Hasta pronto
A veces uno olvida lo que desea hacer y hace lo que debe hacer. Es mi caso.
Debo, es urgente y necesario, dejar el blog por una temporada y dedicarme a otras cosas. Pero prometo volver. Y pongo fecha: el 15 de julio.
Nos vemos.
martes, junio 17, 2008
lunes, junio 02, 2008
Días (III)
Acerco a los niños al colegio. Dentro del coche huele a tabaco. Parece que los semáforos se cierran al verme llegar. Los cristales se empañan. Las farolas siguen encendidas a pesar de que hace rato que ha amanecido.
Luego aparco en doble fila a la puerta de casa para que Vero lo recoja (miro hacia la ventana y está todavía encendida) y voy andando hasta el metro. La gente a esa hora corre y yo también corro. El torniquete del metro no funciona, así que me cuelo. Tengo metrobús, pero me cuelo. El del violín del pasillo de la línea 7 ya está desenfundándolo. Camino deprisa. Nadie es capaz de caminar despacio en el metro: sería arrollado. Los que mueren arrollados o víctimas de algún ataque (de histeria, al corazón, de tristeza) son arramblados en los depósitos que hay tras esas puertas pequeñas que existen en algunos pasillos. Los vigilantes jurados nos vigilan a todos, por si desfallecemos.
Acerco a los niños al colegio. Dentro del coche huele a tabaco. Parece que los semáforos se cierran al verme llegar. Los cristales se empañan. Las farolas siguen encendidas a pesar de que hace rato que ha amanecido.
Luego aparco en doble fila a la puerta de casa para que Vero lo recoja (miro hacia la ventana y está todavía encendida) y voy andando hasta el metro. La gente a esa hora corre y yo también corro. El torniquete del metro no funciona, así que me cuelo. Tengo metrobús, pero me cuelo. El del violín del pasillo de la línea 7 ya está desenfundándolo. Camino deprisa. Nadie es capaz de caminar despacio en el metro: sería arrollado. Los que mueren arrollados o víctimas de algún ataque (de histeria, al corazón, de tristeza) son arramblados en los depósitos que hay tras esas puertas pequeñas que existen en algunos pasillos. Los vigilantes jurados nos vigilan a todos, por si desfallecemos.
sábado, mayo 31, 2008
Días (II)
Despertamos a los niños. Desayunan —desayunamos— y se visten para el cole sin pelearse demasiado. Las dos mochilas, un cuaderno de deberes del pequeño que cae al suelo. Mi papá y mi mamá, pone en el papel cuadriculado. Dos figuras flanqueadas por flores y con el sol coronándolas. Compruebo que el papá tiene la cabeza muy gorda y solamente un ojo y pregunto por qué.
—Un indio te clavó una flecha— dice el niño. —Luego vino Peter Pan a salvarte pero no pudo hacer nada y te quedaste tuerto para siempre en el país de Nunca Jamás.
—Cómete las galletas.
—En mi cole hay un niño terrorista—dice.
—Calla y come.
Antes de salir de casa regreso al cuarto de baño, por si evacuo. Pero no. Me miro al espejo. El desodorante es espumoso y la colonia no huele, ni bien ni mal. Dios mío, puede ser que me haya puesto espuma de afeitar en los sobacos, me digo mientras cierro la puerta y bajamos en el ascensor. El mayor le hace muecas al pequeño y éste le atiza en el estómago con la mochila. Recuerdo que esta tarde tenemos cita con el dentista.
Despertamos a los niños. Desayunan —desayunamos— y se visten para el cole sin pelearse demasiado. Las dos mochilas, un cuaderno de deberes del pequeño que cae al suelo. Mi papá y mi mamá, pone en el papel cuadriculado. Dos figuras flanqueadas por flores y con el sol coronándolas. Compruebo que el papá tiene la cabeza muy gorda y solamente un ojo y pregunto por qué.
—Un indio te clavó una flecha— dice el niño. —Luego vino Peter Pan a salvarte pero no pudo hacer nada y te quedaste tuerto para siempre en el país de Nunca Jamás.
