miércoles, febrero 23, 2011
Amusgar
Como todos los días hay que aprender algo nuevo, hoy he sabido que amusgar es entrecerrar los ojos para ver mejor. Amusgar es lo que yo hago, que soy miope y sufro la maldita presbicia. Amusgaba también Marilyn Monroe en sus películas, y en amusgar, como en otras cosas, era una reina. Amusgar es lo que hacemos todos en estos tiempos, por si vemos algo claro.
sábado, febrero 12, 2011
Cuatrocuentos

La revista de literatura Cuatrocuentos ha publicado en su número de febrero Galería de personajes, un cuento mío que formó parte de Zeppelín, mi primer libro de relatos.
Galería de personajes está en compañía de cuentos de Hipólito G. Navarro, Pilar Adón e Iban Zaldua. Este número de febrero está editado por Javier Sáez de Ibarra.
http://cuatrocuentos.wordpress.com/
viernes, febrero 11, 2011
Cartero
Señores usuarios de Correos del Polígono Industrial adyacente al Centro de Transportes:
Soy Eulogio Marín Pesa. La presente es para comunicarles lo que ya saben: que soy cartero y reparto cartas en el mencionado polígono industrial en el que también ustedes trabajan. Ya me conocen. Reparto cartas en primavera, en verano, en otoño y en invierno; las reparto todo el año excepto el mes de agosto, que disfruto de mis vacaciones.
Ustedes saben que el frío y la lluvia son malos para un cartero, todo el día encima de la moto, todo el día a la intemperie. Hay ocasiones en las que el personal de recepción de sus empresas me ofrece un cafelito en taza de plástico, y yo lo agradezco, aterido y mustio, o que los jurados de las barreras me permiten que me arrime a la estufa de la garita, pero, a pesar de todo, yo prefiero el frío y la lluvia del invierno más crudo al calor del mes de julio en Madrid. El calor de julio en Madrid es simplemente aterrador. Para mí es lo peor que hay, se lo advierto a ustedes.
Se suda mucho dentro de la camisa amarilla, con el casco en la cabeza, con la cornamusa en el pecho, con la PDA colgando, repartiendo cartas entre el humo de los camiones, y aguantando el calor del asfalto en la suela de las botas, porque, eso sí, si repartes en moto, el casco y las botas son obligatorias para una mayor seguridad. Señores, ¿qué me dicen ustedes del casco? En julio parece uno un pollito escaldado. O lamido por una vaca. Se quita el cartero el casco e inmediatamente sienten ustedes sed.
Pero sin ninguna duda lo peor de repartir cartas en Madrid en el mes de julio es que se te escuecen los sobacos. Por más que se refresque uno, por más que use uno un buen desodorante —hasta crema hidratante para bebés me he puesto en ellos—, no hay manera: el sudor hace que raspen, escuezan, que se pongan en carne viva. Al final, señores, al transcurrir de las jornadas, con tal de evitar el frotamiento, se te ahuecan los brazos y adoptan forma de arco tensado; se suben unos centímetros los hombros, notas la rigidez del cuello.
Caminas y la camisa amarilla de Correos sobre tu piel parece esparto, adherida como el sello al sobre. De vez en cuando das un golpe de caderas con tal de evitar que la tela se pegue a la piel, pero lo único que consigues es aparentar que eres un matón de discoteca, un mastuerzo de playa, un animal de gimnasio.
Así que ya lo saben ustedes: pronto llegará el verano. Si ven a un cartero que lleva los brazos separados del torso y que intenta aparentar que es Bruce Lee, o Charles Bronson, no se rían de él ni de su aspecto. Compadézcanme, compadézcanme, que soy yo, Eulogio, el de siempre, que no quepo por las puertas.
Firmado.
Eulogio Marín Pesa.
Trabajador de Correos.
Soy Eulogio Marín Pesa. La presente es para comunicarles lo que ya saben: que soy cartero y reparto cartas en el mencionado polígono industrial en el que también ustedes trabajan. Ya me conocen. Reparto cartas en primavera, en verano, en otoño y en invierno; las reparto todo el año excepto el mes de agosto, que disfruto de mis vacaciones.
