Navidad
De madrugada, volvemos en coche de la reunión familiar. Silencio. No suena ni la radio. El vaivén de los badenes en la amortiguación del coche parece mecernos. Las luces de los semáforos brillan demasiado.
De pronto, el niño se despierta, saca una mano de debajo de la manta que le cubre, se apoya en su sillita, señala la luna que aparece tras unas nubes y dice: “la luna está rota”.
lunes, diciembre 31, 2007
sábado, diciembre 22, 2007
Bombero
Vivo en un noveno. El otro día estaba solo, en casa, leyendo. De pronto oí golpecitos en el cristal de la puerta de la terraza. Me levanté, miré y vi a un bombero que me hacía señas para que le abriera. Llevaba casco y un hacha en la mano. ¿Qué hacía un bombero en mi terraza? Cuando le franqueé la puerta me dijo que había subido por la escala del camión, que necesitaba llegar al piso décimo, pero que el vado del portal estaba ocupado y el camión no podía arrimarse más. La vecina del décimo se había dejado la olla a presión puesta al fuego y las llaves de la puerta dentro de casa. Les había llamado.
—Desde su terraza he intentado subir a la suya. Para que no fuera necesario descerrajar la puerta. Pero no se puede.
Me asomé. Vi la escala metálica. El camión allí abajo, con las luces centelleantes, y más bomberos. Y varios coches de policía. Vi que este hombre con casco había desgraciado con sus botas varias macetas de geranios de mi terraza.
El bombero cruzó mi salón con el hacha en la mano. Se despidió.
Continué leyendo.
Vivo en un noveno. El otro día estaba solo, en casa, leyendo. De pronto oí golpecitos en el cristal de la puerta de la terraza. Me levanté, miré y vi a un bombero que me hacía señas para que le abriera. Llevaba casco y un hacha en la mano. ¿Qué hacía un bombero en mi terraza? Cuando le franqueé la puerta me dijo que había subido por la escala del camión, que necesitaba llegar al piso décimo, pero que el vado del portal estaba ocupado y el camión no podía arrimarse más. La vecina del décimo se había dejado la olla a presión puesta al fuego y las llaves de la puerta dentro de casa. Les había llamado.
—Desde su terraza he intentado subir a la suya. Para que no fuera necesario descerrajar la puerta. Pero no se puede.
Me asomé. Vi la escala metálica. El camión allí abajo, con las luces centelleantes, y más bomberos. Y varios coches de policía. Vi que este hombre con casco había desgraciado con sus botas varias macetas de geranios de mi terraza.
El bombero cruzó mi salón con el hacha en la mano. Se despidió.
Continué leyendo.
domingo, diciembre 16, 2007
Pinares
El hombre cumplió los ochenta hace unos meses. Vive en un pueblecito de Segovia famoso por el cordero asado. Es un pueblo en el que, si quieres utilizar el móvil, tienes que subirte a una montañita que hay a las afueras. El hombre es viudo, sin hijos, y las sobrinas le acompañan cuando debe ir al médico a la capital. De vez en cuando le hacen unas sopitas de ajo, o unos filetes empanados.
El hombre le regaló unas botellas de vino al señor que le realizó el examen psicotécnico para renovar el carné de conducir y así pudo continuar con su querido Renault 6. Quedó agradecido. Ahora necesita el coche más que nunca. Tiene una novia a la que adora. Esta mujer de ochenta años de edad, como él, vive en la Residencia de la Diputación en Cuellar. Son unos cuantos kilómetros los que tiene que recorrer entre pinares para ir a buscar a su novia.
Ella se pone una rebequita y se abraza a él cuando le ve en la puerta, frente a la estatuilla de la Virgen del Henar del vestíbulo.
—Tráigala a casa, tío. Váyase a un hotel, a una pensión, con ella.—Le dicen las sobrinas.—Invítela a comer en casa.
Pero los dos prefieren meterse con el Renault 6 por enrevesados caminos, atravesar arenales poblados de tomillo y llegar a pinares umbríos. Aparcan el coche y allí, en la soledad, se abrazan y se quieren.
Ya es famoso el Renault 6 en toda la comarca, y cómo se mueve, con esa suspensión tan antigua que tienen esos coches, pero tan recia.
