Estos son algunos de los apodos (motes) de estos pueblos, generalmente con historia pintoresca detrás, que he ido recopilando con tranquilidad y cuando tenía un bolígrafo a mano:
Andadenoche
Papatrés
Borroñoña
Berengena
Catroce
Pocapringue
Capitán de los perros
Malparío
Matraca
Jiñijaña
Gachillas
viernes, agosto 12, 2011
jueves, agosto 11, 2011
Agosto (8)
El agua de la piscina está helada. Introduzco la mano en ella y los dedos hacen de quilla de un barco que surcara grandes mares-
Decido volver a la toalla. Me tumbo y cierro los ojos. Zumban unos insectos en mis oídos. (Creo que les llaman cínifes). Huele a cloro y a crema bronceadora. Se me ralentiza el pulso, el corazón, el tiempo.
Decido volver a la toalla. Me tumbo y cierro los ojos. Zumban unos insectos en mis oídos. (Creo que les llaman cínifes). Huele a cloro y a crema bronceadora. Se me ralentiza el pulso, el corazón, el tiempo.
martes, agosto 09, 2011
Agosto (7)
Subimos al sobrado. A barrer, a quitar el polvo. Una tarea de todos los veranos, higiénica. A ver fotos antiguas, ropas en sus perchas, zapatos deformados. Pisamos con cuidado sobre listones de madera. Camas con el cabecero de latón, viejos aperos de labranza, artesas para la matanza. Nos asomamos al ventanuco que da a la calle. Cunas para bebés, viejos sacos para el abono, linternas de carro. Parece ser que las vigas del techo, los listones del suelo, las paredes, resistirán. Aquí no hay fantasmas, solo memoria (memoria ajena).
jueves, agosto 04, 2011
Agosto (6)
Mientras riega las macetas la anciana habla de aquel muchacho que, por mucho que sus padres insistían en que estudiara, se dedicó a holgazanear.
Termina su discurso diciendo “total, que le salió rata”.
“Será que le salió rana, madre”.
“No, le salió rata. Y bien rata”.
Termina su discurso diciendo “total, que le salió rata”.
“Será que le salió rana, madre”.
“No, le salió rata. Y bien rata”.
miércoles, agosto 03, 2011
Agosto (5)
La conversación es inodora, indolora, insípida. Nuestros pasos levantan un polvo leve. Vamos hasta el antiguo lavadero.
Todavía no es tiempo de culebras. Ya llegará el tiempo en el que, en cuanto al atardecer se revuelva el cielo, salgan las culebras al camino. Por si acaso, paseando por las veredas de estos campos amarillos, ya cosechados, llevamos un buen palo en las manos.
Todavía no es tiempo de culebras. Ya llegará el tiempo en el que, en cuanto al atardecer se revuelva el cielo, salgan las culebras al camino. Por si acaso, paseando por las veredas de estos campos amarillos, ya cosechados, llevamos un buen palo en las manos.
Agosto (4)
Al cazador le han regalado un par de cachorrillos de podencos andaluces. Son los mejores para la caza del conejo. Zascandilean por el corral, entre las macetas. Mueven el rabo, no paran. El hombre agarra uno, se lo pone a la altura de los ojos y dice: “Es listo. Tiene cara de maestro de escuela”.
martes, agosto 02, 2011
Agosto (3)
La anciana está sentada en la butaca. El patio está recién regado. Corre el agua hasta el albañal. Huelen la hierbabuena y la menta.
Dice la anciana: “Mi cumpleaños fue ayer”.
“No, madre. Su cumpleaños fue en octubre”.
“No me disgustes. Yo ya tengo edad para cumplir años cuando me salga de las narices”.
Dice la anciana: “Mi cumpleaños fue ayer”.
“No, madre. Su cumpleaños fue en octubre”.
