domingo, abril 24, 2011

Pueblo

Todos los caminos tienen su final. Todas las cunetas están verdes. Todas las siembras están fuertes. Todos los charcos están limpios. El aire huele a humedad. El cielo está oscuro.

Nos saca a pasear la perra. Está como loca de alegría. Corre y salta. Se aleja y luego vuelve, vuelve con un correr perfecto, sincronizado, con las orejas al viento. Este cachorrillo se para frente a nosotros y nos mira. Te da a elegir: O le acaricias o se restriega contra tus piernas.

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La señora tiene casi cien años. Llueve. Está con su hija, acurrucadas las dos, asomadas a la ventana, mientras ven llover. Pasamos corriendo, pisando charcos, pero hay que parar y saludarlas. Le preguntan cómo está y ella contesta que cada vez más arrugada. Es que la tierra me llama, dice.

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A las tantas de la madrugada, en una bodega, con el estómago lleno de sopas de ajo y del primer vino cosechero del año, vino peleón y amansador de fieras, me entero de que la ginebra es uno de los mejores limpiadores de gafas que existen. Me las piden, las cedo (con un poco de miedo), las embadurnan con ginebra, las yemas de unos dedos las limpian con una servilleta. Efectivamente, al ponérmelas noto que lo que veo es más nítido, casi perfecto, que no hay bruma.

martes, abril 12, 2011

Historias del cesped (y VII)

Su hermano esperaba los fines de semana para abrevar en cualquier barra de metacrilato con la ayuda de pastillas de colores. Su padre, camionero, a veces se preguntaba por qué tantos clubs de carretera se llamaban Oasis. Su madre tenía los armarios de la cocina atestados de decenas de tarros ordenados y cerrados herméticamente, algunos con alimentos exóticos, pero siempre comían lo mismo, una y otra vez, legumbres y legumbres.

Todo eso se lo dijo a ella en el césped del Allende, mientras la abrazaba y sentía cómo una piedrecita se le clavaba en los riñones. Intentó rozarle los pechos pero le fue imposible. Por lo visto, las batallas debían comenzar siempre por el principio y no había pasos intermedios.

En los corros corrían las litronas. Les ofrecieron patatas fritas y pipas de girasol. No le hacía gracia el perrillo que ladraba al ritmo de la guitarra. Las conversaciones de los demás eran insulsas, y las bromas le resultaban de una reiteración tal que si se descuidaba le levantarían dolor de cabeza. Quería, además de acariciarla y sentir su olor fresco, oírle una palabra de ánimo, sentirse acompañado en su decisión de abandonar los estudios.

Ella, sin embargo, le dijo que era un aburrido. Se lo dijo como una constatación de la realidad. Se zafó de sus brazos y se puso boca arriba, mirando el cielo, por si salían las estrellas. Él miró su cuello tenso y sus párpados ahora cerrados. Abriría los ojos y querría que el mundo la sorprendiera. Le preguntó si quería marcharse. ¿Nos vamos? Ella dijo que no, que le gustaba cómo tocaba el tío de la guitarra.

Emprendió el camino a casa. Pisó el césped nuevamente. Miró la acera, tan larga. Pegó una patada al retrovisor de un coche. Luego a otro. Dejó un rastro de coches mutilados y, con la destrucción, se sintió mejor.

sábado, abril 09, 2011

Historias del cesped (VI)

Cuando firmó el contrato en la ETT y se fijó en el prorrateo de las pagas extras, en que le descontarían el precio de las botas de trabajo del primer sueldo aquello ya no le pareció el paraiso en la tierra. Hizo cuentas y resultó que los descansos de veinte minutos en la descarga de camiones no contaban como tiempo de trabajo efectivo. Decididamente, aquello ya no le pareció la consecución de un sueño. Se vio a sí mismo claudicando ante un enemigo. Un enemigo invisible, poderoso y con paciencia infinita, que le absorbería la rabia y estaría siempre a sus espaldas con una calculadora.

Al mediodía, ante un plato de legumbres, su hermano le animó a comer mucho para estar fuerte y poder descargar camiones a destajo. Su padre golpeó el plato con el cuchillo como si quisiera matar un oso, (una lenteja se pegó a la piel de una naranja, otras salieron volando a posarse en la pantalla del televisor). Su madre lloriqueó y le repitió de nuevo que cometía un error al abandonar los estudios.