El hombre cumplió los ochenta hace unos meses. Vive en un pueblecito de Segovia famoso por el cordero asado. Es un pueblo en el que, si quieres utilizar el móvil, tienes que subirte a una montañita que hay a las afueras. El hombre es viudo, sin hijos, y las sobrinas le acompañan cuando debe ir al médico a la capital. De vez en cuando le hacen unas sopitas de ajo, o unos filetes empanados.
El hombre le regaló unas botellas de vino al señor que le realizó el examen psicotécnico para renovar el carné de conducir y así pudo continuar con su querido Renault 6. Quedó agradecido. Ahora necesita el coche más que nunca. Tiene una novia a la que adora. Esta mujer de ochenta años de edad, como él, vive en la Residencia de la Diputación en Cuellar. Son unos cuantos kilómetros los que tiene que recorrer entre pinares para ir a buscar a su novia.
Ella se pone una rebequita y se abraza a él cuando le ve en la puerta, frente a la estatuilla de la Virgen del Henar del vestíbulo.
—Tráigala a casa, tío. Váyase a un hotel, a una pensión, con ella.—Le dicen las sobrinas.—Invítela a comer en casa.
Pero los dos prefieren meterse con el Renault 6 por enrevesados caminos, atravesar arenales poblados de tomillo y llegar a pinares umbríos. Aparcan el coche y allí, en la soledad, se abrazan y se quieren.
Ya es famoso el Renault 6 en toda la comarca, y cómo se mueve, con esa suspensión tan antigua que tienen esos coches, pero tan recia.
domingo, diciembre 09, 2007
En el despacho
Cuando fichamos me está esperando. Luego, un rato antes de la hora del bocadillo, levanto la vista de mi banco de trabajo y adivino su figura detrás, apoyado en la barandilla de la rampa de talleres, con la vista fija en mi nuca. Imagino que se muerde el labio inferior y sonríe. Después se marcha en compañía de otros como él.
A media mañana alguien me da en el hombro. Es él. Me quito la mascarilla. Me dice que en cuanto termine esa pieza quiere verme en su despacho.
Atravieso la nave. Algunos compañeros ven a dónde me dirijo y me hacen gestos de apoyo. Lo agradezco con la mirada. Llamo con los nudillos a la puerta. Me hace señas para que pase. Cierro la puerta y se amortigua el ruido del exterior.
—Siéntate—me dice.
Pero durante un rato no habla. Asiente con la cabeza y me observa como si yo estuviera actuando de una forma que él hubiera previsto. Da un trago de un vaso de agua que hay sobre la mesa. A su lado, el estadillo mensual.
Por fin dice:
—No estás rindiendo. Tienes un porcentaje altísimo de piezas invalidadas por Control de Calidad.
—Son piezas de precisión. No dispongo de herramientas apropiadas—me excuso.
—¿Cómo que no dispones de herramientas apropiadas?
—Las piezas que se me encargan se fabrican en la nave dos, con herramienta apropiada.
—¿Quién ha ordenado que fabriques esas piezas en esta nave?—pregunta.
—Usted.
—Pues yo soy tu jefe. Si te lo he ordenado debes hacerlas.—Sonríe. Se acaricia la corbata con la yema de los dedos.
—Yo hago lo que usted ordena.
—De acuerdo. Pero haz las piezas bien. No quiero ni una devuelta por Control de Calidad.
—Eso es imposible—protesto.
—No es imposible. Esfuérzate.
—Lo haré.
—¿Qué harás?
—Esforzarme.
—Tengo todas tus estadísticas a mano. Voy a por ti. Que lo sepas. Voy a machacarte.
Entonces veo que los dos estamos solos. La puerta del despacho está cerrada. Podría decirle cuatro cosas. Preguntarle el motivo de todo esto. Quedaría entre nosotros. También, si quisiera, podría agarrarle del cuello y retorcérselo. Pero caigo en la cuenta de que esto podría ser una trampa, podría tener un micrófono escondido, por ejemplo, así que hago un esfuerzo, debo hacerlo, doy un volantazo y salgo de la autopista por la salida del Bronx. Este camino es muy peligroso. Abandono el coche en el cruce entre la Cuarta y la Séptima. Corro. Suena música trepidante a mi espalda. Procuro esquivar a los transeúntes. Derribo el carrito de un bebé, no puedo evitarlo. Subo por una escalera de incendios. El gángster abre la puerta de su coche y dispara contra mí con una metralleta. Me ha alcanzado. Cesa la música. Sangro. Ríe como una hiena. Pero los malos nunca ganan, así que me rehago, es solo un rasguño, y saco la pistola de la sobaquera. Apunto y le meto un tiro entre las cejas. Ya no sonríe el hijo de puta.
