Salimos a tomar unas cañas. Hace buen tiempo. La gente está en la calle. Miles de niños corren en bicicleta por las aceras. Perros defecan por riguroso turno, pues no hay sitio suficiente para que todos dejen su zurullo al mismo tiempo. (Hay uno de raza siberiana, con mucho pelo, que parece estornudar. Otro, demasiado canijo, ladra, y cuando ladra se queda suspendido en el aire unos segundos, como si volviera de un viaje astral). El polen de los árboles pulula por ahí, y se deposita en el capó de los coches, en el corazón de las gentes, en mi garganta.
Nos sentamos en una terraza a tomar unas cañas. Calculo cuántas barras de pan compraría con el dinero que nos gastaremos hoy. Cuántos litros de leche. Cuánta carne para guisar.
Rellenar una primitiva, quizás.
lunes, mayo 10, 2010
miércoles, mayo 05, 2010
Historias del paro (XVII)
El Mercado, la Deuda, la Prima de Riesgo, la Eurozona, el Parqué Europeo, el Ibex 35, el contagio griego. ¿El contagio griego? El 3x1 en droguería, 1 de filetes de pollo + regalo de 1 de contramuslos, la derrama de la comunidad de vecinos, el seguro del coche, las gafas del pequeño. La concentración de las Cajas, la calidad crediticia, la regulación del Mercado, los Bonos basura. La tarifa plana de internet, la mochila rota del mayor, el pescado congelado, la cuenta del teléfono móvil.
martes, mayo 04, 2010
Historias del paro (XVI)
Primero preparo el desayuno para los niños. Cuando se marchan al colegio hago las tareas de casa, que Lidia deja anotadas en la encimera de la cocina. Aireo las habitaciones, paso la aspiradora. Luego dedico un par de horas diarias a enviar currículos por correo electrónico, a consultar ofertas de trabajo por internet. A media mañana acabo viendo páginas pornográficas, tomándome un par de cervezas, triste, solo, esperando la vuelta de los chicos para poner al fuego la cazuela de la comida. Me asomo a la ventana. A veces veo a Javi, el vecino, que vuelve de correr. Hasta en chándal tiene pinta de estar en paro.
domingo, mayo 02, 2010
Historias del paro (XV)
Con este calor parece que el verano se aproxima. Las vacaciones escolares llegarán pronto. No tenemos dinero. No podremos salir de vacaciones. Hace calor. La ventana está abierta. Lidia continúa con las piernas abiertas. Me arranco el preservativo.
jueves, abril 29, 2010
Historias del paro (XIV)
Nos llamó el Jefe de Ventas a su despacho. Mostró diagramas. Habló de expectativas. Llegó un momento en el que solo esa palabra ocupó mi atención. Expectativas, expectativas. Supe que las expectativas serían mi ruina. Pero también pensé que yo no sería de los primeros. Creí que su mirada había sido más dulce al posarse en mi rostro, porque aguantaba la mía sin pestañear. Creí que me comunicaba su decisión salvadora sin palabras.
martes, abril 27, 2010
Historias del paro (XIII)
En la urba conozco a Javier, en paro, que un año de estos montará un negocio informático. También conozco a Rober, policía municipal, que presume de timar a su compañía de seguros una vez al año dando partes de falsos siniestros. Sé de Rodrigo, administrativo, papá primerizo, que ya ha sido condenado un par de veces por “conducción alcohólica”. La última vez rompió la pierna de una niña por tres partes diferentes. Iba bebido y se saltó un semáforo.
Es gente que lleva a sus hijos al mismo colegio al que van los nuestros. Yo soy un tipo en paro con insomnio crónico que a veces siente ganas de llorar. Somos todos gente normal.
Es gente que lleva a sus hijos al mismo colegio al que van los nuestros. Yo soy un tipo en paro con insomnio crónico que a veces siente ganas de llorar. Somos todos gente normal.
lunes, abril 26, 2010
Historias del paro (XII)
El día que compramos el piso pensé que no nos hacía falta gimnasio, ni piscina climatizada, ni pistas de deporte. Debí hacerlo constar en la notaría, o al empleado del banco, que sonreía demasiado. Una urbanización excelente para parejas con hijos, decía el de la constructora.
