jueves, mayo 26, 2011

Pepinos españoles

"Pepinos españoles provocan una infección mortal en Alemania”, leo en varios periódicos. Y pienso, (por un momento, solo por un momento) que al final siempre se hace justicia.

miércoles, mayo 25, 2011

Primavera

El olor pegajoso de los pólenes y las flores, el primer calor fuerte de la primavera, la luz extraordinaria de esta hora del mediodía provoca las ganas de llegar a casa, de preparar la comida, de comer, de descansar en el sofá con el sopor de las noticias. (Todo sigue igual, si acaso todo empeora).

Luego, con el café de la tarde, veremos folletos multicolores, libros gordos con ofertas de todo incluido, y pensaremos en las vacaciones, esas que nos prometimos para cuando acabara la hipoteca.

domingo, abril 24, 2011

Pueblo

Todos los caminos tienen su final. Todas las cunetas están verdes. Todas las siembras están fuertes. Todos los charcos están limpios. El aire huele a humedad. El cielo está oscuro.

Nos saca a pasear la perra. Está como loca de alegría. Corre y salta. Se aleja y luego vuelve, vuelve con un correr perfecto, sincronizado, con las orejas al viento. Este cachorrillo se para frente a nosotros y nos mira. Te da a elegir: O le acaricias o se restriega contra tus piernas.

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La señora tiene casi cien años. Llueve. Está con su hija, acurrucadas las dos, asomadas a la ventana, mientras ven llover. Pasamos corriendo, pisando charcos, pero hay que parar y saludarlas. Le preguntan cómo está y ella contesta que cada vez más arrugada. Es que la tierra me llama, dice.

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A las tantas de la madrugada, en una bodega, con el estómago lleno de sopas de ajo y del primer vino cosechero del año, vino peleón y amansador de fieras, me entero de que la ginebra es uno de los mejores limpiadores de gafas que existen. Me las piden, las cedo (con un poco de miedo), las embadurnan con ginebra, las yemas de unos dedos las limpian con una servilleta. Efectivamente, al ponérmelas noto que lo que veo es más nítido, casi perfecto, que no hay bruma.

martes, abril 12, 2011

Historias del cesped (y VII)

Su hermano esperaba los fines de semana para abrevar en cualquier barra de metacrilato con la ayuda de pastillas de colores. Su padre, camionero, a veces se preguntaba por qué tantos clubs de carretera se llamaban Oasis. Su madre tenía los armarios de la cocina atestados de decenas de tarros ordenados y cerrados herméticamente, algunos con alimentos exóticos, pero siempre comían lo mismo, una y otra vez, legumbres y legumbres.

Todo eso se lo dijo a ella en el césped del Allende, mientras la abrazaba y sentía cómo una piedrecita se le clavaba en los riñones. Intentó rozarle los pechos pero le fue imposible. Por lo visto, las batallas debían comenzar siempre por el principio y no había pasos intermedios.

En los corros corrían las litronas. Les ofrecieron patatas fritas y pipas de girasol. No le hacía gracia el perrillo que ladraba al ritmo de la guitarra. Las conversaciones de los demás eran insulsas, y las bromas le resultaban de una reiteración tal que si se descuidaba le levantarían dolor de cabeza. Quería, además de acariciarla y sentir su olor fresco, oírle una palabra de ánimo, sentirse acompañado en su decisión de abandonar los estudios.

Ella, sin embargo, le dijo que era un aburrido. Se lo dijo como una constatación de la realidad. Se zafó de sus brazos y se puso boca arriba, mirando el cielo, por si salían las estrellas. Él miró su cuello tenso y sus párpados ahora cerrados. Abriría los ojos y querría que el mundo la sorprendiera. Le preguntó si quería marcharse. ¿Nos vamos? Ella dijo que no, que le gustaba cómo tocaba el tío de la guitarra.

Emprendió el camino a casa. Pisó el césped nuevamente. Miró la acera, tan larga. Pegó una patada al retrovisor de un coche. Luego a otro. Dejó un rastro de coches mutilados y, con la destrucción, se sintió mejor.

sábado, abril 09, 2011

Historias del cesped (VI)

Cuando firmó el contrato en la ETT y se fijó en el prorrateo de las pagas extras, en que le descontarían el precio de las botas de trabajo del primer sueldo aquello ya no le pareció el paraiso en la tierra. Hizo cuentas y resultó que los descansos de veinte minutos en la descarga de camiones no contaban como tiempo de trabajo efectivo. Decididamente, aquello ya no le pareció la consecución de un sueño. Se vio a sí mismo claudicando ante un enemigo. Un enemigo invisible, poderoso y con paciencia infinita, que le absorbería la rabia y estaría siempre a sus espaldas con una calculadora.

