lunes, agosto 01, 2011

Agosto

“¿Qué son esos abanicos que hay a lo lejos?”, pregunta la anciana, que va en el asiento del coche como si fuera una reina.

“Son paneles solares, madre”, le contesta el conductor.

“No te digo. En ese pueblo siempre han sido muy raros. Muy curitas, muy de misa diaria”.

domingo, junio 05, 2011

Cuento

El hombre se apoyó en el lavabo. Desencajó la dentadura postiza y la metió en un vaso de agua con líquido desinfectante. Luego orinó, se lavó las manos y vio en el espejo sus mejillas hundidas, su mirada cansada, mientras el agua del grifo corría.

Comprobó el cerrojo, apagó todas las luces.

En la cama la empujó suavemente con el codo. Ella se quejó levemente, como siempre cuando se quejaba. Él encontró su sitio sobre el colchón y agarró la almohada, para apoyarse. Le dolían todos los huesos, y los riñones. No respiraba demasiado bien.

Miró la sombra de la lámpara en la mesilla.

Pensó en los nietos. El mayor se iría a Londres este verano, sus padres podían permitírselo. La pequeña estaba otra vez con otitis.

Dio una cabezada y se le vino a la mente su jefe, un energúmeno con Económicas. Calculó que al coche le vendría bien una puesta a punto.

Luego pensó en el día que se compraron el piso, y después, en los tiempos en que iba a buscarla a la salida de la academia nocturna. Ella bajaba las escaleras como una princesa y él siempre estaba allí, esperándola. Ella salía siempre sonriendo, y nunca se quejaba de nada.

Después durmió un rato y ya le despertó su madre. Le preguntó en voz baja si había preparado la mochila para el cole. Dijo que la leche caliente estaba en la mesa. Le dio un beso en la frente y él se tiró de la cama con una energía tremenda, listo para ir al cole, para jugar al fútbol, para comerse el mundo.

miércoles, junio 01, 2011

Preadolescencia

En casa estamos siendo testigos de una preadolescencia: gastamos litros de champú.
También gastamos kilos de pasta variada, sobre todo macarrones.

jueves, mayo 26, 2011

Pepinos españoles

"Pepinos españoles provocan una infección mortal en Alemania”, leo en varios periódicos. Y pienso, (por un momento, solo por un momento) que al final siempre se hace justicia.

miércoles, mayo 25, 2011

Primavera

El olor pegajoso de los pólenes y las flores, el primer calor fuerte de la primavera, la luz extraordinaria de esta hora del mediodía provoca las ganas de llegar a casa, de preparar la comida, de comer, de descansar en el sofá con el sopor de las noticias. (Todo sigue igual, si acaso todo empeora).

Luego, con el café de la tarde, veremos folletos multicolores, libros gordos con ofertas de todo incluido, y pensaremos en las vacaciones, esas que nos prometimos para cuando acabara la hipoteca.

domingo, abril 24, 2011

Pueblo

Todos los caminos tienen su final. Todas las cunetas están verdes. Todas las siembras están fuertes. Todos los charcos están limpios. El aire huele a humedad. El cielo está oscuro.

Nos saca a pasear la perra. Está como loca de alegría. Corre y salta. Se aleja y luego vuelve, vuelve con un correr perfecto, sincronizado, con las orejas al viento. Este cachorrillo se para frente a nosotros y nos mira. Te da a elegir: O le acaricias o se restriega contra tus piernas.

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La señora tiene casi cien años. Llueve. Está con su hija, acurrucadas las dos, asomadas a la ventana, mientras ven llover. Pasamos corriendo, pisando charcos, pero hay que parar y saludarlas. Le preguntan cómo está y ella contesta que cada vez más arrugada. Es que la tierra me llama, dice.

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A las tantas de la madrugada, en una bodega, con el estómago lleno de sopas de ajo y del primer vino cosechero del año, vino peleón y amansador de fieras, me entero de que la ginebra es uno de los mejores limpiadores de gafas que existen. Me las piden, las cedo (con un poco de miedo), las embadurnan con ginebra, las yemas de unos dedos las limpian con una servilleta. Efectivamente, al ponérmelas noto que lo que veo es más nítido, casi perfecto, que no hay bruma.

martes, abril 12, 2011

Historias del cesped (y VII)

Su hermano esperaba los fines de semana para abrevar en cualquier barra de metacrilato con la ayuda de pastillas de colores. Su padre, camionero, a veces se preguntaba por qué tantos clubs de carretera se llamaban Oasis. Su madre tenía los armarios de la cocina atestados de decenas de tarros ordenados y cerrados herméticamente, algunos con alimentos exóticos, pero siempre comían lo mismo, una y otra vez, legumbres y legumbres.