—Cómete las galletas.
—En mi cole hay un niño terrorista—dice.
—Calla y come.
Antes de salir de casa regreso al cuarto de baño, por si evacuo. Pero no. Me miro al espejo. El desodorante es espumoso y la colonia no huele, ni bien ni mal. Dios mío, puede ser que me haya puesto espuma de afeitar en los sobacos, me digo mientras cierro la puerta y bajamos en el ascensor. El mayor le hace muecas al pequeño y éste le atiza en el estómago con la mochila. Recuerdo que esta tarde tenemos cita con el dentista.
jueves, mayo 29, 2008
Días
¿Qué es lo que uno busca si no es la esencia de las cosas? Parece que si tomamos una jornada con la punta de los dedos y la pasamos por la trituradora de la vida debería quedar un limo rico, una pasta esencial que sirviera para abonar el resto de nuestros días. Así debería ser, pienso después de que suene el despertador y me levante por la parte izquierda de la cama. Mi mujer lo hace por la parte derecha y le da un manotazo al reloj. El hilo que parece unirnos se rompe de nuevo, como todas las mañanas. De la cama al cuarto de baño hay ocho baldosas y una de ellas está descascarillada. Me ducho. Compruebo que sigo estreñido. El peine tiene una púa quebrada.
¿Qué es lo que uno busca si no es la esencia de las cosas? Parece que si tomamos una jornada con la punta de los dedos y la pasamos por la trituradora de la vida debería quedar un limo rico, una pasta esencial que sirviera para abonar el resto de nuestros días. Así debería ser, pienso después de que suene el despertador y me levante por la parte izquierda de la cama. Mi mujer lo hace por la parte derecha y le da un manotazo al reloj. El hilo que parece unirnos se rompe de nuevo, como todas las mañanas. De la cama al cuarto de baño hay ocho baldosas y una de ellas está descascarillada. Me ducho. Compruebo que sigo estreñido. El peine tiene una púa quebrada.
sábado, mayo 24, 2008
lunes, mayo 12, 2008

Parejas
Ya en las librerías mi segundo libro de cuentos.
Estos son once cuentos sobre el mundo de las parejas. Cada uno de ellos es una mirada que se posa en esos dos seres, hombre y mujer, y todo lo que a su alrededor hay, para descubrir la esperanza, la infidelidad, la rutina o el desengaño.
Las vacaciones en la playa, los amigos de la infancia, los compañeros de trabajo... Todo cabe en el mundo imperfecto de las parejas.
Y es que, ya saben, cada pareja es un mundo. A veces tan grande como un agujero negro en el Universo, a veces tan pequeño como un agujero en el bolsillo.
domingo, mayo 11, 2008
Mafia
Qué obsesión. Según varios periódicos, Ginés, el sheriff de Coslada, tenía en su casa más de 30 enormes cestas de navidad sin abrir, probable pago en especie de sus víctimas. Le imagino saltando entre cestas de navidad desde el salón hasta la cocina, pasando por el pasillo entre cestas y más cestas, tropezando entre jamones, tabletas de turrón y botellas de licor.
Qué obsesión. Según varios periódicos, Ginés, el sheriff de Coslada, tenía en su casa más de 30 enormes cestas de navidad sin abrir, probable pago en especie de sus víctimas. Le imagino saltando entre cestas de navidad desde el salón hasta la cocina, pasando por el pasillo entre cestas y más cestas, tropezando entre jamones, tabletas de turrón y botellas de licor.
sábado, mayo 10, 2008
Metro
Estoy frente a ella, entre tanta gente. Se abren y cierran las puertas, pasan las estaciones. Viaja leyendo un libro, que parece sacarle las emociones a la cara, a los ojos, a la sonrisa. No consigo ver el título, pero es un libro que me gustaría leer. A veces cierra los ojos y parece recapacitar. Se enrosca en los dedos un mechón de su media melena y parece viajar en otro vagón de metro, un vagón para ella sola, sin que nadie la moleste, rumbo a una especie de isla que solitaria y paradisíaca.
