: “quien soy yo, quien soy yo...”
Le habían dicho a los familiares que no le mencionaran la palabra MENTIRA. Por lo visto a estos enfermos les hace mucho daño oírla.
Se quedaba mirando con ojos de tortuga y sonreía con sorna. Parecía que diría algo interesante. Pero callaba.
Si comenzaban a contarle una historia él la continuaba, pero al rato se quedaba con la boca abierta y la historia parecía evaporarse en el aire.
Le parecía que lo más bonito del mundo era la válvula de la olla exprés.
No comprendían su obsesión por el mar si él era de tierra de páramos. Quizás la culpa la tuviera José Antonio Maldonado, con esas palabras que utilizaba a la hora de la cena: marejada, marejadilla... También a la chica que presenta el telediario la llamaba Doña Concha y se excusaba por no haber hecho los deberes. “No me dé con la vara, Doña Concha, no me de con la vara...”, decía.
sábado, enero 06, 2007
jueves, enero 04, 2007

Sentidos
El goce, uno de los ingredientes de la felicidad. Hay momentos en los que se exacerban los sentidos y parece que todo lo que tocamos lo tocamos con un guante de seda. Curvas, ángulos. La piel suave. Un músculo. Dónde todo termina. El lugar en el que comienza. Un suspiro. La verdad. Sí, el goce.
miércoles, enero 03, 2007
martes, enero 02, 2007
lunes, enero 01, 2007

De compras
Apoya sus codos en el carro del supermercado. Mira alternativamente el número del papelito que tiene en una de sus manos y el del marcador de la pared. Le llama la atención la diligencia de los carniceros al otro lado del mostrador, las prisas de la gente y la mirada de los cochinillos puestos en fila tras la vitrina. Me dice al oído que esa mirada le recuerda algo.
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