“No me disgustes. Yo ya tengo edad para cumplir años cuando me salga de las narices”.
lunes, agosto 01, 2011
Agosto (2)
Cuatro niñas a la hora de la siesta, a la sombra de la galera de un tractor, las bicicletas tiradas en la acera. Cada una de ellas con un gato esmirriado en sus brazos. (Seguramente habrá que desparasitarlas cuando lleguen a casa).
Agosto
“¿Qué son esos abanicos que hay a lo lejos?”, pregunta la anciana, que va en el asiento del coche como si fuera una reina.
“Son paneles solares, madre”, le contesta el conductor.
“No te digo. En ese pueblo siempre han sido muy raros. Muy curitas, muy de misa diaria”.
“Son paneles solares, madre”, le contesta el conductor.
“No te digo. En ese pueblo siempre han sido muy raros. Muy curitas, muy de misa diaria”.
domingo, junio 05, 2011
Cuento
El hombre se apoyó en el lavabo. Desencajó la dentadura postiza y la metió en un vaso de agua con líquido desinfectante. Luego orinó, se lavó las manos y vio en el espejo sus mejillas hundidas, su mirada cansada, mientras el agua del grifo corría.
Comprobó el cerrojo, apagó todas las luces.
En la cama la empujó suavemente con el codo. Ella se quejó levemente, como siempre cuando se quejaba. Él encontró su sitio sobre el colchón y agarró la almohada, para apoyarse. Le dolían todos los huesos, y los riñones. No respiraba demasiado bien.
Miró la sombra de la lámpara en la mesilla.
Pensó en los nietos. El mayor se iría a Londres este verano, sus padres podían permitírselo. La pequeña estaba otra vez con otitis.
Dio una cabezada y se le vino a la mente su jefe, un energúmeno con Económicas. Calculó que al coche le vendría bien una puesta a punto.
Luego pensó en el día que se compraron el piso, y después, en los tiempos en que iba a buscarla a la salida de la academia nocturna. Ella bajaba las escaleras como una princesa y él siempre estaba allí, esperándola. Ella salía siempre sonriendo, y nunca se quejaba de nada.
Después durmió un rato y ya le despertó su madre. Le preguntó en voz baja si había preparado la mochila para el cole. Dijo que la leche caliente estaba en la mesa. Le dio un beso en la frente y él se tiró de la cama con una energía tremenda, listo para ir al cole, para jugar al fútbol, para comerse el mundo.
Comprobó el cerrojo, apagó todas las luces.
En la cama la empujó suavemente con el codo. Ella se quejó levemente, como siempre cuando se quejaba. Él encontró su sitio sobre el colchón y agarró la almohada, para apoyarse. Le dolían todos los huesos, y los riñones. No respiraba demasiado bien.
Miró la sombra de la lámpara en la mesilla.
Pensó en los nietos. El mayor se iría a Londres este verano, sus padres podían permitírselo. La pequeña estaba otra vez con otitis.
Dio una cabezada y se le vino a la mente su jefe, un energúmeno con Económicas. Calculó que al coche le vendría bien una puesta a punto.
Luego pensó en el día que se compraron el piso, y después, en los tiempos en que iba a buscarla a la salida de la academia nocturna. Ella bajaba las escaleras como una princesa y él siempre estaba allí, esperándola. Ella salía siempre sonriendo, y nunca se quejaba de nada.
Después durmió un rato y ya le despertó su madre. Le preguntó en voz baja si había preparado la mochila para el cole. Dijo que la leche caliente estaba en la mesa. Le dio un beso en la frente y él se tiró de la cama con una energía tremenda, listo para ir al cole, para jugar al fútbol, para comerse el mundo.
miércoles, junio 01, 2011
Preadolescencia
En casa estamos siendo testigos de una preadolescencia: gastamos litros de champú.
También gastamos kilos de pasta variada, sobre todo macarrones.