Al mediodía, ante un plato de legumbres, su hermano le animó a comer mucho para estar fuerte y poder descargar camiones a destajo. Su padre golpeó el plato con el cuchillo como si quisiera matar un oso, (una lenteja se pegó a la piel de una naranja, otras salieron volando a posarse en la pantalla del televisor). Su madre lloriqueó y le repitió de nuevo que cometía un error al abandonar los estudios.

A última hora de la tarde hizo una llamada perdida y a los pocos minutos recibió otra en la que ella le preguntaba cómo le había ido y le decía que le esperaba en el césped, con todos los demás. Alguien tenía una guitarra y sonaba muy bien. Por lo visto un perrito bailaba al son de la música. Qué gracioso.

viernes, abril 08, 2011

Historias del cesped (V)

Era verano y él había decidido que no acudiría más al instituto. Había algunos que se fumaban los porros con ansia, para que brillaran sus ojos y se les pasaran las ganas de llorar. Conocía a otros que ingresaban en el paraíso a través de las porterías de futbito, celebrando el gol en la red. Los había que buscaban como podencos cadenas de las que liberarse y solo veían al bedel, que les rogaba que no gritaran en el vestíbulo. Él era ya otro. Él trabajaría en el Mercadona, haría turnos, y llegaría a casa cansado de trajinar con el pescado o con la fruta. Dormiría bien. Conocería las ofertas, saludaría al encargado, puliría el suelo. Se reiría de todo. Tendría dinero para ir con ella al paraíso, confiaba en que el camino le fuera mostrado. Los dos pensarían en el césped del Allende y, al mencionarlo, reirían. Recordarían los atardeceres de los días del verano.

jueves, abril 07, 2011

Historias del cesped (IV)

Lo que aún recuerda, cuando está en su habitación, tendido en su cama, escuchando música, es el sonido de la cabeza de ella contra los buzones, y los susurros de miedo: temían que les viera algún vecino. Pero al fin y al cabo los vecinos eran personajes de otra película, y nada era más importante que ellos. Los vecinos dormían mientras ellos hacían el amor. En unos momentos él la aprisionó y ya no pudo más. Algo había salido mal y algo había salido bien.

martes, abril 05, 2011

Historias del cesped (III)

Una madrugada, después de haber sentido el troquel del césped húmedo del Allende en sus espaldas, después de haber mirado la luna en varias ocasiones, él la acompañó a casa. Me aburro, había dicho ella dándole un trago a la cerveza. Y se marcharon. Él bajó la cabeza, miró al suelo, y, mientras recorrían las calles hasta su casa, las baldosas le marearon. En el portal la arrinconó contra el panel de los buzones. No fue nada premeditado. El verano dulzón. Las risas que habían oído, lejanas. El ascensor, parado, como un monstruo al acecho. Chupó su cara, lamió sus labios. Posó sus garras en sus caderas, le rajó las bragas. Ella bajó la cremallera de su bragueta demasiado deprisa, como enfadada con el mundo, como si el mundo le debiera algo.

lunes, abril 04, 2011

Historias del cesped (II)

Eran una pareja. Todos decían que lo suyo iba en serio. De camino a casa les apetecía quedarse atrás, separarse de los demás. Los hay muy brutos, decía ella. Son mis colegas, contestaba él. Gritaban, reían, se empujaban. Andaban por las calles de Valleaguado, agazapados, y los coches de policía reducían la velocidad y los maderos, cuando les veían, sacaban el codo por la ventanilla. Durante un minuto el coche iba a su paso, en primera, y ellos caminaban más erguidos.

jueves, marzo 31, 2011

Historias del cesped

Empezaron a salir juntos después de aquellas noches en el césped del Allende, a la luz de las farolas de luz amarilla, mecidos por el ruido de los coches en la avenida de José Garate. Parecía que en las sombras alargadas de los setos se escondían demonios, que en los toboganes y columpios solitarios quedaba el rastro del último movimiento, la última sonrisa de los niños. Era verano y se veían nubes de mosquitos alrededor de las cagadas de los perros o del agua de las fuentes.

Había fines de semana que tocaba algún grupo en el anfiteatro de piedra. Algunas veces eran amigos, o conocidos, y siempre la música les parecía gloriosa.

Las litronas embutidas en bolsas de plástico, las palmeras de chocolate, los ganchitos con sabor a kétchup, las bolsas de pipas. Los corros. Los amigos. El móvil, que sonaba. Hablaban de todos los temas con una sabiduría de monjes tibetanos: a ellos nadie se la daría con queso. No creerían en nada para no ser engañados. Mirarían de reojo.

lunes, marzo 28, 2011

Deporte

Me hacen jugar de defensa. Aunque estoy confundido, yo sé que soy muy bueno y que debería ser delantero. Delantero centro y marcar goles. Correr la banda y celebrarlo. Sé celebrar los goles mejor que nadie. Lo he practicado. Lo veo en la tele.