A última hora de la tarde hizo una llamada perdida y a los pocos minutos recibió otra en la que ella le preguntaba cómo le había ido y le decía que le esperaba en el césped, con todos los demás. Alguien tenía una guitarra y sonaba muy bien. Por lo visto un perrito bailaba al son de la música. Qué gracioso.

viernes, abril 08, 2011

Historias del cesped (V)

Era verano y él había decidido que no acudiría más al instituto. Había algunos que se fumaban los porros con ansia, para que brillaran sus ojos y se les pasaran las ganas de llorar. Conocía a otros que ingresaban en el paraíso a través de las porterías de futbito, celebrando el gol en la red. Los había que buscaban como podencos cadenas de las que liberarse y solo veían al bedel, que les rogaba que no gritaran en el vestíbulo. Él era ya otro. Él trabajaría en el Mercadona, haría turnos, y llegaría a casa cansado de trajinar con el pescado o con la fruta. Dormiría bien. Conocería las ofertas, saludaría al encargado, puliría el suelo. Se reiría de todo. Tendría dinero para ir con ella al paraíso, confiaba en que el camino le fuera mostrado. Los dos pensarían en el césped del Allende y, al mencionarlo, reirían. Recordarían los atardeceres de los días del verano.

jueves, abril 07, 2011

Historias del cesped (IV)

Lo que aún recuerda, cuando está en su habitación, tendido en su cama, escuchando música, es el sonido de la cabeza de ella contra los buzones, y los susurros de miedo: temían que les viera algún vecino. Pero al fin y al cabo los vecinos eran personajes de otra película, y nada era más importante que ellos. Los vecinos dormían mientras ellos hacían el amor. En unos momentos él la aprisionó y ya no pudo más. Algo había salido mal y algo había salido bien.

martes, abril 05, 2011

Historias del cesped (III)

Una madrugada, después de haber sentido el troquel del césped húmedo del Allende en sus espaldas, después de haber mirado la luna en varias ocasiones, él la acompañó a casa. Me aburro, había dicho ella dándole un trago a la cerveza. Y se marcharon. Él bajó la cabeza, miró al suelo, y, mientras recorrían las calles hasta su casa, las baldosas le marearon. En el portal la arrinconó contra el panel de los buzones. No fue nada premeditado. El verano dulzón. Las risas que habían oído, lejanas. El ascensor, parado, como un monstruo al acecho. Chupó su cara, lamió sus labios. Posó sus garras en sus caderas, le rajó las bragas. Ella bajó la cremallera de su bragueta demasiado deprisa, como enfadada con el mundo, como si el mundo le debiera algo.

lunes, abril 04, 2011

Historias del cesped (II)

Eran una pareja. Todos decían que lo suyo iba en serio. De camino a casa les apetecía quedarse atrás, separarse de los demás. Los hay muy brutos, decía ella. Son mis colegas, contestaba él. Gritaban, reían, se empujaban. Andaban por las calles de Valleaguado, agazapados, y los coches de policía reducían la velocidad y los maderos, cuando les veían, sacaban el codo por la ventanilla. Durante un minuto el coche iba a su paso, en primera, y ellos caminaban más erguidos.

jueves, marzo 31, 2011

Historias del cesped

Empezaron a salir juntos después de aquellas noches en el césped del Allende, a la luz de las farolas de luz amarilla, mecidos por el ruido de los coches en la avenida de José Garate. Parecía que en las sombras alargadas de los setos se escondían demonios, que en los toboganes y columpios solitarios quedaba el rastro del último movimiento, la última sonrisa de los niños. Era verano y se veían nubes de mosquitos alrededor de las cagadas de los perros o del agua de las fuentes.

Había fines de semana que tocaba algún grupo en el anfiteatro de piedra. Algunas veces eran amigos, o conocidos, y siempre la música les parecía gloriosa.

Las litronas embutidas en bolsas de plástico, las palmeras de chocolate, los ganchitos con sabor a kétchup, las bolsas de pipas. Los corros. Los amigos. El móvil, que sonaba. Hablaban de todos los temas con una sabiduría de monjes tibetanos: a ellos nadie se la daría con queso. No creerían en nada para no ser engañados. Mirarían de reojo.

lunes, marzo 28, 2011

Deporte

Me hacen jugar de defensa. Aunque estoy confundido, yo sé que soy muy bueno y que debería ser delantero. Delantero centro y marcar goles. Correr la banda y celebrarlo. Sé celebrar los goles mejor que nadie. Lo he practicado. Lo veo en la tele.