Hoy hace calor y el césped está recién regado. Si no lo miras bien no notas las calvas. Las zonas comunes de la urbanización sirven para que nos descuarticemos entre nosotros, mientras nuestros hijos juegan sin que les perdamos de vista. Nadie puede abandonar una conversación en las zonas comunes y retirarse a su domicilio sin correr el peligro de que le despellejen sus vecinos.
Hoy hace calor y el césped está recién regado. Si no lo miras bien no notas las calvas. Las zonas comunes de la urbanización sirven para que nos descuarticemos entre nosotros, mientras nuestros hijos juegan sin que les perdamos de vista. Nadie puede abandonar una conversación en las zonas comunes y retirarse a su domicilio sin correr el peligro de que le despellejen sus vecinos.
viernes, abril 23, 2010
Historias del paro (XI)
Tito llega del colegio con una nota del tutor. Quiere hablar con nosotros. Le preocupa su rendimiento académico. A mí me preocupa de este niño gritón que me dibuje caracterizado de hormiga cabezona. Si dibuja a su madre y a su hermano con cabezas en consonancia con el tamaño de sus cuerpos, a mí no puede colocarme una cabeza sobredimensionada. Algo debe significar eso. En la hoja del cuaderno se nos ve a los cuatro. Se ve una casa con chimenea y humo, el sol, nubes, y, destacando en la línea del horizonte, mi cabezón.
martes, abril 20, 2010
Historias del paro (X)
Decían que los primeros en marcharse serían algunos de los directivos. Esa sería la señal de que las cosas no marchaban demasiado bien. Por ahí empezarían a ahorrar gastos en personal. Mirábamos las plazas reservadas del aparcamiento. Todas seguían ocupadas.
domingo, abril 18, 2010
Historias del paro (IX)
Domingo.
Salgo a pasear a primera hora de la mañana. Me lo ha recomendado el médico. Los dueños de los perros y yo ya nos conocemos. Más adelante me conocerán los perros. Ya me huelen. Es cuestión de tiempo.
En la plaza hay latas de cerveza de medio litro, vacías, puestas en pie, como en una bolera, esperando ser derribadas. Son restos del botellón de los rumanos de anoche. El botellón de los jóvenes españoles es en el parque. Sin cervezas de medio litro, con botellas de Cacique y Coca Cola de dos litros. No sé cómo lo harían anoche, con lo que llovió, y sin los soportales acogedores de la plaza. Quizás se fueran al cine. A ver Alicia en el país de las maravillas.
A primera hora de la mañana de un domingo, el paseo de un hombre en paro no es el mismo que el de uno que trabaja. Paseo porque quiero y me obligo. Para el parado no hay paréntesis. En todo lo que contemplo veo señales ocultas. Nada tiene remedio. Y sin embargo se me ocurren varias razones para seguir adelante: Huele a tierra mojada, compraré churros, escribiré esto que estoy rumiando.
Salgo a pasear a primera hora de la mañana. Me lo ha recomendado el médico. Los dueños de los perros y yo ya nos conocemos. Más adelante me conocerán los perros. Ya me huelen. Es cuestión de tiempo.
En la plaza hay latas de cerveza de medio litro, vacías, puestas en pie, como en una bolera, esperando ser derribadas. Son restos del botellón de los rumanos de anoche. El botellón de los jóvenes españoles es en el parque. Sin cervezas de medio litro, con botellas de Cacique y Coca Cola de dos litros. No sé cómo lo harían anoche, con lo que llovió, y sin los soportales acogedores de la plaza. Quizás se fueran al cine. A ver Alicia en el país de las maravillas.
A primera hora de la mañana de un domingo, el paseo de un hombre en paro no es el mismo que el de uno que trabaja. Paseo porque quiero y me obligo. Para el parado no hay paréntesis. En todo lo que contemplo veo señales ocultas. Nada tiene remedio. Y sin embargo se me ocurren varias razones para seguir adelante: Huele a tierra mojada, compraré churros, escribiré esto que estoy rumiando.
sábado, abril 17, 2010
Historias del paro (VIII)
Los primeros días Lidia me llamaba por teléfono. Hablábamos. Hablábamos mientras yo estaba recostado en el sofá y tenía cuidado de bajar el volumen al televisor. Me decía que me animara mientras en la pantalla yo veía la reposición de un episodio del Equipo A en la que salvaban a una chica de las garras de un malhechor.