El entrenador dice que todos somos importantes en el equipo, que todos tenemos nuestra función. No soy un chupón, entreno más que nadie, pero hace que juegue de defensa. ¿Defensa de cierre? Dice que la pelota puede pasar pero el contrario no. Que tengo que cargarme al contrario, que suelte leña.

Para eso estoy, para soltar leña. ¿Es esto vida?

sábado, marzo 26, 2011

Cambio de hora

Fui a la biblioteca. Vi a algunas estudiantes sentadas a las mesas y cómo levantaban la vista de los libros. Es completamente necesario que llegue la primavera, proclamo. (Una come una manzana, otra se sienta en las escaleras para hablar por teléfono y ya las ecuaciones no dan resultado ni los apuntes están claros).

Ya estamos llegando al tiempo en el que no apetecen los guisos y sí las ensaladas. Ya apetece un trago de agua. Abrir las ventanas. Ya acechan la manga corta y los escotes.

Ya los perritos cagan duro en las esquinas mientras sus dueñas se rascan impacientes la nuca. Brotan del asfalto figuras con chándal. Los niños ocupan posiciones frente a los columpios. Ya hay colas en las gasolineras para hinchar las ruedas de las bicicletas. Ya las mamás están en los parques, dispuestas a hablar en corro mientras comen pipas de girasol a velocidad supersónica. Ya las abuelas se sientan en los bancos y tratan de poner la espalda recta, de mirar al horizonte.

Llega la primavera. Aunque llueva.

jueves, marzo 24, 2011

He leído Las batallas en el desierto



He leído Las batallas en el desierto, una novelita de José Emilio Pacheco, y me he enamorado de Mariana, la mujer bella y madura, con los ojos del niño protagonista.
He experimentado el amor desmesurado que solo se siente en la infancia.

He descubierto la diferencia entre ricos y pobres con los ojos de un niño.

“Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?” Así comienza esta novelita deliciosa.

jueves, marzo 17, 2011

Japón y la tortuga

A veces me quedo embelesado mirando mi tortuga. Cómo come. Cómo se mueve. Cómo se baña en su pequeña pila. Es lo contrario de mirar la tele en estos días. Qué pensaría este animal, si pudiera pensar, sobre la hecatombe nuclear que parecer ser que se avecina.

Hay un movimiento slow muy de moda en ciertos lugares. Vivir lento, comer lento. Disfrutar lentamente de todo lo que se hace. Parece un descubrimiento importante. Hay libros, blogs y hasta películas sobre el movimiento slow. Los japoneses que vemos ahora en las pantallas parecen todos integrantes convencidos del movimiento slow. Bien, pues todo eso lo inventó el abuelo de mi tortuga. Solo hay que ver cómo mastica las hojas de lechuga mi tortuga. A los japoneses, que lo aguantan todo debajo de las mesas cuando el suelo tiembla, y que ahora más que nunca nos parecen verdaderamente admirables, les falla lo de las nucleares. (A nosotros también, y hasta tenemos a Aznar y a González a sueldo de grandes empresas eléctricas, para que nos convenzan, los muy sinvergüenzas). El abuelo de mi tortuga no habría permitido nunca que existiera la energía nuclear. Así habría sido feliz en Japón.

miércoles, marzo 16, 2011

He leído El pez volador



He leído El pez volador, una antología de cuentos de Hipólito G. Navarro, y salgo a la calle creyendo que todo puede suceder, que el aire tiene virutas, que el panadero que me vende el pan tiene una doble vida como súper héroe, que del cielo van a caer mujeres enamoradas, que cuando nieva suceden cosas importantes.

domingo, marzo 06, 2011

Rita

Parece un vodevil lo que arman en el patio, entre geranios y perejiles, esta perrita negra recién llegada que ayer todavía mamaba de las ubres de su madre, y el gato resabiado y bigotudo. Somos espectadores y llamamos a los demás, para que contemplen el espectáculo. La recién llegada corretea alrededor del cuenco lleno de pienso, y el micifuz gordo y con galones enseña las uñas y bufa desde lo alto de la pared, esperando que todo vuelva a ser como antes, cuando despreciaba cuanto la dueña le ofrecía y se marchaba por días enteros para casarse en los tejados con todas las que encontrara. (Por ahí, a la sombra de las ruedas de los tractores, han quedado camadas enteras que el padre no se digna visitar).

El gato llega al suelo y salta sobre el mismo lugar, una y otra vez. Enseña las uñas. Bufa. Se pone rígido, arquea el lomo. La perrita lo mira, parece sonreír, y lame la cazuela. Esta perrita lustrosa, con el pelo brillante y cara de calendario, que menea el rabo cuando nos siente cerca, nunca conocerá un día nublado. Todo en su vida será perfecto; la vida le sonreirá, con los debidos cuidados. Está escrito en la cartilla que le ha dado el veterinario esta mañana.