Ustedes saben que el frío y la lluvia son malos para un cartero, todo el día encima de la moto, todo el día a la intemperie. Hay ocasiones en las que el personal de recepción de sus empresas me ofrece un cafelito en taza de plástico, y yo lo agradezco, aterido y mustio, o que los jurados de las barreras me permiten que me arrime a la estufa de la garita, pero, a pesar de todo, yo prefiero el frío y la lluvia del invierno más crudo al calor del mes de julio en Madrid. El calor de julio en Madrid es simplemente aterrador. Para mí es lo peor que hay, se lo advierto a ustedes.
Se suda mucho dentro de la camisa amarilla, con el casco en la cabeza, con la cornamusa en el pecho, con la PDA colgando, repartiendo cartas entre el humo de los camiones, y aguantando el calor del asfalto en la suela de las botas, porque, eso sí, si repartes en moto, el casco y las botas son obligatorias para una mayor seguridad. Señores, ¿qué me dicen ustedes del casco? En julio parece uno un pollito escaldado. O lamido por una vaca. Se quita el cartero el casco e inmediatamente sienten ustedes sed.
Pero sin ninguna duda lo peor de repartir cartas en Madrid en el mes de julio es que se te escuecen los sobacos. Por más que se refresque uno, por más que use uno un buen desodorante —hasta crema hidratante para bebés me he puesto en ellos—, no hay manera: el sudor hace que raspen, escuezan, que se pongan en carne viva. Al final, señores, al transcurrir de las jornadas, con tal de evitar el frotamiento, se te ahuecan los brazos y adoptan forma de arco tensado; se suben unos centímetros los hombros, notas la rigidez del cuello.
Caminas y la camisa amarilla de Correos sobre tu piel parece esparto, adherida como el sello al sobre. De vez en cuando das un golpe de caderas con tal de evitar que la tela se pegue a la piel, pero lo único que consigues es aparentar que eres un matón de discoteca, un mastuerzo de playa, un animal de gimnasio.
Así que ya lo saben ustedes: pronto llegará el verano. Si ven a un cartero que lleva los brazos separados del torso y que intenta aparentar que es Bruce Lee, o Charles Bronson, no se rían de él ni de su aspecto. Compadézcanme, compadézcanme, que soy yo, Eulogio, el de siempre, que no quepo por las puertas.
Firmado.
Eulogio Marín Pesa.
Trabajador de Correos.
miércoles, enero 19, 2011
Estática
Me cago en los triglicéridos. A mi edad y así… ¿Y el colesterol? Me cago en el colesterol. Ahora resulta que hay colesterol bueno y colesterol malo. Como los policías: policía bueno, policía malo. Ciento veinte pulsaciones, y subiendo. A dieta. Sin sal. Nada de alcohol. Y tengo que cambiarle el aceite al coche. Llené el depósito ayer. No se llena con sesenta euros, el cabrón. Enchufas la manguera y te puedes dormir. Es que no da, el sueldo no da. Ciento treinta pulsaciones, y subiendo. Cómo sudo. ¿Y mi jefe? ¿Y el trabajo? Mejor escucho música. Mejor miro al frente, por la ventana. Pedaleo. Ciento cuarenta pulsaciones. Se me pega la camiseta. Me escuece la entrepierna. Sudo.
sábado, enero 15, 2011
Septiembre

Eran los últimos días del verano. No había llovido, ni llovería en los próximos días. Íbamos andando desde el pueblo, desde el Camino del Pozo, allá en los arrabales, por caminos polvorientos, y yo me cansaba pronto porque era un niño. A ratos me llevaba en brazos mi abuela, una mujer pequeñita y con un nervio de apretar los dientes. Se quedaba atrás, nos quedábamos atrás, y mirábamos a los demás alejarse en dirección al cortijo porque se ensimismaba. Para ella todo era maravilloso. Ahora sé que las distancias no son tan grandes, pero entonces me parecían enormes. Yo veía a los demás perderse en el camino y me impacientaba. Ella paraba y recogía una piedra del camino para admirarla, se detenía frente a las esparragueras medio secas y con la palma de la mano acariciaba aquellas matas que a cualquiera le hubieran pinchado, me agarraba la mano y continuábamos.
Al final del camino siempre estaba la casita pequeña que ahora tanto añoro, con su umbral de cantería y su parra en la fachada. Dentro todo era oscuridad y frescor, y olía a hierba mojada. El suelo era de tierra, con unos camastros para resguardarse o dormir allí si llovía. Unos basares colgaban de las paredes, cerca de la chimenea negra que hacía tiempo que ya no se usaba. Detrás de la casa estaban las zahúrdas, con jaramagos y chumberas apoyadas en sus paredes de piedra, derruidas y cubiertas de musgo. Sigo soñando con aquella casita pequeña y pobre, en lo alto de una loma. En mi mente no hay monumento más grande a mi infancia que aquella casa.