jueves, abril 15, 2010
Historias del paro (VII)
Nos dieron la carta de despido un viernes. Está todo estudiado. Dicen que la perspectiva del fin de semana hace menos traumática la comunicación. Te despides de los compañeros como si fueras a verlos el lunes, dicen. La mente hace un pequeño paréntesis, dicen. Los psicólogos son gilipollas.
miércoles, abril 14, 2010
Historias del paro (VI)
Lidia en la cama. Lidia está leyendo una revista. Dice que el sobrepeso es enemigo del deseo sexual. Me miro la barriga. Las hojas de palmera del estampado de la colcha parecen moverse a la altura de su vientre. El artículo se titula “Los enemigos de la libido”. Miro la lámpara de la mesilla.
martes, abril 13, 2010
Historias del paro (V)
Javi, el vecino del 6º, está intentando montar una empresa de informática. Trabajaba de programador o algo así en el BBVA, o para una empresa auxiliar del BBVA. Dice que ya lo tiene todo a punto, pero así lleva un año. Dice que el paro es una oportunidad. Abre expectativas, dice. Como tiene tiempo y le sobran expectativas Javi va a correr todas las mañanas. Suda como un cabrón. Como un cabrón con expectativas. Se le van las energías en correr. Le veo y, casi sin respiración, me dice que le falta el local. El local y lo pongo en marcha, dice.
lunes, abril 12, 2010
Historias del paro (IV)
Prefería no acercarme a la máquina del café. De aquella máquina brotaban rumores. Salían junto con el café cortado, el capuchino o la manzanilla. Lo último que oí antes de la gran patada fue que habían hecho una ampliación de capital. Cómo iban a echar a la gente si hacían una ampliación de capital.
Historias del paro (III)
El Lexatín es un medicamento cojonudo. Me pongo nervioso si no tengo una caja en el armario del cuarto de baño. En la madrugada, desvelado, me tomo un lexatín con un trago de agua. Me miro un rato en el espejo y luego vuelvo a la cama. El suelo está seco y frío. En él la planta de los pies hace un ruido como de agua en la palangana. Dispuesto a dormir: es como ordenar los pensamientos, pero sin tener ninguno. Como si se evaporaran, los pensamientos. Como si tuviera una campana extractora de pensamientos.
Lidia no quiere que tome ansiolíticos. Pone en sus revistas que los ansiolíticos producen adicción. En sus revistan hablan de las virtudes del brócoli, del punto G, de la moda de primavera y de escapadas de fin de semana a Nueva York.
Lidia no quiere que tome ansiolíticos. Pone en sus revistas que los ansiolíticos producen adicción. En sus revistan hablan de las virtudes del brócoli, del punto G, de la moda de primavera y de escapadas de fin de semana a Nueva York.
domingo, abril 11, 2010
Historias del paro (II)
Salimos del ascensor cargados con las bolsas de Mercadona y al ir a abrir, tú-yo, tú-yo, nos damos cuenta de que nos hemos dejado las llaves dentro. En ese momento qué ganas tengo de estar en mi casa, de sentarme en el sofá, de tomar una cerveza. Hacemos un esfuerzo para no gritarnos y lo conseguimos. Silencio. Como no se me ocurre qué hacer, me agacho y miro por la cerradura. “Qué ves, estúpido”. “Miro”. “¿Qué ves?” Los niños ríen.
Llamo a mi cuñado para que traiga una llave. Nos alegramos de no necesitar un cerrajero. Necesitamos a mi cuñado con su coche. Esperamos en el portal, rodeados de bolsas de plástico. Las bolsas de Mercadona no son como las de Carrefour: se rompen. Cuando te das cuenta vas tirando latas de paté o sobres de jamón york como si fueras Pulgarcito y no estuvieras seguro de cómo volver a casa.
Llamo a mi cuñado para que traiga una llave. Nos alegramos de no necesitar un cerrajero. Necesitamos a mi cuñado con su coche. Esperamos en el portal, rodeados de bolsas de plástico. Las bolsas de Mercadona no son como las de Carrefour: se rompen. Cuando te das cuenta vas tirando latas de paté o sobres de jamón york como si fueras Pulgarcito y no estuvieras seguro de cómo volver a casa.
viernes, abril 09, 2010
Historias del paro (I)
Estoy tan gordo que en la ducha no me veo la punta de los pies. A veces paso cerca del frigorífico y me llama. Susurra: Ven, ábreme, mira lo que tengo en las entrañas.