De pronto el gatazo lanza su pata delantera hacia ella y la perrita gime, ladra, llora, porque la garra del minino gordo y melifluo se ha llevado por delante uno de sus ojitos lustrosos, que está ahí, en el suelo encementado, entre geranios y perejiles.

La perrita queda tuerta y el gato se marcha por los tejados.

miércoles, marzo 02, 2011

Cebollas

El anciano se para, azadón al hombro. Lo deja en el suelo, saca un paquete de ducados, resopla, mira hacia el final de la calle, enciende un cigarrillo. Que no me vea fumar la Berta, resopla. Después de unas caladas pregunta: Qué tal por Madrid, salao? Mucho coche, contesto, y sé que le apetece hablar.

Dice que ha plantado mil trescientas cebollas. Para toda la familia, hasta para los tres biznietos. Le han ayudado a plantarlas dos de sus hijos. Se desriñonan, los jóvenes se desriñonan. Voy y vengo. Está uno medio malo, pero yo si salgo de casa no es para pasear. Que pasee la Berta. Yo tengo que sacar algo en claro. Plantar algo en la huerta, partir leña, recoger los huevos de las gallinas.

Dinero no tengo, pero memoria, ay, memoria tengo mucha. El cementerio nuevo lo inauguraron el año 89, y desde ese año tengo yo un cuaderno en el que apunto a los que se van. A todos. En esta calle éramos muchos: Antonio, el otro Antonio, Pedro… ya quedamos pocos para celebrar los cumpleaños con un café y una pasta flora. Si alguien tiene alguna duda de fechas, mándamelo, que abro el cuaderno, que yo soy el notario de los muertos.

Me gustaría tener una grabadora a mano cuando este hombre se pone a hablar y cuenta y cuenta, mientras mira al final de la calle, por si se asoma a la puerta Berta. Habla este hombre alzando y bajando la voz, en plan épico.

He hecho de todo. He pasado hambre, pero no más que otros que tenían más obradas y una yunta. Se igualaron las cosas hace tiempo. Ahora vamos todos a misa y nos sentamos todos en el mismo banco. He sido labrador, mayormente. Pero también he capado cochinos, he ido a las ferias a comprar y vender mulas, he sido cartero. Y fui el portero del baile, porque este pueblo tuvo baile, aquí donde lo ves, y yo cobraba las entradas. Más de una pareja la he arreglado yo, en la puerta. Cuánto cuchicheo. A mí me utilizaban de celestino, y no es una ignominia decirlo.

Asoma Berta a lo lejos y se va el juglar, calle adelante. Recuerdos a los madriles, salao, dice.

miércoles, febrero 23, 2011

Amusgar

Como todos los días hay que aprender algo nuevo, hoy he sabido que amusgar es entrecerrar los ojos para ver mejor. Amusgar es lo que yo hago, que soy miope y sufro la maldita presbicia. Amusgaba también Marilyn Monroe en sus películas, y en amusgar, como en otras cosas, era una reina. Amusgar es lo que hacemos todos en estos tiempos, por si vemos algo claro.

sábado, febrero 12, 2011

Cuatrocuentos



La revista de literatura Cuatrocuentos ha publicado en su número de febrero Galería de personajes, un cuento mío que formó parte de Zeppelín, mi primer libro de relatos.

Galería de personajes está en compañía de cuentos de Hipólito G. Navarro, Pilar Adón e Iban Zaldua. Este número de febrero está editado por Javier Sáez de Ibarra.

http://cuatrocuentos.wordpress.com/

viernes, febrero 11, 2011

Cartero

Señores usuarios de Correos del Polígono Industrial adyacente al Centro de Transportes:

Soy Eulogio Marín Pesa. La presente es para comunicarles lo que ya saben: que soy cartero y reparto cartas en el mencionado polígono industrial en el que también ustedes trabajan. Ya me conocen. Reparto cartas en primavera, en verano, en otoño y en invierno; las reparto todo el año excepto el mes de agosto, que disfruto de mis vacaciones.

Ustedes saben que el frío y la lluvia son malos para un cartero, todo el día encima de la moto, todo el día a la intemperie. Hay ocasiones en las que el personal de recepción de sus empresas me ofrece un cafelito en taza de plástico, y yo lo agradezco, aterido y mustio, o que los jurados de las barreras me permiten que me arrime a la estufa de la garita, pero, a pesar de todo, yo prefiero el frío y la lluvia del invierno más crudo al calor del mes de julio en Madrid. El calor de julio en Madrid es simplemente aterrador. Para mí es lo peor que hay, se lo advierto a ustedes.