El entrenador dice que todos somos importantes en el equipo, que todos tenemos nuestra función. No soy un chupón, entreno más que nadie, pero hace que juegue de defensa. ¿Defensa de cierre? Dice que la pelota puede pasar pero el contrario no. Que tengo que cargarme al contrario, que suelte leña.

Para eso estoy, para soltar leña. ¿Es esto vida?

sábado, marzo 26, 2011

Cambio de hora

Fui a la biblioteca. Vi a algunas estudiantes sentadas a las mesas y cómo levantaban la vista de los libros. Es completamente necesario que llegue la primavera, proclamo. (Una come una manzana, otra se sienta en las escaleras para hablar por teléfono y ya las ecuaciones no dan resultado ni los apuntes están claros).

Ya estamos llegando al tiempo en el que no apetecen los guisos y sí las ensaladas. Ya apetece un trago de agua. Abrir las ventanas. Ya acechan la manga corta y los escotes.

Ya los perritos cagan duro en las esquinas mientras sus dueñas se rascan impacientes la nuca. Brotan del asfalto figuras con chándal. Los niños ocupan posiciones frente a los columpios. Ya hay colas en las gasolineras para hinchar las ruedas de las bicicletas. Ya las mamás están en los parques, dispuestas a hablar en corro mientras comen pipas de girasol a velocidad supersónica. Ya las abuelas se sientan en los bancos y tratan de poner la espalda recta, de mirar al horizonte.

Llega la primavera. Aunque llueva.

jueves, marzo 24, 2011

He leído Las batallas en el desierto



He leído Las batallas en el desierto, una novelita de José Emilio Pacheco, y me he enamorado de Mariana, la mujer bella y madura, con los ojos del niño protagonista.
He experimentado el amor desmesurado que solo se siente en la infancia.

He descubierto la diferencia entre ricos y pobres con los ojos de un niño.

“Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?” Así comienza esta novelita deliciosa.

jueves, marzo 17, 2011

Japón y la tortuga

A veces me quedo embelesado mirando mi tortuga. Cómo come. Cómo se mueve. Cómo se baña en su pequeña pila. Es lo contrario de mirar la tele en estos días. Qué pensaría este animal, si pudiera pensar, sobre la hecatombe nuclear que parecer ser que se avecina.

Hay un movimiento slow muy de moda en ciertos lugares. Vivir lento, comer lento. Disfrutar lentamente de todo lo que se hace. Parece un descubrimiento importante. Hay libros, blogs y hasta películas sobre el movimiento slow. Los japoneses que vemos ahora en las pantallas parecen todos integrantes convencidos del movimiento slow. Bien, pues todo eso lo inventó el abuelo de mi tortuga. Solo hay que ver cómo mastica las hojas de lechuga mi tortuga. A los japoneses, que lo aguantan todo debajo de las mesas cuando el suelo tiembla, y que ahora más que nunca nos parecen verdaderamente admirables, les falla lo de las nucleares. (A nosotros también, y hasta tenemos a Aznar y a González a sueldo de grandes empresas eléctricas, para que nos convenzan, los muy sinvergüenzas). El abuelo de mi tortuga no habría permitido nunca que existiera la energía nuclear. Así habría sido feliz en Japón.

miércoles, marzo 16, 2011

He leído El pez volador



He leído El pez volador, una antología de cuentos de Hipólito G. Navarro, y salgo a la calle creyendo que todo puede suceder, que el aire tiene virutas, que el panadero que me vende el pan tiene una doble vida como súper héroe, que del cielo van a caer mujeres enamoradas, que cuando nieva suceden cosas importantes.

domingo, marzo 06, 2011

Rita

Parece un vodevil lo que arman en el patio, entre geranios y perejiles, esta perrita negra recién llegada que ayer todavía mamaba de las ubres de su madre, y el gato resabiado y bigotudo. Somos espectadores y llamamos a los demás, para que contemplen el espectáculo. La recién llegada corretea alrededor del cuenco lleno de pienso, y el micifuz gordo y con galones enseña las uñas y bufa desde lo alto de la pared, esperando que todo vuelva a ser como antes, cuando despreciaba cuanto la dueña le ofrecía y se marchaba por días enteros para casarse en los tejados con todas las que encontrara. (Por ahí, a la sombra de las ruedas de los tractores, han quedado camadas enteras que el padre no se digna visitar).