Todo eso se lo dijo a ella en el césped del Allende, mientras la abrazaba y sentía cómo una piedrecita se le clavaba en los riñones. Intentó rozarle los pechos pero le fue imposible. Por lo visto, las batallas debían comenzar siempre por el principio y no había pasos intermedios.

En los corros corrían las litronas. Les ofrecieron patatas fritas y pipas de girasol. No le hacía gracia el perrillo que ladraba al ritmo de la guitarra. Las conversaciones de los demás eran insulsas, y las bromas le resultaban de una reiteración tal que si se descuidaba le levantarían dolor de cabeza. Quería, además de acariciarla y sentir su olor fresco, oírle una palabra de ánimo, sentirse acompañado en su decisión de abandonar los estudios.

Ella, sin embargo, le dijo que era un aburrido. Se lo dijo como una constatación de la realidad. Se zafó de sus brazos y se puso boca arriba, mirando el cielo, por si salían las estrellas. Él miró su cuello tenso y sus párpados ahora cerrados. Abriría los ojos y querría que el mundo la sorprendiera. Le preguntó si quería marcharse. ¿Nos vamos? Ella dijo que no, que le gustaba cómo tocaba el tío de la guitarra.

Emprendió el camino a casa. Pisó el césped nuevamente. Miró la acera, tan larga. Pegó una patada al retrovisor de un coche. Luego a otro. Dejó un rastro de coches mutilados y, con la destrucción, se sintió mejor.

sábado, abril 09, 2011

Historias del cesped (VI)

Cuando firmó el contrato en la ETT y se fijó en el prorrateo de las pagas extras, en que le descontarían el precio de las botas de trabajo del primer sueldo aquello ya no le pareció el paraiso en la tierra. Hizo cuentas y resultó que los descansos de veinte minutos en la descarga de camiones no contaban como tiempo de trabajo efectivo. Decididamente, aquello ya no le pareció la consecución de un sueño. Se vio a sí mismo claudicando ante un enemigo. Un enemigo invisible, poderoso y con paciencia infinita, que le absorbería la rabia y estaría siempre a sus espaldas con una calculadora.

Al mediodía, ante un plato de legumbres, su hermano le animó a comer mucho para estar fuerte y poder descargar camiones a destajo. Su padre golpeó el plato con el cuchillo como si quisiera matar un oso, (una lenteja se pegó a la piel de una naranja, otras salieron volando a posarse en la pantalla del televisor). Su madre lloriqueó y le repitió de nuevo que cometía un error al abandonar los estudios.

A última hora de la tarde hizo una llamada perdida y a los pocos minutos recibió otra en la que ella le preguntaba cómo le había ido y le decía que le esperaba en el césped, con todos los demás. Alguien tenía una guitarra y sonaba muy bien. Por lo visto un perrito bailaba al son de la música. Qué gracioso.

viernes, abril 08, 2011

Historias del cesped (V)

Era verano y él había decidido que no acudiría más al instituto. Había algunos que se fumaban los porros con ansia, para que brillaran sus ojos y se les pasaran las ganas de llorar. Conocía a otros que ingresaban en el paraíso a través de las porterías de futbito, celebrando el gol en la red. Los había que buscaban como podencos cadenas de las que liberarse y solo veían al bedel, que les rogaba que no gritaran en el vestíbulo. Él era ya otro. Él trabajaría en el Mercadona, haría turnos, y llegaría a casa cansado de trajinar con el pescado o con la fruta. Dormiría bien. Conocería las ofertas, saludaría al encargado, puliría el suelo. Se reiría de todo. Tendría dinero para ir con ella al paraíso, confiaba en que el camino le fuera mostrado. Los dos pensarían en el césped del Allende y, al mencionarlo, reirían. Recordarían los atardeceres de los días del verano.

jueves, abril 07, 2011

Historias del cesped (IV)

Lo que aún recuerda, cuando está en su habitación, tendido en su cama, escuchando música, es el sonido de la cabeza de ella contra los buzones, y los susurros de miedo: temían que les viera algún vecino. Pero al fin y al cabo los vecinos eran personajes de otra película, y nada era más importante que ellos. Los vecinos dormían mientras ellos hacían el amor. En unos momentos él la aprisionó y ya no pudo más. Algo había salido mal y algo había salido bien.

martes, abril 05, 2011

Historias del cesped (III)

Una madrugada, después de haber sentido el troquel del césped húmedo del Allende en sus espaldas, después de haber mirado la luna en varias ocasiones, él la acompañó a casa. Me aburro, había dicho ella dándole un trago a la cerveza. Y se marcharon. Él bajó la cabeza, miró al suelo, y, mientras recorrían las calles hasta su casa, las baldosas le marearon. En el portal la arrinconó contra el panel de los buzones. No fue nada premeditado. El verano dulzón. Las risas que habían oído, lejanas. El ascensor, parado, como un monstruo al acecho. Chupó su cara, lamió sus labios. Posó sus garras en sus caderas, le rajó las bragas. Ella bajó la cremallera de su bragueta demasiado deprisa, como enfadada con el mundo, como si el mundo le debiera algo.