No es una mujer y tampoco una niña. Repito que me gustaría saber el título del libro que lee, y también saber algo de su vida. Estoy seguro de que todavía no tiene nada de lo que arrepentirse verdaderamente —no le ha dado tiempo a tropezar— y de que piensa que todo en esta vida tiene arreglo.
La miro, ella se da cuenta. Continúa leyendo. Abre las piernas y se rasca con unos dedos de uñas largas. La tela del vaquero, esa tela elástica, suena como si se rasgaran cortinas kilométricas, en medio del traqueteo del metro. Suena como una bestia al salir de la madriguera. Suena como el papel rasgado de un regalo. Se levanta unos centímetros y se rasca el culo. Raca, raca. Sigue sonando, prevalece el ruido ante el anuncio de la próxima estación en los altavoces.
Estoy frente a ella, entre tanta gente. Se abren y cierran las puertas, pasan las estaciones. Viaja leyendo un libro, que parece sacarle las emociones a la cara, a los ojos, a la sonrisa. No consigo ver el título, pero es un libro que me gustaría leer. A veces cierra los ojos y parece recapacitar. Se enrosca en los dedos un mechón de su media melena y parece viajar en otro vagón de metro, un vagón para ella sola, sin que nadie la moleste, rumbo a una especie de isla que solitaria y paradisíaca.
No es una mujer y tampoco una niña. Repito que me gustaría saber el título del libro que lee, y también saber algo de su vida. Estoy seguro de que todavía no tiene nada de lo que arrepentirse verdaderamente —no le ha dado tiempo a tropezar— y de que piensa que todo en esta vida tiene arreglo.
La miro, ella se da cuenta. Continúa leyendo. Abre las piernas y se rasca con unos dedos de uñas largas. La tela del vaquero, esa tela elástica, suena como si se rasgaran cortinas kilométricas, en medio del traqueteo del metro. Suena como una bestia al salir de la madriguera. Suena como el papel rasgado de un regalo. Se levanta unos centímetros y se rasca el culo. Raca, raca. Sigue sonando, prevalece el ruido ante el anuncio de la próxima estación en los altavoces.
sábado, mayo 03, 2008
Desvelado
Me duermo con Mi abuelo, el librito de Valerie Mréjen, abierto sobre el pecho. Creo que sonrío antes de caer en el sueño.
Despierto a media noche pensando en un amigo al que hace tiempo que no veo. A finales de la primavera esquila ovejas. Durante el verano ejerce de bombero en los montes de Navarra, subido a una torreta, mirando con prismáticos, por si ve humo. Vive en una casa con paredes de piedra. Posee un caballo. Se fabrica su propio licor de hierbas. Es un licor que si lo bebes está rico, pero luego duele la cabeza.
Miro por la ventana. Bebo un vaso de leche.
Por las noches hay silencio, pero a veces suenan las sirenas de los coches de bomberos, que salen por ahí, a apagar fuegos. O los de la policía, que visitan las zonas de bares de copas.
Me duermo con Mi abuelo, el librito de Valerie Mréjen, abierto sobre el pecho. Creo que sonrío antes de caer en el sueño.
Despierto a media noche pensando en un amigo al que hace tiempo que no veo. A finales de la primavera esquila ovejas. Durante el verano ejerce de bombero en los montes de Navarra, subido a una torreta, mirando con prismáticos, por si ve humo. Vive en una casa con paredes de piedra. Posee un caballo. Se fabrica su propio licor de hierbas. Es un licor que si lo bebes está rico, pero luego duele la cabeza.
Miro por la ventana. Bebo un vaso de leche.
Por las noches hay silencio, pero a veces suenan las sirenas de los coches de bomberos, que salen por ahí, a apagar fuegos. O los de la policía, que visitan las zonas de bares de copas.
sábado, abril 26, 2008
Sábado
Amanece uno en la cama con una revelación. Puede ser que recuerdes el lugar en el que pusiste la factura que ayer buscabas por todas partes. Puede ser que tengas conciencia de que hoy es sábado y que el fin de semana está para disfrutarlo.