El gato llega al suelo y salta sobre el mismo lugar, una y otra vez. Enseña las uñas. Bufa. Se pone rígido, arquea el lomo. La perrita lo mira, parece sonreír, y lame la cazuela. Esta perrita lustrosa, con el pelo brillante y cara de calendario, que menea el rabo cuando nos siente cerca, nunca conocerá un día nublado. Todo en su vida será perfecto; la vida le sonreirá, con los debidos cuidados. Está escrito en la cartilla que le ha dado el veterinario esta mañana.

De pronto el gatazo lanza su pata delantera hacia ella y la perrita gime, ladra, llora, porque la garra del minino gordo y melifluo se ha llevado por delante uno de sus ojitos lustrosos, que está ahí, en el suelo encementado, entre geranios y perejiles.

La perrita queda tuerta y el gato se marcha por los tejados.

miércoles, marzo 02, 2011

Cebollas

El anciano se para, azadón al hombro. Lo deja en el suelo, saca un paquete de ducados, resopla, mira hacia el final de la calle, enciende un cigarrillo. Que no me vea fumar la Berta, resopla. Después de unas caladas pregunta: Qué tal por Madrid, salao? Mucho coche, contesto, y sé que le apetece hablar.

Dice que ha plantado mil trescientas cebollas. Para toda la familia, hasta para los tres biznietos. Le han ayudado a plantarlas dos de sus hijos. Se desriñonan, los jóvenes se desriñonan. Voy y vengo. Está uno medio malo, pero yo si salgo de casa no es para pasear. Que pasee la Berta. Yo tengo que sacar algo en claro. Plantar algo en la huerta, partir leña, recoger los huevos de las gallinas.

Dinero no tengo, pero memoria, ay, memoria tengo mucha. El cementerio nuevo lo inauguraron el año 89, y desde ese año tengo yo un cuaderno en el que apunto a los que se van. A todos. En esta calle éramos muchos: Antonio, el otro Antonio, Pedro… ya quedamos pocos para celebrar los cumpleaños con un café y una pasta flora. Si alguien tiene alguna duda de fechas, mándamelo, que abro el cuaderno, que yo soy el notario de los muertos.

Me gustaría tener una grabadora a mano cuando este hombre se pone a hablar y cuenta y cuenta, mientras mira al final de la calle, por si se asoma a la puerta Berta. Habla este hombre alzando y bajando la voz, en plan épico.

He hecho de todo. He pasado hambre, pero no más que otros que tenían más obradas y una yunta. Se igualaron las cosas hace tiempo. Ahora vamos todos a misa y nos sentamos todos en el mismo banco. He sido labrador, mayormente. Pero también he capado cochinos, he ido a las ferias a comprar y vender mulas, he sido cartero. Y fui el portero del baile, porque este pueblo tuvo baile, aquí donde lo ves, y yo cobraba las entradas. Más de una pareja la he arreglado yo, en la puerta. Cuánto cuchicheo. A mí me utilizaban de celestino, y no es una ignominia decirlo.

Asoma Berta a lo lejos y se va el juglar, calle adelante. Recuerdos a los madriles, salao, dice.

miércoles, febrero 23, 2011

Amusgar

Como todos los días hay que aprender algo nuevo, hoy he sabido que amusgar es entrecerrar los ojos para ver mejor. Amusgar es lo que yo hago, que soy miope y sufro la maldita presbicia. Amusgaba también Marilyn Monroe en sus películas, y en amusgar, como en otras cosas, era una reina. Amusgar es lo que hacemos todos en estos tiempos, por si vemos algo claro.

sábado, febrero 12, 2011

Cuatrocuentos



La revista de literatura Cuatrocuentos ha publicado en su número de febrero Galería de personajes, un cuento mío que formó parte de Zeppelín, mi primer libro de relatos.