—¿Me has entendido?—dice.
Ahora los negocios de prostitución, los garitos de apuestas, la droga, todo, pasará a manos del orfanato al que estaba extorsionando. Quería especular con los terrenos, quería abusar de los pobres huérfanos, pero ya no podrá ser. Está muerto. Yo soy el bueno y él era el malo.
—Digo que si me has entendido.
Le miro. Da un poco de pena. Tan joven, con esa corbata tan bonita y ya está muerto.
Contesto que sí, que le he entendido.
Atravieso la nave. Los compañeros me miran. Preguntan con la mirada. Sonrío, porque otra vez he ganado la partida.
Cuando fichamos me está esperando. Luego, un rato antes de la hora del bocadillo, levanto la vista de mi banco de trabajo y adivino su figura detrás, apoyado en la barandilla de la rampa de talleres, con la vista fija en mi nuca. Imagino que se muerde el labio inferior y sonríe. Después se marcha en compañía de otros como él.
A media mañana alguien me da en el hombro. Es él. Me quito la mascarilla. Me dice que en cuanto termine esa pieza quiere verme en su despacho.
Atravieso la nave. Algunos compañeros ven a dónde me dirijo y me hacen gestos de apoyo. Lo agradezco con la mirada. Llamo con los nudillos a la puerta. Me hace señas para que pase. Cierro la puerta y se amortigua el ruido del exterior.
—Siéntate—me dice.
Pero durante un rato no habla. Asiente con la cabeza y me observa como si yo estuviera actuando de una forma que él hubiera previsto. Da un trago de un vaso de agua que hay sobre la mesa. A su lado, el estadillo mensual.
Por fin dice:
—No estás rindiendo. Tienes un porcentaje altísimo de piezas invalidadas por Control de Calidad.
—Son piezas de precisión. No dispongo de herramientas apropiadas—me excuso.
—¿Cómo que no dispones de herramientas apropiadas?
—Las piezas que se me encargan se fabrican en la nave dos, con herramienta apropiada.
—¿Quién ha ordenado que fabriques esas piezas en esta nave?—pregunta.
—Usted.
—Pues yo soy tu jefe. Si te lo he ordenado debes hacerlas.—Sonríe. Se acaricia la corbata con la yema de los dedos.
—Yo hago lo que usted ordena.
—De acuerdo. Pero haz las piezas bien. No quiero ni una devuelta por Control de Calidad.
—Eso es imposible—protesto.
—No es imposible. Esfuérzate.
—Lo haré.
—¿Qué harás?
—Esforzarme.
—Tengo todas tus estadísticas a mano. Voy a por ti. Que lo sepas. Voy a machacarte.
Entonces veo que los dos estamos solos. La puerta del despacho está cerrada. Podría decirle cuatro cosas. Preguntarle el motivo de todo esto. Quedaría entre nosotros. También, si quisiera, podría agarrarle del cuello y retorcérselo. Pero caigo en la cuenta de que esto podría ser una trampa, podría tener un micrófono escondido, por ejemplo, así que hago un esfuerzo, debo hacerlo, doy un volantazo y salgo de la autopista por la salida del Bronx. Este camino es muy peligroso. Abandono el coche en el cruce entre la Cuarta y la Séptima. Corro. Suena música trepidante a mi espalda. Procuro esquivar a los transeúntes. Derribo el carrito de un bebé, no puedo evitarlo. Subo por una escalera de incendios. El gángster abre la puerta de su coche y dispara contra mí con una metralleta. Me ha alcanzado. Cesa la música. Sangro. Ríe como una hiena. Pero los malos nunca ganan, así que me rehago, es solo un rasguño, y saco la pistola de la sobaquera. Apunto y le meto un tiro entre las cejas. Ya no sonríe el hijo de puta.
—¿Me has entendido?—dice.
Ahora los negocios de prostitución, los garitos de apuestas, la droga, todo, pasará a manos del orfanato al que estaba extorsionando. Quería especular con los terrenos, quería abusar de los pobres huérfanos, pero ya no podrá ser. Está muerto. Yo soy el bueno y él era el malo.
—Digo que si me has entendido.