De cualquier manera, abres los ojos, te levantas y te pones el primer café del día.
Amanece uno en la cama con una revelación. Puede ser que recuerdes el lugar en el que pusiste la factura que ayer buscabas por todas partes. Puede ser que tengas conciencia de que hoy es sábado y que el fin de semana está para disfrutarlo.
De cualquier manera, abres los ojos, te levantas y te pones el primer café del día.
jueves, abril 24, 2008
Mañana
A veces voy andando a trabajar. Son veinte minutos, la vida es eterna en veinte minutos. Ya amanece y solo están iluminados los cajeros automáticos de los bancos. Te cruzas siempre con las mismas personas, que van siempre con prisa. Hay una mujer que camina como si desfilara. Dos rumanos van siempre riendo, y eso llama la atención a las siete de la mañana.
Paso por delante de una fuente que parece que me refresca. Gotea, y la luz de la farola ilumina el pequeño charco en la baldosa. Corro, que no llego.
A veces voy andando a trabajar. Son veinte minutos, la vida es eterna en veinte minutos. Ya amanece y solo están iluminados los cajeros automáticos de los bancos. Te cruzas siempre con las mismas personas, que van siempre con prisa. Hay una mujer que camina como si desfilara. Dos rumanos van siempre riendo, y eso llama la atención a las siete de la mañana.
Paso por delante de una fuente que parece que me refresca. Gotea, y la luz de la farola ilumina el pequeño charco en la baldosa. Corro, que no llego.
lunes, abril 21, 2008
sábado, abril 19, 2008
Parque
En los parques hay toboganes y columpios en los que los niños hacen cola, y mamás que charlan sobre sus cosas (y siempre una mamá que gesticula más de la cuenta).
Gente que come pipas a velocidad vertiginosa.
Parejas jóvenes que se quieren y lo hacen saber.
Abuelos con la calva al sol.
A los pies de las arizónicas brilla lo que parece un tesoro y luego te acercas y es el casco de una botella, que dejaron anoche los del botellón y esta mañana se le pasó al barrendero.
Un perro parece que está loco por estar suelto. Se mira el rabo. Le llama su dueño, le ata y se tranquilizan los dos.
Hay bancos de madera horadados a navaja en los que los mensajes de amor se superponen entre ellos y son como la vida, que a veces no se entiende.
Derrapa la bicicleta de un niño.
En los parques hay toboganes y columpios en los que los niños hacen cola, y mamás que charlan sobre sus cosas (y siempre una mamá que gesticula más de la cuenta).
Gente que come pipas a velocidad vertiginosa.
Parejas jóvenes que se quieren y lo hacen saber.
Abuelos con la calva al sol.
A los pies de las arizónicas brilla lo que parece un tesoro y luego te acercas y es el casco de una botella, que dejaron anoche los del botellón y esta mañana se le pasó al barrendero.
Un perro parece que está loco por estar suelto. Se mira el rabo. Le llama su dueño, le ata y se tranquilizan los dos.
Hay bancos de madera horadados a navaja en los que los mensajes de amor se superponen entre ellos y son como la vida, que a veces no se entiende.
Derrapa la bicicleta de un niño.
viernes, abril 18, 2008
Coslada (II)
Mucha gente camina por el recinto ferial, o pasea en bici. Está rodeado de pinos y otros árboles. Hay pistas enjauladas de baloncesto. Otra para chavales con monopatín. Lejos, si prestas atención, se oyen los coches que circulan por la M-40.
En un extremo del recinto ferial está la valla del cercanías. Por sus vías van aminorando la marcha los trenes, para llegar a la estación, que se ve a unos quinientos metros. En el otro extremo, a la entrada del recinto, cerca de la fuente, está el monumento a las víctimas de los atentados del 11-M. Se encuentra en una esquinita, rodeado de césped, cerca de los columpios. De entre todos los muertos de aquel día horrible, 22 eran de Coslada.