Galería de personajes está en compañía de cuentos de Hipólito G. Navarro, Pilar Adón e Iban Zaldua. Este número de febrero está editado por Javier Sáez de Ibarra.

http://cuatrocuentos.wordpress.com/

viernes, febrero 11, 2011

Cartero

Señores usuarios de Correos del Polígono Industrial adyacente al Centro de Transportes:

Soy Eulogio Marín Pesa. La presente es para comunicarles lo que ya saben: que soy cartero y reparto cartas en el mencionado polígono industrial en el que también ustedes trabajan. Ya me conocen. Reparto cartas en primavera, en verano, en otoño y en invierno; las reparto todo el año excepto el mes de agosto, que disfruto de mis vacaciones.

Ustedes saben que el frío y la lluvia son malos para un cartero, todo el día encima de la moto, todo el día a la intemperie. Hay ocasiones en las que el personal de recepción de sus empresas me ofrece un cafelito en taza de plástico, y yo lo agradezco, aterido y mustio, o que los jurados de las barreras me permiten que me arrime a la estufa de la garita, pero, a pesar de todo, yo prefiero el frío y la lluvia del invierno más crudo al calor del mes de julio en Madrid. El calor de julio en Madrid es simplemente aterrador. Para mí es lo peor que hay, se lo advierto a ustedes.

Se suda mucho dentro de la camisa amarilla, con el casco en la cabeza, con la cornamusa en el pecho, con la PDA colgando, repartiendo cartas entre el humo de los camiones, y aguantando el calor del asfalto en la suela de las botas, porque, eso sí, si repartes en moto, el casco y las botas son obligatorias para una mayor seguridad. Señores, ¿qué me dicen ustedes del casco? En julio parece uno un pollito escaldado. O lamido por una vaca. Se quita el cartero el casco e inmediatamente sienten ustedes sed.

Pero sin ninguna duda lo peor de repartir cartas en Madrid en el mes de julio es que se te escuecen los sobacos. Por más que se refresque uno, por más que use uno un buen desodorante —hasta crema hidratante para bebés me he puesto en ellos—, no hay manera: el sudor hace que raspen, escuezan, que se pongan en carne viva. Al final, señores, al transcurrir de las jornadas, con tal de evitar el frotamiento, se te ahuecan los brazos y adoptan forma de arco tensado; se suben unos centímetros los hombros, notas la rigidez del cuello.

Caminas y la camisa amarilla de Correos sobre tu piel parece esparto, adherida como el sello al sobre. De vez en cuando das un golpe de caderas con tal de evitar que la tela se pegue a la piel, pero lo único que consigues es aparentar que eres un matón de discoteca, un mastuerzo de playa, un animal de gimnasio.

Así que ya lo saben ustedes: pronto llegará el verano. Si ven a un cartero que lleva los brazos separados del torso y que intenta aparentar que es Bruce Lee, o Charles Bronson, no se rían de él ni de su aspecto. Compadézcanme, compadézcanme, que soy yo, Eulogio, el de siempre, que no quepo por las puertas.

Firmado.
Eulogio Marín Pesa.
Trabajador de Correos.

miércoles, enero 19, 2011

Estática



Me cago en los triglicéridos. A mi edad y así… ¿Y el colesterol? Me cago en el colesterol. Ahora resulta que hay colesterol bueno y colesterol malo. Como los policías: policía bueno, policía malo. Ciento veinte pulsaciones, y subiendo. A dieta. Sin sal. Nada de alcohol. Y tengo que cambiarle el aceite al coche. Llené el depósito ayer. No se llena con sesenta euros, el cabrón. Enchufas la manguera y te puedes dormir. Es que no da, el sueldo no da. Ciento treinta pulsaciones, y subiendo. Cómo sudo. ¿Y mi jefe? ¿Y el trabajo? Mejor escucho música. Mejor miro al frente, por la ventana. Pedaleo. Ciento cuarenta pulsaciones. Se me pega la camiseta. Me escuece la entrepierna. Sudo.

sábado, enero 15, 2011

Septiembre



Eran los últimos días del verano. No había llovido, ni llovería en los próximos días. Íbamos andando desde el pueblo, desde el Camino del Pozo, allá en los arrabales, por caminos polvorientos, y yo me cansaba pronto porque era un niño. A ratos me llevaba en brazos mi abuela, una mujer pequeñita y con un nervio de apretar los dientes. Se quedaba atrás, nos quedábamos atrás, y mirábamos a los demás alejarse en dirección al cortijo porque se ensimismaba. Para ella todo era maravilloso. Ahora sé que las distancias no son tan grandes, pero entonces me parecían enormes. Yo veía a los demás perderse en el camino y me impacientaba. Ella paraba y recogía una piedra del camino para admirarla, se detenía frente a las esparragueras medio secas y con la palma de la mano acariciaba aquellas matas que a cualquiera le hubieran pinchado, me agarraba la mano y continuábamos.