Le miro. Da un poco de pena. Tan joven, con esa corbata tan bonita y ya está muerto.
Contesto que sí, que le he entendido.
Atravieso la nave. Los compañeros me miran. Preguntan con la mirada. Sonrío, porque otra vez he ganado la partida.
miércoles, diciembre 05, 2007

Objetivo
En la calle Santa Ana había un fotógrafo, Pérez, que hacía que te vistieras de detective o de científico loco y que colocaba tras de ti unos fondos de nubes o de caballos de cartón. Ese era para los grandes momentos.
Para los juegos o las excursiones, o para una moto que no se hubiera visto nunca en aquellas calles empedradas estaba la cámara que trajeron de Alemania. En el pueblo había unas cuantas traídas de Alemania, porque en todas las familias hubo emigrantes que volvían con juguetes, cámaras de fotos y ropa. Eso de la ropa sí fue una revolución y no la del bikini en la costa.
Para los juegos o las excursiones, o para una moto que no se hubiera visto nunca en aquellas calles empedradas estaba la cámara que trajeron de Alemania. En el pueblo había unas cuantas traídas de Alemania, porque en todas las familias hubo emigrantes que volvían con juguetes, cámaras de fotos y ropa. Eso de la ropa sí fue una revolución y no la del bikini en la costa.
Los mayores levantaban la barbilla ante el objetivo de la cámara, como retando a alguien. Los niños parecían querer hacerse amigo de él, de ese objetivo ante el cual les colocaban. Y frente al objetivo, las cosas maravillosas que se veían en el pueblo.
lunes, diciembre 03, 2007
JornadasBuscábamos mejillones entre las rocas, conchas en la arena. Jugábamos con los cubos y las palas. Una vez vimos un pulpo.
Siempre nos metíamos al agua con los mayores, que no nos quitaban la vista de encima. Si hubieran podido, nos habrían atado con una cuerda. Para que no nos llevara la corriente. Niño, al mar hay que tenerle respeto.
Por las tarde olía a eucalipto y a sal. Nos untábamos de crema la piel roja, candente. Después, cenábamos con voracidad y nos acostábamos. Los mayores hablaban en voz baja. Nadie estaba enfadado.
viernes, noviembre 30, 2007

Mar
La mujer no había visto nunca el mar. Nunca pensó que llegaría a verlo: tan grande, tan ancho, tan limpio, con esa espuma en la orilla de la playa, con las olas que sonaban hasta cuando no estaba cerca de él.
La mujer había visto el chorro de la acequia regando la huerta, y una alberca que perdía agua por sus bloques de cantería y en la que se bañaban los niños pero nunca ella. Nunca había echado de menos el mar, decía.
Ahora, cuando los nietos se iban a la orilla a jugar a hacer castillos, ella se sentaba a mirar el mar. Veía la gente pasar, oía el ruido ensordecedor de las olas, sentía el aire salado en la cara. De vez en cuando hincaba los zancajos de sus pies en la arena y veía los hoyitos que hacían. Luego esperaba durante horas que el viento tapara esos cráteres, paso a paso, grano a grano. A veces llegaban antes los nietos.
La mujer había visto el chorro de la acequia regando la huerta, y una alberca que perdía agua por sus bloques de cantería y en la que se bañaban los niños pero nunca ella. Nunca había echado de menos el mar, decía.
Ahora, cuando los nietos se iban a la orilla a jugar a hacer castillos, ella se sentaba a mirar el mar. Veía la gente pasar, oía el ruido ensordecedor de las olas, sentía el aire salado en la cara. De vez en cuando hincaba los zancajos de sus pies en la arena y veía los hoyitos que hacían. Luego esperaba durante horas que el viento tapara esos cráteres, paso a paso, grano a grano. A veces llegaban antes los nietos.
martes, noviembre 27, 2007

Fea
Fue hace cincuenta años.
De entre todas ellas, una era la fea.
Todo comenzó algún día en el baile, en aquel baile cerrado, con olor a brillantina y a jabón Lagarto. Ellas se depilaban las cejas, ellos vestían chaleco entallado. Las parejas compartían cucuruchos de altramuces y bebían vasos de gaseosa. Uno de los mozos bromeó y dijo que con la fea no bailaba. Aquello hizo gracia entre ellos —eran muchos— y nadie la sacó a bailar en toda la tarde.
