martes, noviembre 11, 2008

Monte

Buscar setas en el monte es respirar el aire puro y húmedo. Agachar la vista y fijarla en el suelo. Hasta que escuecen los ojos. De vez en cuando agacharse y comprobar que eso que asoma entre la hierba no es una seta, que es una piedra o la corteza de un árbol viejo. Y seguir buscando. Levantar la vista y mirar el horizonte, pero luego bajar la vista para seguir buscando.

lunes, noviembre 03, 2008

Bruce Lee

Media mañana.
Se acerca un señor a la ventanilla para enviar una carta certificada. Es un señor chino, o japonés, o coreano, y veo que se parece extraordinariamente a Bruce Lee, el rey de las artes marciales de mi adolescencia. Hasta sonríe como sonreía él. Furia oriental, Operación Dragón. Recuerdo el cine Astoria, las butacas rojas, las sesiones dobles y continuas de los domingos. La oscuridad, los sueños. El acomodador que se cabreaba y apuntaba con la luz de la linterna a los que alborotaban. Las risas. La música, Laura Antonelli en las películas italianas. La vida, que hierve. Los sueños. La carta, que pesa, que franqueo, que cobro. Bruce Lee, que se marcha.

jueves, octubre 30, 2008

E

En la consulta del oftalmólogo.

Mi padre se sienta en el sillón para graduarse la vista. Todo oscuro, excepto la porción de pared iluminada por el proyector. Va enumerando letras, y las acierta hasta que ya son demasiado pequeñas para su vista cansada.

En el límite en el que ya no ve la silueta de una E (mayúscula, solitaria, monumental) dice que no ve la letra pero que le parece que ese borrón es la figura de un coche marcha atrás.

“¿Cómo que un coche?”, pregunta el médico. Mi padre dice que no le parece un coche visto desde atrás, no, sino un coche visto desde delante, pero reculando, dando marcha atrás.

martes, octubre 14, 2008

Día

Damos por bien empleada la jornada si, al caer la noche, bajamos la vista y encontramos una moneda en el suelo.

jueves, octubre 09, 2008


Libros



Ayer ordené los libros que tengo en casa. Ya no queda sitio en la librería que ocupa toda una pared, la más ancha, de una habitación. Esta librería fue el primer mueble que entró en mi anterior casa, antes incluso que una cama, y la que después vino conmigo a la casa en la que ahora vivimos. Yo mismo mandé cortar sus baldas, yo mismo la ensamblé (junto con un amigo manitas, que me ayudó). Yo mismo (yo solo) estuve a punto de intoxicarme al barnizarla.

Después de llenar la primera librería, que llega hasta el techo, añadimos otra, en la pared de enfrente, y también se llenó. Luego compramos unas estanterías para colocar encima del marco de la puerta, y ya está atestada. La mesilla de noche del dormitorio tiene varias pilas de libros sobre ellas...

Ya no caben más, me dice mi familia. El lugar que ocupan los libros podría estar ocupado por otras cosas. Tienen razón. Lo comprendo. Aunque voy mucho a la biblioteca pública, iré más, y esperaré que les lleguen los títulos que todavía no tienen.

Pero yo, cada cierto tiempo, ordeno los libros. Toda la gente sabe que los libros se desordenan solos. Lo hacen porque son traviesos y hasta promiscuos, y para permitirnos el placer de ordenarlos, y también el placer de reencontrar títulos que nos ponen el corazón en la boca, y nos recuerdan quienes fuimos y lo que somos. Ayer, por ejemplo, volví a tener en mis manos El río del olvido, de Julio Llamazares, y Subir a por aire, de George Orwell, dos libros que leí hace muchos años, y que estaban ahí, agazapados, esperándome. Estuve manoseándolos, releyéndolos, acariciándolos, como si los hubiera echado de menos sin saberlo. Por eso puedo asegurar que seguiré comprando libros, aunque comprendo que no debería..

lunes, octubre 06, 2008

miércoles, octubre 01, 2008

Sola

Hoy cumplo cuarenta y tres años. Dios mío, cuarenta y tres años. Ahí están ellos, metidos en la cueva de su habitación, el Messenger a todo trapo, las paredes llenas de carteles de cantantes con narices perforadas por aros dorados, mirando páginas pornográficas en la pantalla del ordenador, mientras yo soplo las velas imaginarias de la tarta de mi cumpleaños, porque estos hijos míos han vuelto a olvidarse del cumpleaños de su madre.

Antonio ha venido muy cansado. Está harto en el trabajo. No duerme bien. Dice que quizás debamos posponer lo de salir a cenar. Por si fuera poco, en el último análisis el antígeno prostático le ha vuelto a subir y tendremos que ir al urólogo. Le han citado con urgencia. “No me gusta que me los palpen, no me gusta”, dice mientras el doctor efectúa las palpaciones, buscando, sopesando la posibilidad de una alteración en los testículos, que afortunadamente nunca se produce.