A veces tardo en conciliar el sueño y me levanto de madrugada a tomar leche con galletas y a mirar en la tele programas de tele-venta. Mojo galletas y miro la jeta de las vendedoras. Tienen una cara especial. Te miran como si te conocieran. Creen que saben lo que necesitas. Las galletas esponjosas se vierten en la taza y forman una pucha dulzona.
A veces tardo en conciliar el sueño y me levanto de madrugada a tomar leche con galletas y a mirar en la tele programas de tele-venta. Mojo galletas y miro la jeta de las vendedoras. Tienen una cara especial. Te miran como si te conocieran. Creen que saben lo que necesitas. Las galletas esponjosas se vierten en la taza y forman una pucha dulzona.
miércoles, febrero 17, 2010
Dentista
Miro los cuadros colgados en las paredes, reproducciones de pinturas impresionistas que representan los mares del sur, con palmeras, con lugareñas lánguidas que no acudían nunca al dentista y eran felices comiendo fruta mientras la brisa del mar azotaba sus rostros, pero poco, los azotaba poco porque tenían que sonreír con sus ojos grandes y su dentadura perfecta. Paso la yema de los dedos por el lomo de las revistas que hay apiladas en la mesa, pero no, no cojo ninguna porque sería demasiado esfuerzo el que invirtiera en leer cotilleos y chismes estúpidos y en ver fotos de tías escuálidas, que estoy harto de ver mujeres sin curvas, mujeres largas y sin curvas como las carreteras de la Mancha.
La verdad es que parezco enfadado, lo noto. Hago todo lo posible para olvidar que estoy aquí, en la consulta del dentista, rodeado de adolescentes larguiruchos que cruzan las piernas como condes de la campiña inglesa. Cuando abren la boca veo que la mayoría lucen alambres en los dientes, arriba y abajo, y si sonríen, que casi nunca, parecen psicópatas eligiendo víctima. Fuera llueve.
Viene a buscarme una señorita vestida de blanco y me conduce por un pasillo a la consulta propiamente dicha. Hace que me siente en un sillón que parece un boomerang. Me reclina, me quita las gafas. Qué modales. Me dan ganas de decirle que soy capaz de apoyar la cabeza solo, que soy capaz de quitarme las gafas solo, pero no lo hago, no vaya a enfadarse y luego tome represalias.
Se marcha. Ahora vendrá la doctora. Veo a mi derecha un vasito con agua. Me dan ganas de beber, pero no lo hago, que nadie me ha dado permiso. Si me quitara los zapatos estaría más cómodo, pero presiento que no procede.
Espero.
Espero.
Aparece la doctora. Me saluda. No se quita la mascarilla para hablar. Parece simpática, le brillan los ojos. Hace que abra la boca. Con dos dedos lo logra. Toca, palpa mis dientes y mis muelas, mira al techo. Sí, dice, usted padece bruxismo, como sospechaba su médico de cabecera. El bruxismo consiste en rechinar los dientes, en apretar los dientes, en apretarlos de forma inconsciente hasta que duele la mandíbula y la cabeza. Normalmente esto sucede mientras duerme. En ocasiones despierto. Con una férula de descarga se arregla todo, dice.
Se marcha. No sé si levantarme, si beber agua, si decir lentamente y como una letanía bruxismo, bruxismo, bruxismo…
La verdad es que parezco enfadado, lo noto. Hago todo lo posible para olvidar que estoy aquí, en la consulta del dentista, rodeado de adolescentes larguiruchos que cruzan las piernas como condes de la campiña inglesa. Cuando abren la boca veo que la mayoría lucen alambres en los dientes, arriba y abajo, y si sonríen, que casi nunca, parecen psicópatas eligiendo víctima. Fuera llueve.
Viene a buscarme una señorita vestida de blanco y me conduce por un pasillo a la consulta propiamente dicha. Hace que me siente en un sillón que parece un boomerang. Me reclina, me quita las gafas. Qué modales. Me dan ganas de decirle que soy capaz de apoyar la cabeza solo, que soy capaz de quitarme las gafas solo, pero no lo hago, no vaya a enfadarse y luego tome represalias.