Mucha gente camina por el recinto ferial, o pasea en bici. Está rodeado de pinos y otros árboles. Hay pistas enjauladas de baloncesto. Otra para chavales con monopatín. Lejos, si prestas atención, se oyen los coches que circulan por la M-40.
En un extremo del recinto ferial está la valla del cercanías. Por sus vías van aminorando la marcha los trenes, para llegar a la estación, que se ve a unos quinientos metros. En el otro extremo, a la entrada del recinto, cerca de la fuente, está el monumento a las víctimas de los atentados del 11-M. Se encuentra en una esquinita, rodeado de césped, cerca de los columpios. De entre todos los muertos de aquel día horrible, 22 eran de Coslada.
miércoles, abril 16, 2008
Coslada
Es un pueblo que está lleno de rotondas, y en algunas de ellas, en su protuberancia central, hay olivos. A mí me gusta llegar con el coche a una rotonda y ver ahí, en el medio, un par de olivos. También hay muchísimos badenes. Por lo visto, y debido a los badenes, hace mucho tiempo que no se produce un atropello mortal en las calles de Coslada.
Debería haber más parques, pero los que hay están bien. Yo los he paseado mucho porque a mi hija le gustan mucho. En uno de ellos hay un lago, y patos, cisnes y pavos reales. A los pavos reales les encanta subirse a las ramas de los árboles y, si los buscas con la vista y los encuentras ahí arriba, te parece que el árbol es muy pequeño o que esos pájaros son demasiado grandes. La vida es desproporción, descubres. Muchos patos pasean por el carril bici. También hay tortuguitas en las orillas del lago.
Es un pueblo que está lleno de rotondas, y en algunas de ellas, en su protuberancia central, hay olivos. A mí me gusta llegar con el coche a una rotonda y ver ahí, en el medio, un par de olivos. También hay muchísimos badenes. Por lo visto, y debido a los badenes, hace mucho tiempo que no se produce un atropello mortal en las calles de Coslada.
Debería haber más parques, pero los que hay están bien. Yo los he paseado mucho porque a mi hija le gustan mucho. En uno de ellos hay un lago, y patos, cisnes y pavos reales. A los pavos reales les encanta subirse a las ramas de los árboles y, si los buscas con la vista y los encuentras ahí arriba, te parece que el árbol es muy pequeño o que esos pájaros son demasiado grandes. La vida es desproporción, descubres. Muchos patos pasean por el carril bici. También hay tortuguitas en las orillas del lago.
viernes, abril 11, 2008
Cartero
Soy cartero y reparto cartas en Madrid. La zona en la que reparto es un polígono industrial. Reparto cartas en primavera, en verano, en otoño y en invierno; las reparto todo el año excepto el mes de agosto, que me voy de vacaciones.
Sé que el frío y la lluvia son malos para un cartero, todo el día encima de la moto, pero yo prefiero eso al calor del mes de julio en Madrid. El calor de julio en Madrid es aterrador.
Se suda mucho dentro de la camisa amarilla, con la cornamusa en el pecho, repartiendo cartas entre el humo de los camiones y aguantando el calor del asfalto en la suela de las botas, porque, eso sí, si repartes en moto el casco y las botas son obligatorios para una mayor seguridad. ¿Qué me decís del casco? Parece uno un pollito escaldado cuando se lo quita. O lamido por una vaca.
Pero sin ninguna duda lo peor de repartir cartas en Madrid en el mes de julio es que se te escuecen los sobacos. Por más que se refresque uno, por más que uno use un buen desodorante —hasta crema hidratante para bebés me he puesto en ellos—, no hay manera: el sudor hace que raspen, escuezan, y al final, con tal de evitar el frotamiento, se te ahuecan los brazos y adoptan forma de arco tensado; se suben un poco los hombros, notas la rigidez del cuello.
Caminas y la camisa amarilla de Correos sobre tu piel parece esparto, adherida como el sello al sobre. De vez en cuando das un golpe de caderas, con tal de evitar que la tela se pegue a la piel, pero lo único que consigues es aparentar que eres un matón de discoteca, un mastuerzo de playa, un animal de gimnasio.