Se suda mucho dentro de la camisa amarilla, con el casco en la cabeza, con la cornamusa en el pecho, con la PDA colgando, repartiendo cartas entre el humo de los camiones, y aguantando el calor del asfalto en la suela de las botas, porque, eso sí, si repartes en moto, el casco y las botas son obligatorias para una mayor seguridad. Señores, ¿qué me dicen ustedes del casco? En julio parece uno un pollito escaldado. O lamido por una vaca. Se quita el cartero el casco e inmediatamente sienten ustedes sed.

Pero sin ninguna duda lo peor de repartir cartas en Madrid en el mes de julio es que se te escuecen los sobacos. Por más que se refresque uno, por más que use uno un buen desodorante —hasta crema hidratante para bebés me he puesto en ellos—, no hay manera: el sudor hace que raspen, escuezan, que se pongan en carne viva. Al final, señores, al transcurrir de las jornadas, con tal de evitar el frotamiento, se te ahuecan los brazos y adoptan forma de arco tensado; se suben unos centímetros los hombros, notas la rigidez del cuello.

Caminas y la camisa amarilla de Correos sobre tu piel parece esparto, adherida como el sello al sobre. De vez en cuando das un golpe de caderas con tal de evitar que la tela se pegue a la piel, pero lo único que consigues es aparentar que eres un matón de discoteca, un mastuerzo de playa, un animal de gimnasio.

Así que ya lo saben ustedes: pronto llegará el verano. Si ven a un cartero que lleva los brazos separados del torso y que intenta aparentar que es Bruce Lee, o Charles Bronson, no se rían de él ni de su aspecto. Compadézcanme, compadézcanme, que soy yo, Eulogio, el de siempre, que no quepo por las puertas.

Firmado.
Eulogio Marín Pesa.
Trabajador de Correos.

miércoles, enero 19, 2011

Estática



Me cago en los triglicéridos. A mi edad y así… ¿Y el colesterol? Me cago en el colesterol. Ahora resulta que hay colesterol bueno y colesterol malo. Como los policías: policía bueno, policía malo. Ciento veinte pulsaciones, y subiendo. A dieta. Sin sal. Nada de alcohol. Y tengo que cambiarle el aceite al coche. Llené el depósito ayer. No se llena con sesenta euros, el cabrón. Enchufas la manguera y te puedes dormir. Es que no da, el sueldo no da. Ciento treinta pulsaciones, y subiendo. Cómo sudo. ¿Y mi jefe? ¿Y el trabajo? Mejor escucho música. Mejor miro al frente, por la ventana. Pedaleo. Ciento cuarenta pulsaciones. Se me pega la camiseta. Me escuece la entrepierna. Sudo.

sábado, enero 15, 2011

Septiembre



Eran los últimos días del verano. No había llovido, ni llovería en los próximos días. Íbamos andando desde el pueblo, desde el Camino del Pozo, allá en los arrabales, por caminos polvorientos, y yo me cansaba pronto porque era un niño. A ratos me llevaba en brazos mi abuela, una mujer pequeñita y con un nervio de apretar los dientes. Se quedaba atrás, nos quedábamos atrás, y mirábamos a los demás alejarse en dirección al cortijo porque se ensimismaba. Para ella todo era maravilloso. Ahora sé que las distancias no son tan grandes, pero entonces me parecían enormes. Yo veía a los demás perderse en el camino y me impacientaba. Ella paraba y recogía una piedra del camino para admirarla, se detenía frente a las esparragueras medio secas y con la palma de la mano acariciaba aquellas matas que a cualquiera le hubieran pinchado, me agarraba la mano y continuábamos.

Al final del camino siempre estaba la casita pequeña que ahora tanto añoro, con su umbral de cantería y su parra en la fachada. Dentro todo era oscuridad y frescor, y olía a hierba mojada. El suelo era de tierra, con unos camastros para resguardarse o dormir allí si llovía. Unos basares colgaban de las paredes, cerca de la chimenea negra que hacía tiempo que ya no se usaba. Detrás de la casa estaban las zahúrdas, con jaramagos y chumberas apoyadas en sus paredes de piedra, derruidas y cubiertas de musgo. Sigo soñando con aquella casita pequeña y pobre, en lo alto de una loma. En mi mente no hay monumento más grande a mi infancia que aquella casa.

Mientras los mayores colocaban los trastos y mis primos bromeaban y reían, peleándose entre ellos, yo escapaba y hundía mis pies en aquella tierra oscura y blanda, polvorienta y aterronada. Llegaba hasta la era y, desde allí, desde aquella llanura, lo abarcaba todo con mi mirada. Todo podía explorarlo excepto el pozo, al que no debía acercarme. Era un pozo oscuro, fabuloso, capaz de engullir a una burra en cierta ocasión mítica y renombrada, con ranas en su orilla, con el zumbido de nubes de insectos en sus inmediaciones. Si hubiera intentado acercarme al terreno prohibido, mi abuela habría corrido hacia mí sin dejar de gritar. Sin verla, sentía su mirada.