También gastamos kilos de pasta variada, sobre todo macarrones.
jueves, mayo 26, 2011
Pepinos españoles
"Pepinos españoles provocan una infección mortal en Alemania”, leo en varios periódicos. Y pienso, (por un momento, solo por un momento) que al final siempre se hace justicia.
miércoles, mayo 25, 2011
Primavera
El olor pegajoso de los pólenes y las flores, el primer calor fuerte de la primavera, la luz extraordinaria de esta hora del mediodía provoca las ganas de llegar a casa, de preparar la comida, de comer, de descansar en el sofá con el sopor de las noticias. (Todo sigue igual, si acaso todo empeora).
Luego, con el café de la tarde, veremos folletos multicolores, libros gordos con ofertas de todo incluido, y pensaremos en las vacaciones, esas que nos prometimos para cuando acabara la hipoteca.
Luego, con el café de la tarde, veremos folletos multicolores, libros gordos con ofertas de todo incluido, y pensaremos en las vacaciones, esas que nos prometimos para cuando acabara la hipoteca.
domingo, abril 24, 2011
Pueblo
Todos los caminos tienen su final. Todas las cunetas están verdes. Todas las siembras están fuertes. Todos los charcos están limpios. El aire huele a humedad. El cielo está oscuro.
Nos saca a pasear la perra. Está como loca de alegría. Corre y salta. Se aleja y luego vuelve, vuelve con un correr perfecto, sincronizado, con las orejas al viento. Este cachorrillo se para frente a nosotros y nos mira. Te da a elegir: O le acaricias o se restriega contra tus piernas.
------
La señora tiene casi cien años. Llueve. Está con su hija, acurrucadas las dos, asomadas a la ventana, mientras ven llover. Pasamos corriendo, pisando charcos, pero hay que parar y saludarlas. Le preguntan cómo está y ella contesta que cada vez más arrugada. Es que la tierra me llama, dice.
------
A las tantas de la madrugada, en una bodega, con el estómago lleno de sopas de ajo y del primer vino cosechero del año, vino peleón y amansador de fieras, me entero de que la ginebra es uno de los mejores limpiadores de gafas que existen. Me las piden, las cedo (con un poco de miedo), las embadurnan con ginebra, las yemas de unos dedos las limpian con una servilleta. Efectivamente, al ponérmelas noto que lo que veo es más nítido, casi perfecto, que no hay bruma.
Nos saca a pasear la perra. Está como loca de alegría. Corre y salta. Se aleja y luego vuelve, vuelve con un correr perfecto, sincronizado, con las orejas al viento. Este cachorrillo se para frente a nosotros y nos mira. Te da a elegir: O le acaricias o se restriega contra tus piernas.
------
La señora tiene casi cien años. Llueve. Está con su hija, acurrucadas las dos, asomadas a la ventana, mientras ven llover. Pasamos corriendo, pisando charcos, pero hay que parar y saludarlas. Le preguntan cómo está y ella contesta que cada vez más arrugada. Es que la tierra me llama, dice.
------
A las tantas de la madrugada, en una bodega, con el estómago lleno de sopas de ajo y del primer vino cosechero del año, vino peleón y amansador de fieras, me entero de que la ginebra es uno de los mejores limpiadores de gafas que existen. Me las piden, las cedo (con un poco de miedo), las embadurnan con ginebra, las yemas de unos dedos las limpian con una servilleta. Efectivamente, al ponérmelas noto que lo que veo es más nítido, casi perfecto, que no hay bruma.
martes, abril 12, 2011
Historias del cesped (y VII)
Su hermano esperaba los fines de semana para abrevar en cualquier barra de metacrilato con la ayuda de pastillas de colores. Su padre, camionero, a veces se preguntaba por qué tantos clubs de carretera se llamaban Oasis. Su madre tenía los armarios de la cocina atestados de decenas de tarros ordenados y cerrados herméticamente, algunos con alimentos exóticos, pero siempre comían lo mismo, una y otra vez, legumbres y legumbres.