Así que ya lo sabéis, pronto llegará el verano, si veis a un cartero que lleva los brazos separados del torso y que intenta aparentar que es Bruce Lee, o Charles Bronson, no os riáis de él ni de su aspecto. Compadecedle, compadecedle.
Soy cartero y reparto cartas en Madrid. La zona en la que reparto es un polígono industrial. Reparto cartas en primavera, en verano, en otoño y en invierno; las reparto todo el año excepto el mes de agosto, que me voy de vacaciones.
Sé que el frío y la lluvia son malos para un cartero, todo el día encima de la moto, pero yo prefiero eso al calor del mes de julio en Madrid. El calor de julio en Madrid es aterrador.
Se suda mucho dentro de la camisa amarilla, con la cornamusa en el pecho, repartiendo cartas entre el humo de los camiones y aguantando el calor del asfalto en la suela de las botas, porque, eso sí, si repartes en moto el casco y las botas son obligatorios para una mayor seguridad. ¿Qué me decís del casco? Parece uno un pollito escaldado cuando se lo quita. O lamido por una vaca.
Pero sin ninguna duda lo peor de repartir cartas en Madrid en el mes de julio es que se te escuecen los sobacos. Por más que se refresque uno, por más que uno use un buen desodorante —hasta crema hidratante para bebés me he puesto en ellos—, no hay manera: el sudor hace que raspen, escuezan, y al final, con tal de evitar el frotamiento, se te ahuecan los brazos y adoptan forma de arco tensado; se suben un poco los hombros, notas la rigidez del cuello.
Caminas y la camisa amarilla de Correos sobre tu piel parece esparto, adherida como el sello al sobre. De vez en cuando das un golpe de caderas, con tal de evitar que la tela se pegue a la piel, pero lo único que consigues es aparentar que eres un matón de discoteca, un mastuerzo de playa, un animal de gimnasio.
Así que ya lo sabéis, pronto llegará el verano, si veis a un cartero que lleva los brazos separados del torso y que intenta aparentar que es Bruce Lee, o Charles Bronson, no os riáis de él ni de su aspecto. Compadecedle, compadecedle.
domingo, abril 06, 2008
Hombre estupefacto
El hombre estupefacto no ha adquirido esa condición ahora, ni hace tres o cuatro meses, no. Si hace memoria él podría afirmar que su estupefacción comenzó a manifestarse cuando era joven, o niño. Algún día —en el colegio, o cuando se masturbó por primera vez, o cuando notó el primer acné en su frente— se quedó pasmado. Y desde entonces, no pasa día sin que caiga en la más honda estupefacción.
El hombre estupefacto trabaja en una empresa en la que todos han ascendido. Él también, pero un par de peldaños menos que los que ingresaron en la empresa en la misma época. Sin embargo, no le importa asumir responsabilidades que, según su rango, no le competerían, porque cree que es su deber.
Esta mañana un mozo de almacén especialmente haragán ha llamado a primera hora para decir que anoche se emborrachó y que hoy no acudiría a trabajar. El hombre estupefacto ha subido, de un salto, a la carretilla vacía y ha comenzado a acarrear palés de material eléctrico a los camiones que esperaban su pedido para Italia. Todos saben que los clientes italianos son unos tiquismiquis Cuando ya estaba cargando el tercer camión y parecía que el hombre estupefacto le había cogido el truco a los engranajes de la carretilla, el director gerente de la empresa ha aparecido por el muelle de carga, se ha cruzado en su camino y ha sido atropellado por la carretilla. El hombre estupefacto ha dado marcha atrás y, con los nervios, ha avanzado de nuevo y atropellado por segunda vez al director gerente. Es obligatorio decir que los altos cargos de la empresa nunca aparecen por el almacén, y mucho menos por el muelle, así que es lógico que el hombre estupefacto esté ahora completamente deslumbrado por su mala suerte. Y no hablemos de la mala suerte del director gerente.