Se marcha. Ahora vendrá la doctora. Veo a mi derecha un vasito con agua. Me dan ganas de beber, pero no lo hago, que nadie me ha dado permiso. Si me quitara los zapatos estaría más cómodo, pero presiento que no procede.
Espero.
Espero.
Aparece la doctora. Me saluda. No se quita la mascarilla para hablar. Parece simpática, le brillan los ojos. Hace que abra la boca. Con dos dedos lo logra. Toca, palpa mis dientes y mis muelas, mira al techo. Sí, dice, usted padece bruxismo, como sospechaba su médico de cabecera. El bruxismo consiste en rechinar los dientes, en apretar los dientes, en apretarlos de forma inconsciente hasta que duele la mandíbula y la cabeza. Normalmente esto sucede mientras duerme. En ocasiones despierto. Con una férula de descarga se arregla todo, dice.
Se marcha. No sé si levantarme, si beber agua, si decir lentamente y como una letanía bruxismo, bruxismo, bruxismo…
domingo, febrero 14, 2010
Un entierro
El tanatorio era un tanatorio de pueblo, un tanatorio de andar por casa. Constaba de dos salitas para dos muertos, un vestíbulo, un cuarto de baño unisex y una “cafetería” que consistía en una máquina de café escondida en una habitación chiquitita, en la que había, además, carpetas con material de oficina y archivadores apilados unos encima de otros. Daban ganas de abrir aquella puerta, echar unas monedas y tomarse un cafelito en un vaso de plástico. Daban ganas de echarle un vistazo a las carpetas mientras se calentaba el gaznate. Mirar las estadísticas de los decesos de la comarca. Comprobar ciertas cosas. Por ejemplo: ¿Había habido overbooking en alguna ocasión en el tanatorio? ¿Habían muerto más de dos personas el mismo día en la comarca? En tal caso, ¿se pujaba por una plaza o la contrataba la familia del primer muerto que llegara?
Hacía frío. Eran las nueve de la mañana y ya había gente acompañando al muerto y acompañándose entre sí. El muerto era un difunto esperable, un muerto anunciado desde hacía tiempo. Era una persona querida y respetada. Se había hecho respetar hasta en los últimos días de su vida, esos en los que uno, si se descuida, pierde la dignidad y adquiere cara de pánico. Él no, él había sabido morir con entereza. Todos lo resaltábamos en los corrillos a su alrededor, mientras mirábamos de reojo su cadáver tras la cristalera, rodeado de coronas. Una de las coronas era de “la sociedad de cazadores de San Roque”, la del pueblo, aquella a la que perteneció durante mucho tiempo. No sé por qué ver esa corona me emocionó, porque yo no soy cazador ni me caen demasiado bien, tan brutos, tan convencidos de que están en su derecho. Los cazadores piensan que el que no es cazador es gilipollas. Siendo justo debió emocionarme nuestra corona, la de “todos tus sobrinos”, pero no, me emocionó la de los cazadores del pueblo. Le recordé hablando de caza, de campo, de ganado. De pinos. Era un experto en pinos. Un campeón de los pinos.
Hacía frío. Eran las nueve de la mañana y ya había gente acompañando al muerto y acompañándose entre sí. El muerto era un difunto esperable, un muerto anunciado desde hacía tiempo. Era una persona querida y respetada. Se había hecho respetar hasta en los últimos días de su vida, esos en los que uno, si se descuida, pierde la dignidad y adquiere cara de pánico. Él no, él había sabido morir con entereza. Todos lo resaltábamos en los corrillos a su alrededor, mientras mirábamos de reojo su cadáver tras la cristalera, rodeado de coronas. Una de las coronas era de “la sociedad de cazadores de San Roque”, la del pueblo, aquella a la que perteneció durante mucho tiempo. No sé por qué ver esa corona me emocionó, porque yo no soy cazador ni me caen demasiado bien, tan brutos, tan convencidos de que están en su derecho. Los cazadores piensan que el que no es cazador es gilipollas. Siendo justo debió emocionarme nuestra corona, la de “todos tus sobrinos”, pero no, me emocionó la de los cazadores del pueblo. Le recordé hablando de caza, de campo, de ganado. De pinos. Era un experto en pinos. Un campeón de los pinos.
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