Todo eso se lo dijo a ella en el césped del Allende, mientras la abrazaba y sentía cómo una piedrecita se le clavaba en los riñones. Intentó rozarle los pechos pero le fue imposible. Por lo visto, las batallas debían comenzar siempre por el principio y no había pasos intermedios.
En los corros corrían las litronas. Les ofrecieron patatas fritas y pipas de girasol. No le hacía gracia el perrillo que ladraba al ritmo de la guitarra. Las conversaciones de los demás eran insulsas, y las bromas le resultaban de una reiteración tal que si se descuidaba le levantarían dolor de cabeza. Quería, además de acariciarla y sentir su olor fresco, oírle una palabra de ánimo, sentirse acompañado en su decisión de abandonar los estudios.
Ella, sin embargo, le dijo que era un aburrido. Se lo dijo como una constatación de la realidad. Se zafó de sus brazos y se puso boca arriba, mirando el cielo, por si salían las estrellas. Él miró su cuello tenso y sus párpados ahora cerrados. Abriría los ojos y querría que el mundo la sorprendiera. Le preguntó si quería marcharse. ¿Nos vamos? Ella dijo que no, que le gustaba cómo tocaba el tío de la guitarra.
Emprendió el camino a casa. Pisó el césped nuevamente. Miró la acera, tan larga. Pegó una patada al retrovisor de un coche. Luego a otro. Dejó un rastro de coches mutilados y, con la destrucción, se sintió mejor.
Todo eso se lo dijo a ella en el césped del Allende, mientras la abrazaba y sentía cómo una piedrecita se le clavaba en los riñones. Intentó rozarle los pechos pero le fue imposible. Por lo visto, las batallas debían comenzar siempre por el principio y no había pasos intermedios.
En los corros corrían las litronas. Les ofrecieron patatas fritas y pipas de girasol. No le hacía gracia el perrillo que ladraba al ritmo de la guitarra. Las conversaciones de los demás eran insulsas, y las bromas le resultaban de una reiteración tal que si se descuidaba le levantarían dolor de cabeza. Quería, además de acariciarla y sentir su olor fresco, oírle una palabra de ánimo, sentirse acompañado en su decisión de abandonar los estudios.
Ella, sin embargo, le dijo que era un aburrido. Se lo dijo como una constatación de la realidad. Se zafó de sus brazos y se puso boca arriba, mirando el cielo, por si salían las estrellas. Él miró su cuello tenso y sus párpados ahora cerrados. Abriría los ojos y querría que el mundo la sorprendiera. Le preguntó si quería marcharse. ¿Nos vamos? Ella dijo que no, que le gustaba cómo tocaba el tío de la guitarra.
Emprendió el camino a casa. Pisó el césped nuevamente. Miró la acera, tan larga. Pegó una patada al retrovisor de un coche. Luego a otro. Dejó un rastro de coches mutilados y, con la destrucción, se sintió mejor.
sábado, abril 09, 2011
Historias del cesped (VI)
Cuando firmó el contrato en la ETT y se fijó en el prorrateo de las pagas extras, en que le descontarían el precio de las botas de trabajo del primer sueldo aquello ya no le pareció el paraiso en la tierra. Hizo cuentas y resultó que los descansos de veinte minutos en la descarga de camiones no contaban como tiempo de trabajo efectivo. Decididamente, aquello ya no le pareció la consecución de un sueño. Se vio a sí mismo claudicando ante un enemigo. Un enemigo invisible, poderoso y con paciencia infinita, que le absorbería la rabia y estaría siempre a sus espaldas con una calculadora.
Al mediodía, ante un plato de legumbres, su hermano le animó a comer mucho para estar fuerte y poder descargar camiones a destajo. Su padre golpeó el plato con el cuchillo como si quisiera matar un oso, (una lenteja se pegó a la piel de una naranja, otras salieron volando a posarse en la pantalla del televisor). Su madre lloriqueó y le repitió de nuevo que cometía un error al abandonar los estudios.