lunes, abril 04, 2011

Historias del cesped (II)

Eran una pareja. Todos decían que lo suyo iba en serio. De camino a casa les apetecía quedarse atrás, separarse de los demás. Los hay muy brutos, decía ella. Son mis colegas, contestaba él. Gritaban, reían, se empujaban. Andaban por las calles de Valleaguado, agazapados, y los coches de policía reducían la velocidad y los maderos, cuando les veían, sacaban el codo por la ventanilla. Durante un minuto el coche iba a su paso, en primera, y ellos caminaban más erguidos.

jueves, marzo 31, 2011

Historias del cesped

Empezaron a salir juntos después de aquellas noches en el césped del Allende, a la luz de las farolas de luz amarilla, mecidos por el ruido de los coches en la avenida de José Garate. Parecía que en las sombras alargadas de los setos se escondían demonios, que en los toboganes y columpios solitarios quedaba el rastro del último movimiento, la última sonrisa de los niños. Era verano y se veían nubes de mosquitos alrededor de las cagadas de los perros o del agua de las fuentes.

Había fines de semana que tocaba algún grupo en el anfiteatro de piedra. Algunas veces eran amigos, o conocidos, y siempre la música les parecía gloriosa.

Las litronas embutidas en bolsas de plástico, las palmeras de chocolate, los ganchitos con sabor a kétchup, las bolsas de pipas. Los corros. Los amigos. El móvil, que sonaba. Hablaban de todos los temas con una sabiduría de monjes tibetanos: a ellos nadie se la daría con queso. No creerían en nada para no ser engañados. Mirarían de reojo.

lunes, marzo 28, 2011

Deporte

Me hacen jugar de defensa. Aunque estoy confundido, yo sé que soy muy bueno y que debería ser delantero. Delantero centro y marcar goles. Correr la banda y celebrarlo. Sé celebrar los goles mejor que nadie. Lo he practicado. Lo veo en la tele.

El entrenador dice que todos somos importantes en el equipo, que todos tenemos nuestra función. No soy un chupón, entreno más que nadie, pero hace que juegue de defensa. ¿Defensa de cierre? Dice que la pelota puede pasar pero el contrario no. Que tengo que cargarme al contrario, que suelte leña.

Para eso estoy, para soltar leña. ¿Es esto vida?

sábado, marzo 26, 2011

Cambio de hora

Fui a la biblioteca. Vi a algunas estudiantes sentadas a las mesas y cómo levantaban la vista de los libros. Es completamente necesario que llegue la primavera, proclamo. (Una come una manzana, otra se sienta en las escaleras para hablar por teléfono y ya las ecuaciones no dan resultado ni los apuntes están claros).

Ya estamos llegando al tiempo en el que no apetecen los guisos y sí las ensaladas. Ya apetece un trago de agua. Abrir las ventanas. Ya acechan la manga corta y los escotes.

Ya los perritos cagan duro en las esquinas mientras sus dueñas se rascan impacientes la nuca. Brotan del asfalto figuras con chándal. Los niños ocupan posiciones frente a los columpios. Ya hay colas en las gasolineras para hinchar las ruedas de las bicicletas. Ya las mamás están en los parques, dispuestas a hablar en corro mientras comen pipas de girasol a velocidad supersónica. Ya las abuelas se sientan en los bancos y tratan de poner la espalda recta, de mirar al horizonte.

Llega la primavera. Aunque llueva.

jueves, marzo 24, 2011

He leído Las batallas en el desierto



He leído Las batallas en el desierto, una novelita de José Emilio Pacheco, y me he enamorado de Mariana, la mujer bella y madura, con los ojos del niño protagonista.
He experimentado el amor desmesurado que solo se siente en la infancia.

He descubierto la diferencia entre ricos y pobres con los ojos de un niño.

“Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?” Así comienza esta novelita deliciosa.

jueves, marzo 17, 2011

Japón y la tortuga

A veces me quedo embelesado mirando mi tortuga. Cómo come. Cómo se mueve. Cómo se baña en su pequeña pila. Es lo contrario de mirar la tele en estos días. Qué pensaría este animal, si pudiera pensar, sobre la hecatombe nuclear que parecer ser que se avecina.