Me acercaba a las higueras y sentía el frescor fragante de su sombra. Veía los olivos frondosos en un extremo de la finca. Y allí estaban los almendros, uno tras otro, esperándonos, con su fruto ya a medio abrir, ofreciéndolo.

Luego comenzaba el trabajo. Mis primos se encaramaban a los árboles y recogían las almendras de las copas, de las ramas más altas. Los demás las recogíamos al ordeño, una a una, y las echábamos a los cubos, a los sacos, a las mantas extendidas en el suelo. Mi abuela escamondaba el fruto de las hojas con una rapidez asombrosa y vareaba algunas ramas a las que nadie llegaba. A ratos se trabajaba en silencio, a ratos gritaban y reían. A mí me tenían allí, recogiendo almendras del suelo, pero al rato se olvidaban de mi presencia y podía ir a los muros de la zahúrda a buscar lagartijas, y volver luego a la casa y sentarme en el umbral, a la sombra.

A media mañana volvían todos y mi abuela sacaba un bolso de cuadros lleno de comida. Mis primos discutían y voceaban. Los mayores hablaban de cómo se presentaba el año. Siempre se quejaban, nunca se presentaba bien. El aperador que alguien conocía había dicho que venían tiempos malos. Todo estaba cambiando, decían. Ahora, cuarenta años después, sé que no sospechaban cuanto. Mi tío y mi padre bebían vino de un vaso de aluminio y se limpiaban los hocicos con las mangas. Todo sabía a ajo y perejil, a orégano, y a aceite de oliva. Queso, chorizo, filetes empanados, tomates con sal. Comíamos a dentelladas. La abuela estaba pendiente de todo y, si me descuidaba, me hacía una caricia. El mayor de mis primos se levantaba con la boca llena, nos daba un pescozón a los demás, se marchaba andando como un oso, y se acomodaba en la horquilla de una higuera. Se ponía a leer un tebeo del Capitán Trueno, allí, entre el sol y la sombra. Me gustaba verle allí, leyendo, a lo lejos, mientras terminábamos de comer, como si estuviera enfadado. Mi padre y mi tío descansaban un rato, fumando, silenciosos. Yo pensaba en lo que quedaba de jornada, en que al anochecer volveríamos al pueblo, cansados. Pensaba en que mi madre se escandalizaría en cuanto me viera. Este niño viene hecho un Adán, diría, a este niño lo meto en la bañera ahora mismo. Este niño trae almendras hasta en los calzoncillos.

domingo, enero 09, 2011

Año Nuevo

En esta tarde de domingo fútil y lluviosa preparo un cocido. Un cocido denso y contundente para alimentarnos mañana, cuando volvamos definitivamente a la rutina. Quizás nos asalte luego un ardor de estómago de camionero en ruta, sí, pero así es la vida, vivamos al límite. Para otros las acelgas rehogadas y los filetes de pollo a la plancha, esos filetes resecos que fomentan la tendencia al llanto y la desesperanza.

lunes, diciembre 06, 2010

La oscuridad duele

Un día tras otro, cuando me levanto en la oscuridad de la noche para ir a mear, me doy de bruces con la pared. Nunca acierto a la primera con la puerta.

viernes, noviembre 26, 2010

Medicina



Verídico. Leo en el prospecto de una medicina para infecciones bacterianas que uno de sus componentes es el esperma de ballena.

Miro la gragea, admirado. No sé si esto es un avance de la medicina.

miércoles, noviembre 24, 2010

A veces pienso que mi vida es como un montón de ropa limpia. Toda colocada, toda apilada. Si cojo la prenda de arriba no pasa nada, todo marcha. Simplemente espero a que se ensucie, la coloco en la lavadora y voy a por la siguiente. Lo malo es cuando quiero una prenda del montón, o de abajo. Corro el riesgo de que todo se desmorone.

lunes, noviembre 22, 2010

Tortuga (III)

En época de apareamiento el macho persigue a la hembra con urgencia, empujándola y llegando a morderle las patas. Cuando la hembra se detiene es el momento, la señal convenida para el apareamiento.

El macho se encarama encima y se consuma la cópula. Es entonces cuando el macho alarga el cuello hacia delante de una forma extraordinaria, increíble. Hay zoólogos que dicen que ese alargamiento del cuello es para mantener el equilibrio. Otros dicen que es porque en ese momento, en esas milésimas de segundo, el animal percibe la eternidad.

domingo, noviembre 21, 2010

Tortuga (II)

Los psicólogos de tortugas recomiendan que la tortuga tenga obstáculos en su camino (una piedra, un desnivel, unas hierbecillas), para que se esfuerce en él, pero que siempre tenga ante sus ojos un horizonte, para que no se desespere.