A última hora de la tarde hizo una llamada perdida y a los pocos minutos recibió otra en la que ella le preguntaba cómo le había ido y le decía que le esperaba en el césped, con todos los demás. Alguien tenía una guitarra y sonaba muy bien. Por lo visto un perrito bailaba al son de la música. Qué gracioso.
Al mediodía, ante un plato de legumbres, su hermano le animó a comer mucho para estar fuerte y poder descargar camiones a destajo. Su padre golpeó el plato con el cuchillo como si quisiera matar un oso, (una lenteja se pegó a la piel de una naranja, otras salieron volando a posarse en la pantalla del televisor). Su madre lloriqueó y le repitió de nuevo que cometía un error al abandonar los estudios.
A última hora de la tarde hizo una llamada perdida y a los pocos minutos recibió otra en la que ella le preguntaba cómo le había ido y le decía que le esperaba en el césped, con todos los demás. Alguien tenía una guitarra y sonaba muy bien. Por lo visto un perrito bailaba al son de la música. Qué gracioso.
viernes, abril 08, 2011
Historias del cesped (V)
Era verano y él había decidido que no acudiría más al instituto. Había algunos que se fumaban los porros con ansia, para que brillaran sus ojos y se les pasaran las ganas de llorar. Conocía a otros que ingresaban en el paraíso a través de las porterías de futbito, celebrando el gol en la red. Los había que buscaban como podencos cadenas de las que liberarse y solo veían al bedel, que les rogaba que no gritaran en el vestíbulo. Él era ya otro. Él trabajaría en el Mercadona, haría turnos, y llegaría a casa cansado de trajinar con el pescado o con la fruta. Dormiría bien. Conocería las ofertas, saludaría al encargado, puliría el suelo. Se reiría de todo. Tendría dinero para ir con ella al paraíso, confiaba en que el camino le fuera mostrado. Los dos pensarían en el césped del Allende y, al mencionarlo, reirían. Recordarían los atardeceres de los días del verano.
jueves, abril 07, 2011
Historias del cesped (IV)
Lo que aún recuerda, cuando está en su habitación, tendido en su cama, escuchando música, es el sonido de la cabeza de ella contra los buzones, y los susurros de miedo: temían que les viera algún vecino. Pero al fin y al cabo los vecinos eran personajes de otra película, y nada era más importante que ellos. Los vecinos dormían mientras ellos hacían el amor. En unos momentos él la aprisionó y ya no pudo más. Algo había salido mal y algo había salido bien.
martes, abril 05, 2011
Historias del cesped (III)
Una madrugada, después de haber sentido el troquel del césped húmedo del Allende en sus espaldas, después de haber mirado la luna en varias ocasiones, él la acompañó a casa. Me aburro, había dicho ella dándole un trago a la cerveza. Y se marcharon. Él bajó la cabeza, miró al suelo, y, mientras recorrían las calles hasta su casa, las baldosas le marearon. En el portal la arrinconó contra el panel de los buzones. No fue nada premeditado. El verano dulzón. Las risas que habían oído, lejanas. El ascensor, parado, como un monstruo al acecho. Chupó su cara, lamió sus labios. Posó sus garras en sus caderas, le rajó las bragas. Ella bajó la cremallera de su bragueta demasiado deprisa, como enfadada con el mundo, como si el mundo le debiera algo.
lunes, abril 04, 2011
Historias del cesped (II)
Eran una pareja. Todos decían que lo suyo iba en serio. De camino a casa les apetecía quedarse atrás, separarse de los demás. Los hay muy brutos, decía ella. Son mis colegas, contestaba él. Gritaban, reían, se empujaban. Andaban por las calles de Valleaguado, agazapados, y los coches de policía reducían la velocidad y los maderos, cuando les veían, sacaban el codo por la ventanilla. Durante un minuto el coche iba a su paso, en primera, y ellos caminaban más erguidos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)