Mientras los mayores colocaban los trastos y mis primos bromeaban y reían, peleándose entre ellos, yo escapaba y hundía mis pies en aquella tierra oscura y blanda, polvorienta y aterronada. Llegaba hasta la era y, desde allí, desde aquella llanura, lo abarcaba todo con mi mirada. Todo podía explorarlo excepto el pozo, al que no debía acercarme. Era un pozo oscuro, fabuloso, capaz de engullir a una burra en cierta ocasión mítica y renombrada, con ranas en su orilla, con el zumbido de nubes de insectos en sus inmediaciones. Si hubiera intentado acercarme al terreno prohibido, mi abuela habría corrido hacia mí sin dejar de gritar. Sin verla, sentía su mirada.
Me acercaba a las higueras y sentía el frescor fragante de su sombra. Veía los olivos frondosos en un extremo de la finca. Y allí estaban los almendros, uno tras otro, esperándonos, con su fruto ya a medio abrir, ofreciéndolo.
Luego comenzaba el trabajo. Mis primos se encaramaban a los árboles y recogían las almendras de las copas, de las ramas más altas. Los demás las recogíamos al ordeño, una a una, y las echábamos a los cubos, a los sacos, a las mantas extendidas en el suelo. Mi abuela escamondaba el fruto de las hojas con una rapidez asombrosa y vareaba algunas ramas a las que nadie llegaba. A ratos se trabajaba en silencio, a ratos gritaban y reían. A mí me tenían allí, recogiendo almendras del suelo, pero al rato se olvidaban de mi presencia y podía ir a los muros de la zahúrda a buscar lagartijas, y volver luego a la casa y sentarme en el umbral, a la sombra.
A media mañana volvían todos y mi abuela sacaba un bolso de cuadros lleno de comida. Mis primos discutían y voceaban. Los mayores hablaban de cómo se presentaba el año. Siempre se quejaban, nunca se presentaba bien. El aperador que alguien conocía había dicho que venían tiempos malos. Todo estaba cambiando, decían. Ahora, cuarenta años después, sé que no sospechaban cuanto. Mi tío y mi padre bebían vino de un vaso de aluminio y se limpiaban los hocicos con las mangas. Todo sabía a ajo y perejil, a orégano, y a aceite de oliva. Queso, chorizo, filetes empanados, tomates con sal. Comíamos a dentelladas. La abuela estaba pendiente de todo y, si me descuidaba, me hacía una caricia. El mayor de mis primos se levantaba con la boca llena, nos daba un pescozón a los demás, se marchaba andando como un oso, y se acomodaba en la horquilla de una higuera. Se ponía a leer un tebeo del Capitán Trueno, allí, entre el sol y la sombra. Me gustaba verle allí, leyendo, a lo lejos, mientras terminábamos de comer, como si estuviera enfadado. Mi padre y mi tío descansaban un rato, fumando, silenciosos. Yo pensaba en lo que quedaba de jornada, en que al anochecer volveríamos al pueblo, cansados. Pensaba en que mi madre se escandalizaría en cuanto me viera. Este niño viene hecho un Adán, diría, a este niño lo meto en la bañera ahora mismo. Este niño trae almendras hasta en los calzoncillos.
domingo, enero 09, 2011
Año Nuevo
En esta tarde de domingo fútil y lluviosa preparo un cocido. Un cocido denso y contundente para alimentarnos mañana, cuando volvamos definitivamente a la rutina. Quizás nos asalte luego un ardor de estómago de camionero en ruta, sí, pero así es la vida, vivamos al límite. Para otros las acelgas rehogadas y los filetes de pollo a la plancha, esos filetes resecos que fomentan la tendencia al llanto y la desesperanza.
lunes, diciembre 06, 2010
La oscuridad duele
Un día tras otro, cuando me levanto en la oscuridad de la noche para ir a mear, me doy de bruces con la pared. Nunca acierto a la primera con la puerta.
viernes, noviembre 26, 2010
Medicina
miércoles, noviembre 24, 2010
A veces pienso que mi vida es como un montón de ropa limpia. Toda colocada, toda apilada. Si cojo la prenda de arriba no pasa nada, todo marcha. Simplemente espero a que se ensucie, la coloco en la lavadora y voy a por la siguiente. Lo malo es cuando quiero una prenda del montón, o de abajo. Corro el riesgo de que todo se desmorone.
lunes, noviembre 22, 2010
Tortuga (III)
En época de apareamiento el macho persigue a la hembra con urgencia, empujándola y llegando a morderle las patas. Cuando la hembra se detiene es el momento, la señal convenida para el apareamiento.