Qué mayores, Dios mío. Cercanos a los cincuenta. Antonio rozándolos: cuarenta y ocho. Me debo a mí misma una mamografía y una liposucción. Un cursillo de yoga. Un balneario. Un fin de semana en Paris. Una aventura con el chaval de la pescadería, que me mira con ojos acuosos cuando me entrega los boquerones, que se fija en mi escote cuando me da la vuelta, que admira mi culo cuando me marcho.

Si no habrá cumplido todavía los veinte. ¿Tendrá novia? Seguro que sí. Podría ser mi hijo. Me mira como si fuera un cocodrilo dispuesto a devorarme, con esas manos enguantadas que colocan la merluza escurridiza, que remolonean entre las gambas y hacen sonar el cascabel de las chirlas.

Este muchacho, con la locura de la juventud, podría proponerme alguna vez una locura.
Y yo le contestaría que no. Le diría que me siento muy halagada, pero que lo nuestro es imposible; que él es muy joven y yo muy mayor. No, no le diría que soy muy mayor. Le diría que tengo esposo e hijos.

Él insistiría. Se frotaría las manos enguantadas en el mandil chorreante. Me miraría a los ojos con esa cara de animal de la selva que tiene, a punto de rugir, a punto de devorarme.

Y entonces yo no podría resistirme. Ya no. Me sería imposible y sucumbiría, y debo dejar de tocarme, ya estoy de nuevo soñando, que bien se está en la cama, con las piernas abiertas, sola, tranquila, con los ojos cerrados, y me amaría y me diría que me quiere...

miércoles, septiembre 24, 2008


Curvatura
En Madrid, la M-45 es una carretera larga, con curvas muy suaves pero continuas, y poquísimas rectas. Se puede recorrer con relativa rapidez, porque no suele haber atascos. En ella es fácil pasarse las salidas, porque el carril de la vía de servicio está situado siempre muchos kilómetros antes de la verdadera salida.

Cuando te equivocas y quieres hacer un cambio de sentido para volver sobre tus pasos resulta casi imposible, porque hay muy pocos cambios de sentido en esta carretera, y no están señalizados.

Si transitas por la M-45 (sobre todo de noche), y te equivocas, el espacio entre el lugar del que saliste y el lugar al que pretendes llegar puede llegar a parecer la metáfora de toda una vida.

lunes, septiembre 22, 2008

Hospital (II)

Algo va mal

_ cuando se habla de la “pastillita azul”, de la “pastillita gorda” o de la “pastillita de las tres de la mañana” en lugar de Requip, Stalevo o Seriquel.

_ cuando por las noches tus riñones le encuentran el punto al butacón del acompañante.

_ cuando comienzas a identificar los turnos de los enfermeros.

_ cuando, en la bandeja de la cena, crees ver correr a los guisantes del lomo a la jardinera.

viernes, septiembre 19, 2008

Hospital
Lo primero que hago cuando ingresan a un familiar en un hospital es rebuscar todas las monedas que hay por casa (para la máquina del café).

jueves, septiembre 18, 2008

Mirada
Nunca se mira tan bien por una ventana como cuando se hace desde la de la habitación de un hospital.

miércoles, septiembre 17, 2008

Impaciencia
A veces mi impaciencia me lleva a utilizar la cuchara de madera y probar una salsa humeante a medio hacer, o el caldo de un potaje que lleva cociendo horas.

Me escaldo y luego estoy días o semanas con el paladar insensible. (La gente cree que chasqueo la lengua por asentir en una conversación o porque me parece interesante lo que acabo de oír, pero es, simplemente, que no me siento la puntita contra los dientes).

martes, septiembre 16, 2008


Noche/día

Se acaban las fiestas del pueblo. Mediodía del último día. Me convencen para ir a misa (misa por los difuntos). Pasamos por la plaza. Hay cascos de botellas por todas partes. Ni rastro de la orquesta que anoche maltrataba pasodobles. Leve dolor de cabeza.

Sentado en el banco de la iglesia oigo la perorata del cura. Miro las baldosas del suelo, tan viejas, tan deslucidas. Las miro fijamente.

jueves, septiembre 11, 2008

Visita
Vas a casa de tus padres a hacerles una visita. Tomas un café, hablas un buen rato con ellos. La salud, siempre la salud. Los vecinos, la familia, el verano que acaba.