Al final del camino siempre estaba la casita pequeña que ahora tanto añoro, con su umbral de cantería y su parra en la fachada. Dentro todo era oscuridad y frescor, y olía a hierba mojada. El suelo era de tierra, con unos camastros para resguardarse o dormir allí si llovía. Unos basares colgaban de las paredes, cerca de la chimenea negra que hacía tiempo que ya no se usaba. Detrás de la casa estaban las zahúrdas, con jaramagos y chumberas apoyadas en sus paredes de piedra, derruidas y cubiertas de musgo. Sigo soñando con aquella casita pequeña y pobre, en lo alto de una loma. En mi mente no hay monumento más grande a mi infancia que aquella casa.

Mientras los mayores colocaban los trastos y mis primos bromeaban y reían, peleándose entre ellos, yo escapaba y hundía mis pies en aquella tierra oscura y blanda, polvorienta y aterronada. Llegaba hasta la era y, desde allí, desde aquella llanura, lo abarcaba todo con mi mirada. Todo podía explorarlo excepto el pozo, al que no debía acercarme. Era un pozo oscuro, fabuloso, capaz de engullir a una burra en cierta ocasión mítica y renombrada, con ranas en su orilla, con el zumbido de nubes de insectos en sus inmediaciones. Si hubiera intentado acercarme al terreno prohibido, mi abuela habría corrido hacia mí sin dejar de gritar. Sin verla, sentía su mirada.

Me acercaba a las higueras y sentía el frescor fragante de su sombra. Veía los olivos frondosos en un extremo de la finca. Y allí estaban los almendros, uno tras otro, esperándonos, con su fruto ya a medio abrir, ofreciéndolo.

Luego comenzaba el trabajo. Mis primos se encaramaban a los árboles y recogían las almendras de las copas, de las ramas más altas. Los demás las recogíamos al ordeño, una a una, y las echábamos a los cubos, a los sacos, a las mantas extendidas en el suelo. Mi abuela escamondaba el fruto de las hojas con una rapidez asombrosa y vareaba algunas ramas a las que nadie llegaba. A ratos se trabajaba en silencio, a ratos gritaban y reían. A mí me tenían allí, recogiendo almendras del suelo, pero al rato se olvidaban de mi presencia y podía ir a los muros de la zahúrda a buscar lagartijas, y volver luego a la casa y sentarme en el umbral, a la sombra.

A media mañana volvían todos y mi abuela sacaba un bolso de cuadros lleno de comida. Mis primos discutían y voceaban. Los mayores hablaban de cómo se presentaba el año. Siempre se quejaban, nunca se presentaba bien. El aperador que alguien conocía había dicho que venían tiempos malos. Todo estaba cambiando, decían. Ahora, cuarenta años después, sé que no sospechaban cuanto. Mi tío y mi padre bebían vino de un vaso de aluminio y se limpiaban los hocicos con las mangas. Todo sabía a ajo y perejil, a orégano, y a aceite de oliva. Queso, chorizo, filetes empanados, tomates con sal. Comíamos a dentelladas. La abuela estaba pendiente de todo y, si me descuidaba, me hacía una caricia. El mayor de mis primos se levantaba con la boca llena, nos daba un pescozón a los demás, se marchaba andando como un oso, y se acomodaba en la horquilla de una higuera. Se ponía a leer un tebeo del Capitán Trueno, allí, entre el sol y la sombra. Me gustaba verle allí, leyendo, a lo lejos, mientras terminábamos de comer, como si estuviera enfadado. Mi padre y mi tío descansaban un rato, fumando, silenciosos. Yo pensaba en lo que quedaba de jornada, en que al anochecer volveríamos al pueblo, cansados. Pensaba en que mi madre se escandalizaría en cuanto me viera. Este niño viene hecho un Adán, diría, a este niño lo meto en la bañera ahora mismo. Este niño trae almendras hasta en los calzoncillos.