El macho se encarama encima y se consuma la cópula. Es entonces cuando el macho alarga el cuello hacia delante de una forma extraordinaria, increíble. Hay zoólogos que dicen que ese alargamiento del cuello es para mantener el equilibrio. Otros dicen que es porque en ese momento, en esas milésimas de segundo, el animal percibe la eternidad.
El macho se encarama encima y se consuma la cópula. Es entonces cuando el macho alarga el cuello hacia delante de una forma extraordinaria, increíble. Hay zoólogos que dicen que ese alargamiento del cuello es para mantener el equilibrio. Otros dicen que es porque en ese momento, en esas milésimas de segundo, el animal percibe la eternidad.
domingo, noviembre 21, 2010
Tortuga (II)
Los psicólogos de tortugas recomiendan que la tortuga tenga obstáculos en su camino (una piedra, un desnivel, unas hierbecillas), para que se esfuerce en él, pero que siempre tenga ante sus ojos un horizonte, para que no se desespere.
La tortuga tiene una mirada triste, como constipada, y parece necesitar siempre un pañuelo. A veces parece que la tortuga espera que le des el pésame pero lo que en realidad quiere es su hojita de lechuga.
La tortuga tiene una mirada triste, como constipada, y parece necesitar siempre un pañuelo. A veces parece que la tortuga espera que le des el pésame pero lo que en realidad quiere es su hojita de lechuga.
viernes, noviembre 19, 2010
Tortuga

Las tortugas que viven en cautividad deben ser bien alimentadas, (a menudo con un suplemento de calcio), recibir la luz del sol, y, sobre todo, y es muy importante, para que no sufran, tener unos límites en su terrario que no les permitan ver el horizonte. Las paredes deben ser opacas, (o de ladrillo o madera, por ejemplo).
Si el terrario es transparente se arrimarán a la pared y pondrán un empeño imposible y continuo en huir. No comprenderán nunca que es imposible. Su cuerpo no limitará con el terrario, que puede ser amplio. Lo hará con la pared.
jueves, noviembre 04, 2010
Esas vidas
De la biblioteca cojo Esas vidas, de Alfons Cervera. Es un librito duro, poco emotivo, casi cruel, en el que el autor narra los últimos días de su madre, una anciana a la espera de la muerte, y bucea en sus recuerdos.
En la página 50 hay un papelito doblado con una receta de madalenas caseras, legado (u olvido) del anterior lector (o lectora) del libro.
Dudo si dejar yo también una entre estas páginas. Por ejemplo, repápalos en salsa, una de las recetas que más me gustan de mi madre.
En la página 50 hay un papelito doblado con una receta de madalenas caseras, legado (u olvido) del anterior lector (o lectora) del libro.
Dudo si dejar yo también una entre estas páginas. Por ejemplo, repápalos en salsa, una de las recetas que más me gustan de mi madre.
domingo, octubre 03, 2010
Domingo por la tarde. Está nublado, parece que va a llover. Mejor así. Tiene uno ganas de que llueva. De que empiecen a caer las hojas de los árboles. De que comience el frío y sea necesario abrigarse. De que cambie algo. Estamos pisando siempre el mismo charco sin agua.
***
Noticia leída en la prensa de hoy:
“Muere ahogado tras caer con su coche en un pantano por un error del GPS”.
***
Noticia leída en la prensa de hoy:
“Muere ahogado tras caer con su coche en un pantano por un error del GPS”.
jueves, septiembre 30, 2010
Sientes un poquito de vergüenza cuando te cruzas con algún viejo profesor del instituto y te acuerdas de cómo emborronabas la portada de los cuadernos con ampulosas frases salvadoras de la Humanidad.
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Había compañeros del instituto que estaban ya predestinados a lo que ahora son, empleados de banco (economizaban la tiza).
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El peso de las mochilas de algunos llevaba implícita la penitencia de hoy (hombros caídos, mirada a la punta de los zapatos).