Hay un movimiento slow muy de moda en ciertos lugares. Vivir lento, comer lento. Disfrutar lentamente de todo lo que se hace. Parece un descubrimiento importante. Hay libros, blogs y hasta películas sobre el movimiento slow. Los japoneses que vemos ahora en las pantallas parecen todos integrantes convencidos del movimiento slow. Bien, pues todo eso lo inventó el abuelo de mi tortuga. Solo hay que ver cómo mastica las hojas de lechuga mi tortuga. A los japoneses, que lo aguantan todo debajo de las mesas cuando el suelo tiembla, y que ahora más que nunca nos parecen verdaderamente admirables, les falla lo de las nucleares. (A nosotros también, y hasta tenemos a Aznar y a González a sueldo de grandes empresas eléctricas, para que nos convenzan, los muy sinvergüenzas). El abuelo de mi tortuga no habría permitido nunca que existiera la energía nuclear. Así habría sido feliz en Japón.

miércoles, marzo 16, 2011

He leído El pez volador



He leído El pez volador, una antología de cuentos de Hipólito G. Navarro, y salgo a la calle creyendo que todo puede suceder, que el aire tiene virutas, que el panadero que me vende el pan tiene una doble vida como súper héroe, que del cielo van a caer mujeres enamoradas, que cuando nieva suceden cosas importantes.

domingo, marzo 06, 2011

Rita

Parece un vodevil lo que arman en el patio, entre geranios y perejiles, esta perrita negra recién llegada que ayer todavía mamaba de las ubres de su madre, y el gato resabiado y bigotudo. Somos espectadores y llamamos a los demás, para que contemplen el espectáculo. La recién llegada corretea alrededor del cuenco lleno de pienso, y el micifuz gordo y con galones enseña las uñas y bufa desde lo alto de la pared, esperando que todo vuelva a ser como antes, cuando despreciaba cuanto la dueña le ofrecía y se marchaba por días enteros para casarse en los tejados con todas las que encontrara. (Por ahí, a la sombra de las ruedas de los tractores, han quedado camadas enteras que el padre no se digna visitar).

El gato llega al suelo y salta sobre el mismo lugar, una y otra vez. Enseña las uñas. Bufa. Se pone rígido, arquea el lomo. La perrita lo mira, parece sonreír, y lame la cazuela. Esta perrita lustrosa, con el pelo brillante y cara de calendario, que menea el rabo cuando nos siente cerca, nunca conocerá un día nublado. Todo en su vida será perfecto; la vida le sonreirá, con los debidos cuidados. Está escrito en la cartilla que le ha dado el veterinario esta mañana.

De pronto el gatazo lanza su pata delantera hacia ella y la perrita gime, ladra, llora, porque la garra del minino gordo y melifluo se ha llevado por delante uno de sus ojitos lustrosos, que está ahí, en el suelo encementado, entre geranios y perejiles.

La perrita queda tuerta y el gato se marcha por los tejados.

miércoles, marzo 02, 2011

Cebollas

El anciano se para, azadón al hombro. Lo deja en el suelo, saca un paquete de ducados, resopla, mira hacia el final de la calle, enciende un cigarrillo. Que no me vea fumar la Berta, resopla. Después de unas caladas pregunta: Qué tal por Madrid, salao? Mucho coche, contesto, y sé que le apetece hablar.

Dice que ha plantado mil trescientas cebollas. Para toda la familia, hasta para los tres biznietos. Le han ayudado a plantarlas dos de sus hijos. Se desriñonan, los jóvenes se desriñonan. Voy y vengo. Está uno medio malo, pero yo si salgo de casa no es para pasear. Que pasee la Berta. Yo tengo que sacar algo en claro. Plantar algo en la huerta, partir leña, recoger los huevos de las gallinas.

Dinero no tengo, pero memoria, ay, memoria tengo mucha. El cementerio nuevo lo inauguraron el año 89, y desde ese año tengo yo un cuaderno en el que apunto a los que se van. A todos. En esta calle éramos muchos: Antonio, el otro Antonio, Pedro… ya quedamos pocos para celebrar los cumpleaños con un café y una pasta flora. Si alguien tiene alguna duda de fechas, mándamelo, que abro el cuaderno, que yo soy el notario de los muertos.

Me gustaría tener una grabadora a mano cuando este hombre se pone a hablar y cuenta y cuenta, mientras mira al final de la calle, por si se asoma a la puerta Berta. Habla este hombre alzando y bajando la voz, en plan épico.

He hecho de todo. He pasado hambre, pero no más que otros que tenían más obradas y una yunta. Se igualaron las cosas hace tiempo. Ahora vamos todos a misa y nos sentamos todos en el mismo banco. He sido labrador, mayormente. Pero también he capado cochinos, he ido a las ferias a comprar y vender mulas, he sido cartero. Y fui el portero del baile, porque este pueblo tuvo baile, aquí donde lo ves, y yo cobraba las entradas. Más de una pareja la he arreglado yo, en la puerta. Cuánto cuchicheo. A mí me utilizaban de celestino, y no es una ignominia decirlo.

Asoma Berta a lo lejos y se va el juglar, calle adelante. Recuerdos a los madriles, salao, dice.