El sábado siguiente alguien la señaló: la fea. Tampoco la sacó nadie a bailar. Se quedó allí sentada, en la silla de enea, hasta que terminó el baile. Sus amigas la acompañaron a casa.
Se corrió la voz en aquel pueblo tan chico, en aquel pueblo que le prometía cántaros de aceite a la Virgen para pagar promesas. Los chistes se hacían en los bares y a la entrada de la iglesia, al brasero y la mesa camilla e invierno o al fresco de la noche en verano. Con la fea nadie bailaba.
¿Qué les haces, hija?. Algo les harás.
Su madre era modista. Le hizo el vestido más bonito que se vio nunca en el pueblo. Sus amigas fueron con ella, orgullosas, al baile, para compartir su alegría y acabar con el maleficio de una broma, pero nadie quiso bailar con ella.
Continuó yendo al baile durante mucho tiempo, y sentándose en una silla de enea, a esperar, pero ya ningún mozo ni quiso ni se atrevió a sacarla a bailar.
Ella no era fea. Era como las demás, más o menos. Eso asegura mi madre. Dice que era alegre, que era una buena amiga. Lo malo es que en aquellos tiempos aquel pueblo dormía al raso, dice.
De entre todas ellas, una era la fea.
Todo comenzó algún día en el baile, en aquel baile cerrado, con olor a brillantina y a jabón Lagarto. Ellas se depilaban las cejas, ellos vestían chaleco entallado. Las parejas compartían cucuruchos de altramuces y bebían vasos de gaseosa. Uno de los mozos bromeó y dijo que con la fea no bailaba. Aquello hizo gracia entre ellos —eran muchos— y nadie la sacó a bailar en toda la tarde.
El sábado siguiente alguien la señaló: la fea. Tampoco la sacó nadie a bailar. Se quedó allí sentada, en la silla de enea, hasta que terminó el baile. Sus amigas la acompañaron a casa.
Se corrió la voz en aquel pueblo tan chico, en aquel pueblo que le prometía cántaros de aceite a la Virgen para pagar promesas. Los chistes se hacían en los bares y a la entrada de la iglesia, al brasero y la mesa camilla e invierno o al fresco de la noche en verano. Con la fea nadie bailaba.
¿Qué les haces, hija?. Algo les harás.
Su madre era modista. Le hizo el vestido más bonito que se vio nunca en el pueblo. Sus amigas fueron con ella, orgullosas, al baile, para compartir su alegría y acabar con el maleficio de una broma, pero nadie quiso bailar con ella.
Continuó yendo al baile durante mucho tiempo, y sentándose en una silla de enea, a esperar, pero ya ningún mozo ni quiso ni se atrevió a sacarla a bailar.
Ella no era fea. Era como las demás, más o menos. Eso asegura mi madre. Dice que era alegre, que era una buena amiga. Lo malo es que en aquellos tiempos aquel pueblo dormía al raso, dice.
lunes, noviembre 26, 2007
miércoles, noviembre 21, 2007
martes, noviembre 20, 2007

Olivos
Había una casita pequeña con un umbral de cantería, enorme para mi estatura. El suelo era de tierra, con unos camastros para resguardarse o dormir allí si llovía. Unos basares colgaban de las paredes, cerca de la chimenea negra que ya no se usaba. Detrás estaban las zahúrdas, ya vacías, con jaramagos, con chumberas apoyadas en sus paredes de piedra.
Había olivos, almendros y un par de higueras grandísimas.
Yo andaba y hundía mis pies en aquella tierra oscura y blanda. Llegaba hasta la era y desde allí, desde aquella llanura, lo miraba todo. Luego volvía a los olivos.
Hacía frío. Se extendía una manta debajo de cada olivo. Íbamos uno por uno. Mi primo se encaramaba al tronco y alcanzaba las aceitunas más lejanas. Los mayores las recogían de las ramas bajas con una rapidez asombrosa, y las echaban a los cubos (luego acababan con los dedos doloridos). Los niños recogíamos las que caían a la manta. Después, de los cubos a los costales.