La tortuga tiene una mirada triste, como constipada, y parece necesitar siempre un pañuelo. A veces parece que la tortuga espera que le des el pésame pero lo que en realidad quiere es su hojita de lechuga.

viernes, noviembre 19, 2010

Tortuga



Las tortugas que viven en cautividad deben ser bien alimentadas, (a menudo con un suplemento de calcio), recibir la luz del sol, y, sobre todo, y es muy importante, para que no sufran, tener unos límites en su terrario que no les permitan ver el horizonte. Las paredes deben ser opacas, (o de ladrillo o madera, por ejemplo).

Si el terrario es transparente se arrimarán a la pared y pondrán un empeño imposible y continuo en huir. No comprenderán nunca que es imposible. Su cuerpo no limitará con el terrario, que puede ser amplio. Lo hará con la pared.

jueves, noviembre 04, 2010

Esas vidas

De la biblioteca cojo Esas vidas, de Alfons Cervera. Es un librito duro, poco emotivo, casi cruel, en el que el autor narra los últimos días de su madre, una anciana a la espera de la muerte, y bucea en sus recuerdos.

En la página 50 hay un papelito doblado con una receta de madalenas caseras, legado (u olvido) del anterior lector (o lectora) del libro.

Dudo si dejar yo también una entre estas páginas. Por ejemplo, repápalos en salsa, una de las recetas que más me gustan de mi madre.

domingo, octubre 03, 2010

Domingo por la tarde. Está nublado, parece que va a llover. Mejor así. Tiene uno ganas de que llueva. De que empiecen a caer las hojas de los árboles. De que comience el frío y sea necesario abrigarse. De que cambie algo. Estamos pisando siempre el mismo charco sin agua.
***
Noticia leída en la prensa de hoy:
“Muere ahogado tras caer con su coche en un pantano por un error del GPS”.

jueves, septiembre 30, 2010

Sientes un poquito de vergüenza cuando te cruzas con algún viejo profesor del instituto y te acuerdas de cómo emborronabas la portada de los cuadernos con ampulosas frases salvadoras de la Humanidad.
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Había compañeros del instituto que estaban ya predestinados a lo que ahora son, empleados de banco (economizaban la tiza).
***
El peso de las mochilas de algunos llevaba implícita la penitencia de hoy (hombros caídos, mirada a la punta de los zapatos).

domingo, septiembre 26, 2010

Los libros de texto de nuestros hijos están hechos con las cenizas de nuestra infancia.
*****
Todo evoluciona menos el material escolar de nuestros hijos (compás, ceras Manley y lápices Alpine).

viernes, septiembre 24, 2010

Jornada laboral

Cuanto más cansancio laboral, cuanto más hastío, más me fijo en los escotes femeninos.

Los escotes de las mujeres que cruzan el vestíbulo, que se acercan al mostrador para enviar una carta o un giro son el precipicio deseado, ideal, de la jornada.

miércoles, septiembre 22, 2010

Mosca

Viene un señor a Correos para enviar un giro. Su hijo, que está en Tenerife y ha perdido la cartera, o se la han robado, que necesita el dinero. Viene con una mosca a la altura de sus ojos. Lo sé porque le veo espantarla con las manos mientras espera su turno.

Luego, mientras me dicta los datos para el giro me dice que la mosca lleva con él desde primera hora de la mañana, y son casi las dos. Intenta espantarla de nuevo. Le digo que qué raro, porque ya parece que no hace calor para moscas. Ya, contesta, pero aquí me tienes, con ella. No me abandona. Y manotea de nuevo, ahora con una mano y después con la otra.

Intento animarle diciéndole que he oído que la vida de las moscas no sobrepasa las veinticuatro horas.

No sé yo esta, no sé yo… Dice mientras firma el impreso, paga, y sale de Correos con la mosca tras él.

lunes, septiembre 20, 2010

Domingos

La gente se queja de los domingos. Los domingos son para descansar del fin de semana, y para esperar la semana que viene, que llega, que está ahí, a horas vista, al final del precipicio. Los domingos son una especie de tiempo muerto. Yo creo que los domingos amanecemos con ojeras más desmejoradas, si cabe.

Yo todavía sigo haciéndome propósitos los domingos. Con lo mayor que voy siendo y no escarmiento. Todos los días me propongo cosas que al minuto siguiente, al día siguiente, cumplo, pero los domingos más y con más intensidad. Me propongo un horario para escribir, me propongo no beber demasiado para acabar con la barriga cervecera, me propongo dedicarme cierto tiempo a mí mismo, me propongo pedalear en la bici estática. Nunca lo cumplo, nunca cumplo nada.

Pero todos los domingos me parece que el lunes comenzará una nueva etapa en mi vida.

viernes, septiembre 17, 2010

Buenas noches

Me parece que algo significará este trajín de cables para recargar toda clase de móviles, cámaras y demás utensilios. No sé qué clavija encaja en qué enchufe ni en qué aparato. Ni siquiera atino a desenredar los cables. Podría, pero me parece una tarea descomunal, a estas horas de la noche.