El hombre estupefacto no ha adquirido esa condición ahora, ni hace tres o cuatro meses, no. Si hace memoria él podría afirmar que su estupefacción comenzó a manifestarse cuando era joven, o niño. Algún día —en el colegio, o cuando se masturbó por primera vez, o cuando notó el primer acné en su frente— se quedó pasmado. Y desde entonces, no pasa día sin que caiga en la más honda estupefacción.
El hombre estupefacto trabaja en una empresa en la que todos han ascendido. Él también, pero un par de peldaños menos que los que ingresaron en la empresa en la misma época. Sin embargo, no le importa asumir responsabilidades que, según su rango, no le competerían, porque cree que es su deber.
Esta mañana un mozo de almacén especialmente haragán ha llamado a primera hora para decir que anoche se emborrachó y que hoy no acudiría a trabajar. El hombre estupefacto ha subido, de un salto, a la carretilla vacía y ha comenzado a acarrear palés de material eléctrico a los camiones que esperaban su pedido para Italia. Todos saben que los clientes italianos son unos tiquismiquis Cuando ya estaba cargando el tercer camión y parecía que el hombre estupefacto le había cogido el truco a los engranajes de la carretilla, el director gerente de la empresa ha aparecido por el muelle de carga, se ha cruzado en su camino y ha sido atropellado por la carretilla. El hombre estupefacto ha dado marcha atrás y, con los nervios, ha avanzado de nuevo y atropellado por segunda vez al director gerente. Es obligatorio decir que los altos cargos de la empresa nunca aparecen por el almacén, y mucho menos por el muelle, así que es lógico que el hombre estupefacto esté ahora completamente deslumbrado por su mala suerte. Y no hablemos de la mala suerte del director gerente.
viernes, abril 04, 2008
Seguridad Social
Estás tan tranquilo. De pronto comienzas a hundirte en un pozo que resulta ser el sofá. Sudas, y las gotas de sudor las notas en la espalda y en las piernas. No sé qué me pasa, dices. Qué, preguntan, sin separar la vista del televisor. Te vas al cuarto de baño, y cierras la puerta. Vomitas durante dos horas. Vomitas hasta que te duele la garganta. Te cuecen una manzanilla, se preocupan.
Toda la noche la pasas tumbado boca arriba en la cama, temeroso de moverte porque, en cuanto lo haces, tienes que salir corriendo a continuar vomitando. Parece mentira, pero todavía queda algo ahí dentro.
Al día siguiente no vas a trabajar. Te quedas solo en casa y duermes como si hubieras vuelto de la guerra.
Como puedes, vas a la consulta del médico. El tío no permite que le cuentes nada. En cuanto comienzas a hacerlo te pregunta si además de devolver tenías el vientre suelto. Le dices que no. Un retrovirus, cuestión de veinticuatro horas, dice. Y no hay más que hablar. Ni te palpa la barriga, ni se compadece, ni dieta blanda, ni nada. Un retrovirus, hay que joderse.
Estás tan tranquilo. De pronto comienzas a hundirte en un pozo que resulta ser el sofá. Sudas, y las gotas de sudor las notas en la espalda y en las piernas. No sé qué me pasa, dices. Qué, preguntan, sin separar la vista del televisor. Te vas al cuarto de baño, y cierras la puerta. Vomitas durante dos horas. Vomitas hasta que te duele la garganta. Te cuecen una manzanilla, se preocupan.
Toda la noche la pasas tumbado boca arriba en la cama, temeroso de moverte porque, en cuanto lo haces, tienes que salir corriendo a continuar vomitando. Parece mentira, pero todavía queda algo ahí dentro.
Al día siguiente no vas a trabajar. Te quedas solo en casa y duermes como si hubieras vuelto de la guerra.
Como puedes, vas a la consulta del médico. El tío no permite que le cuentes nada. En cuanto comienzas a hacerlo te pregunta si además de devolver tenías el vientre suelto. Le dices que no. Un retrovirus, cuestión de veinticuatro horas, dice. Y no hay más que hablar. Ni te palpa la barriga, ni se compadece, ni dieta blanda, ni nada. Un retrovirus, hay que joderse.
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