A media mañana descansábamos y volvíamos a la casita. Sacaban un bolso de cuadros lleno hasta las asas. Nos sentábamos al sol y comíamos. Los mayores hablaban de cómo se presentaba el año. Siempre se quejaban, nunca se presentaba bien. El aperador que alguien conocía había dicho que venían tiempos malos. Mi tío y mi padre bebían vino de un vaso de aluminio y se limpiaban con las mangas. Todo sabía a ajo y perejil, y a aceite de oliva. El frío y el hambre del trabajo desde la madrugada hacía que comieras a dentelladas. Mi madre nos obligaba a comer pan. Mi abuela estaba pendiente de todo y, si me descuidaba, me hacía una caricia. Mi primo se levantaba con la boca llena, nos daba un pescozón a los pequeños, se marchaba, se subía a un olivo, sacaba del bolsillo del pantalón un tebeo del Capitán Trueno y se ponía a leerlo. Me gustaba verle allá, a lo lejos, en plena mañana de enero, leyendo un tebeo mientras terminábamos de comer.
domingo, noviembre 18, 2007
jueves, noviembre 15, 2007
Espuma
Ayer estuve tomando unas cervezas con unos amigos. Los cercos que dejaban los botellines en la barra parecían los aros de los juegos olímpicos. Reímos y levantamos la voz. La primera y la última cerveza fueron las que me supieron mejor.
Luego volví a casa solo. Anduve por calles iluminadas por farolas e intenté tararear una vieja canción, pero no recordé la letra.
Ayer estuve tomando unas cervezas con unos amigos. Los cercos que dejaban los botellines en la barra parecían los aros de los juegos olímpicos. Reímos y levantamos la voz. La primera y la última cerveza fueron las que me supieron mejor.
Luego volví a casa solo. Anduve por calles iluminadas por farolas e intenté tararear una vieja canción, pero no recordé la letra.
martes, noviembre 13, 2007
domingo, noviembre 11, 2007
viernes, noviembre 09, 2007
Parque (VI)
Las muescas que lucen algunos columpios son la contabilidad de rodillas y codos caídos en acto de servicio del último fin de semana.
Si lees el periódico en un parque, al sol, hay noticias que, por más que quieras, no puedes tomártelas en serio.
Cuando un pato mete la cabeza bajo el agua es porque está oyendo la conversación de algún paseante que no le agrada.
Los adolescentes van al parque como el que va a la guerra.
Cuando un anciano pasea por un parque parece que sonara el tic-tac de algún reloj.
Las muescas que lucen algunos columpios son la contabilidad de rodillas y codos caídos en acto de servicio del último fin de semana.
Si lees el periódico en un parque, al sol, hay noticias que, por más que quieras, no puedes tomártelas en serio.
Cuando un pato mete la cabeza bajo el agua es porque está oyendo la conversación de algún paseante que no le agrada.
Los adolescentes van al parque como el que va a la guerra.
Cuando un anciano pasea por un parque parece que sonara el tic-tac de algún reloj.
jueves, noviembre 08, 2007
martes, noviembre 06, 2007
lunes, noviembre 05, 2007
Zeppelin
Una reseña sobre Zeppelin en el número de noviembre de la revista Literaturas.com (sección libros, apartado reseñas), firmada por Miguel Ángel Gara.
"El curioso título del libro hace referencia al nombre de un bar llamado Zeppelin, de esos baretos de barrio, imaginados o reales, donde se intuye que todos los vecinos se topan unos con otros antes o después, pero su presencia de lugar mítico, de símbolo abierto, traspasa el cuento que lleva su nombre para figurar como escenario invisible en el resto de los relatos."
"Zeppelín es un libro sobre la infancia en un determinado lugar que son todos y cómo se proyecta esa infancia y ese lugar sobre un presente no necesariamente plácido, más bien un presente fracasado."
http://www.literaturas.com/v010/index0711revista.asp
Una reseña sobre Zeppelin en el número de noviembre de la revista Literaturas.com (sección libros, apartado reseñas), firmada por Miguel Ángel Gara.
"El curioso título del libro hace referencia al nombre de un bar llamado Zeppelin, de esos baretos de barrio, imaginados o reales, donde se intuye que todos los vecinos se topan unos con otros antes o después, pero su presencia de lugar mítico, de símbolo abierto, traspasa el cuento que lleva su nombre para figurar como escenario invisible en el resto de los relatos."
"Zeppelín es un libro sobre la infancia en un determinado lugar que son todos y cómo se proyecta esa infancia y ese lugar sobre un presente no necesariamente plácido, más bien un presente fracasado."
http://www.literaturas.com/v010/index0711revista.asp
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