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Había compañeros del instituto que estaban ya predestinados a lo que ahora son, empleados de banco (economizaban la tiza).
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El peso de las mochilas de algunos llevaba implícita la penitencia de hoy (hombros caídos, mirada a la punta de los zapatos).
domingo, septiembre 26, 2010
viernes, septiembre 24, 2010
Jornada laboral
Cuanto más cansancio laboral, cuanto más hastío, más me fijo en los escotes femeninos.
Los escotes de las mujeres que cruzan el vestíbulo, que se acercan al mostrador para enviar una carta o un giro son el precipicio deseado, ideal, de la jornada.
Los escotes de las mujeres que cruzan el vestíbulo, que se acercan al mostrador para enviar una carta o un giro son el precipicio deseado, ideal, de la jornada.
miércoles, septiembre 22, 2010
Mosca
Viene un señor a Correos para enviar un giro. Su hijo, que está en Tenerife y ha perdido la cartera, o se la han robado, que necesita el dinero. Viene con una mosca a la altura de sus ojos. Lo sé porque le veo espantarla con las manos mientras espera su turno.
Luego, mientras me dicta los datos para el giro me dice que la mosca lleva con él desde primera hora de la mañana, y son casi las dos. Intenta espantarla de nuevo. Le digo que qué raro, porque ya parece que no hace calor para moscas. Ya, contesta, pero aquí me tienes, con ella. No me abandona. Y manotea de nuevo, ahora con una mano y después con la otra.
Intento animarle diciéndole que he oído que la vida de las moscas no sobrepasa las veinticuatro horas.
No sé yo esta, no sé yo… Dice mientras firma el impreso, paga, y sale de Correos con la mosca tras él.
Luego, mientras me dicta los datos para el giro me dice que la mosca lleva con él desde primera hora de la mañana, y son casi las dos. Intenta espantarla de nuevo. Le digo que qué raro, porque ya parece que no hace calor para moscas. Ya, contesta, pero aquí me tienes, con ella. No me abandona. Y manotea de nuevo, ahora con una mano y después con la otra.
Intento animarle diciéndole que he oído que la vida de las moscas no sobrepasa las veinticuatro horas.
No sé yo esta, no sé yo… Dice mientras firma el impreso, paga, y sale de Correos con la mosca tras él.
lunes, septiembre 20, 2010
Domingos
La gente se queja de los domingos. Los domingos son para descansar del fin de semana, y para esperar la semana que viene, que llega, que está ahí, a horas vista, al final del precipicio. Los domingos son una especie de tiempo muerto. Yo creo que los domingos amanecemos con ojeras más desmejoradas, si cabe.
Yo todavía sigo haciéndome propósitos los domingos. Con lo mayor que voy siendo y no escarmiento. Todos los días me propongo cosas que al minuto siguiente, al día siguiente, cumplo, pero los domingos más y con más intensidad. Me propongo un horario para escribir, me propongo no beber demasiado para acabar con la barriga cervecera, me propongo dedicarme cierto tiempo a mí mismo, me propongo pedalear en la bici estática. Nunca lo cumplo, nunca cumplo nada.
Pero todos los domingos me parece que el lunes comenzará una nueva etapa en mi vida.
Yo todavía sigo haciéndome propósitos los domingos. Con lo mayor que voy siendo y no escarmiento. Todos los días me propongo cosas que al minuto siguiente, al día siguiente, cumplo, pero los domingos más y con más intensidad. Me propongo un horario para escribir, me propongo no beber demasiado para acabar con la barriga cervecera, me propongo dedicarme cierto tiempo a mí mismo, me propongo pedalear en la bici estática. Nunca lo cumplo, nunca cumplo nada.
Pero todos los domingos me parece que el lunes comenzará una nueva etapa en mi vida.
viernes, septiembre 17, 2010
Buenas noches
Me parece que algo significará este trajín de cables para recargar toda clase de móviles, cámaras y demás utensilios. No sé qué clavija encaja en qué enchufe ni en qué aparato. Ni siquiera atino a desenredar los cables. Podría, pero me parece una tarea descomunal, a estas horas de la noche.
Miro en la encimera esa porción de tortilla de patatas que sobró de la cena. Parto un trocito, me lo echo a la boca y, con ese gesto, me doy las buenas noches.
Miro en la encimera esa porción de tortilla de patatas que sobró de la cena. Parto un trocito, me lo echo a la boca y, con ese gesto, me doy las buenas noches.
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