De pronto, de camino a la cocina, abres la que fue tu habitación y, durante una milésima de segundo, no la reconoces. No reconoces ni la litera, ni los libros, ni los Juegos Reunidos, ni la Enciclopedia Argos, ni las cintas magnetofónicas. Crees ver la estela de otro ahí, en la litera, un extraño, fumando a las tantas, apoyado en el marco de la ventana.

viernes, septiembre 05, 2008

Tiempo
Un hombre que fue mi vecino, con el que no crucé ni dos palabras en muchos años, que no me saludaba cuando nos veíamos en el portal, que se marchó debiendo no sé cuantas cuotas de la comunidad de propietarios, se me acerca en el bar, mientras tomo una cerveza con unos amigos, y me pregunta cómo me va y qué tal le va a mi familia. Pincha una aceituna del plato, se la mete en la boca y se despide sin esperar que le conteste.

miércoles, septiembre 03, 2008

Cercanías
La obstinada melancolía de estas tardes nubladas, de calima y sudor. Estación de tren. Cercanías. Llevo un libro para leer, pero no leo. Levanto la vista. Un hombre narigudo, con el pelo ensortijado y barba de varios días, que viste pantalón corto, fuma y mira al andén de enfrente. Seguramente pensará en las cervecitas que tomará al llegar a casa.

Varias muchachas con ropa de escote superlativo parecen cansadas. Sus movimientos son tan lánguidos que merecerían estar en la playa, al sol, y no esperando un tren.

Una señora habla por teléfono. “Ya llego, ya llego...”, dice.

Llega el tren y subimos. Somos muchos. Un hombre tiene el pie desnudo sobre el asiento de enfrente, y con ese gesto desanima a los que nos queremos sentar. Luce un gesto como de reto, parece apretar los dientes mientras nos enseña su pie. El pie es largo y sus dedos, enormes, están ahí en medio del asiento.

Después de un día de citas telefónicas con médicos, de rellenar papeles y más papeles, de buscar la sombra de las paredes de los edificios en mi deambular por Madrid, este pie desnudo y maleducado me hace desear el motivo, la razón que redima el día. Lo deseo con toda mi alma (un instante, una mirada, unas palabras), pero puede que este día no tenga redención. Me quedo de pie. Intento leer.

martes, septiembre 02, 2008

Calor
Ayer hizo calor durante todo el día, pero no demasiado. Sé que otros días de este verano han sido más calurosos. Sin embargo, por la noche estábamos viendo la televisión y mi espalda sudaba. Me toqué la frente y sudaba. Luego, acostado en la cama, di vueltas y vueltas hasta que, en medio de la madrugada, oí en la calle el ruido del camión de la basura. Creo recordar que me dormí con las manos cruzadas sobre mi vientre, con la vista fijada en el techo de la habitación, y con el ruido de la trituradora del camión de la basura resonando en mis oídos.

domingo, agosto 31, 2008

Cocina
Termino de preparar una carne en salsa. Friego todos los platos, los utensilios. Recojo la cocina. Me sorprendo pasando el mocho de la fregona por el suelo, intentando que reluzca, que brille. Retorciendo, escurriendo el agua, volviendo a pasarlo. Apretando, apretando hasta que sudo y me duelen los hombros. Y el suelo no reluce.
Se acaban las vacaciones. Mañana hay que volver al trabajo.

jueves, agosto 28, 2008

Cine
Se está muy bien en el vestíbulo enmoquetado y fresquito. Todo es perfecto porque el cuenco de las palomitas huele bien y hay mamás y papás con sus niños esperando a entrar que tienen la misma cara que tú, una cara de expectación y a la vez de cansancio. Te sientes miembro de una comunidad.

Se abren las puertas, pesadas, y penetramos en la sala, que huele a pino.

A las butacas solo le falta el acelerador y el embrague para parecer asientos de un coche deportivo. A un lado, el agua; al otro, las palomitas. En las primeras filas un niño se despereza, otro llora como un verraco. La mujer de delante tiene un cuello extraordinariamente largo (sensual). Miramos la pantalla obsesivamente.

La película es infantil y tiene su gracia, pero a los pocos minutos dejo que la mente se ponga a vagar por ahí, a lo suyo. Nadie me ve, puedo cerrar los ojos. Me comprometo con ella, con mi mente: que vague hasta los créditos, hasta que se enciendan las luces. Luego, a pensar en la cena. Y en mañana.

martes, agosto 26, 2008

Verano
Da uno un puntapié a una piedra y parece que resuena, calle abajo (y la calle no está inclinada). Hay en los bancos del parque gente sentada, que gesticula: las mujeres plisándose la falda, los hombres mesándose los cabellos. No sé si llegarán a una conclusión. No es necesario hablar. En verano quizás sea mejor el silencio. Dar todo por supuesto. Dejar pasar el tiempo.