Miro en la encimera esa porción de tortilla de patatas que sobró de la cena. Parto un trocito, me lo echo a la boca y, con ese gesto, me doy las buenas noches.

miércoles, septiembre 15, 2010

Fuego lento

Se echa el aceite y se calienta. Mientras, se pica finamente el puerro y la cebolla.
Se sofríe.

Se pica en la tabla la calabaza y la patata. Muy finamente, una y otra vez, pum-pum-pum, con el cuchillo sobre la tabla, finamente, una y otra vez, pum-pum-pum, hasta que casi se desintegren, la calabaza y la patata, finamente, pum-pum-pum, el cuchillo en la tabla, hasta que, poco a poco, se te pase el cabreo….

Tampoco es para tanto. Pero, por si acaso, pum-pum-pum, se pica otro poquito.

Luego se echa todo a la cazuela y que hierva veinte minutos a fuego lento, todo tapado.

martes, septiembre 14, 2010

Domingo, mediodía

El domingo vuelve la gente de misa e interroga Ramón a su mujer: ¿Cómo está Dios? ¿Te ha preguntado por mí? ¿Se ha enterado de lo de la semana pasada? Si acaso, dile que ya iré a confesarme.

Y Ramón se toma el vermucito con torreznillos, sonriendo, en la confusión de la barra.

lunes, septiembre 13, 2010

Pueblo (IV)

Ay, este anciano tan digno que cuando habla de su infancia recuerda al patrón como “amo”. Es que mi amo me pagaba los viernes. Mi amo tenía no sé cuántas tierras en arriendo.

Este hombre que se casó con veinte años y se hizo libre.

Este hombre que recuerda lo del rayo en la era, o lo de los cien gansos que llevó a vender a Madrid, o lo de la máquina de hacer fideos que inventó.

Este anciano que entre hijos, nietos y bisnietos en los días de fiesta cuenta veintinueve a la mesa y antes eran treinta y por eso se le humedecen los ojos.

lunes, junio 28, 2010

Pueblo (II)

7.-
En el comercio hay de todo, desde legumbres hasta fiambres, pasando por verdel frito y envasado en cubas de madera. Cuelgan detrás del carnicero enormes piezas de panceta, morcillas negras emparejadas, costillares brillantes. Parte el hombre las chuletas como si se despidiera de ellas una a una, y las lengüetea con el cuchillo, colocándolas sobre el papel.

8.-
“Va a llover a lo burro”. “La que va a caer no nos la quita nadie”. Amenaza tormenta y se ven relámpagos a lo lejos. El hortelano mira al cielo con el azadón al hombre. No suda, pero hace el ademán de limpiarse el sudor. Este hombre se limpia el sudor como yo me como las uñas: por costumbre. (Toda la vida sudando). Caen las primeras gotas, que parecen horadar el suelo.

9.-
Noche cerrada. Huelen todavía a verde los sarmientos y no hacen humo blanco, porque son de este año. Entre dos acercan la parrilla al fuego. Huelen las chuletas. Parece que finalmente no lloverá.
El vino de la jarra está fresco. El primer trago es el que lima la aspereza de la garganta. Todos los días deberían acabar así.

domingo, junio 06, 2010

Pueblo

1
Al llegar está el camión del pescadero en la plaza, y las mujeres preguntan, miran, porfían y compran. Señalan. En los pueblos se señala con el dedo de una forma espectacular, como si el dedo fuera el solista de un gran ballet.
Desde su entrada en el pueblo persiguen al camión del pescadero unos cuantos perros que husmean a unos metros. Deberían ser gatos los que persiguieran al camión del pescadero, pero no, son perros. Uno de ellos es tuerto.

2
Benito ha retejado. Su familia ha venido hoy de Madrid para ayudarle a plantar unos puerros para el verano, dice él, con sus ochenta años a cuestas. Buena gente. Varias generaciones haciendo surcos en la tierra.
Benito utiliza palabras exquisitas. Ignominia, por ejemplo, se la oí un día que contaba sus primeras experiencias como agricultor
Benito tiene párkinson, pero todavía se atreve a cortar leña (siempre que sea a primera hora de la mañana).

3
Salimos de tomar unas cañas en el bar. Son las tres de la tarde y, por la acera, de camino a casa, nos arrimamos a las paredes de las casas para buscar la sombra. Vemos una lagartija que corre. Luego otra, y otra.

4
Me gusta leer en la hora de la siesta en estas camas enormes, de príncipes rurales. Tres páginas después me duermo.

5
En el patio hay unas tomateras y un par de matas de calabaza. Un laurel enorme, altísimo. Dos parras. Una higuera canija. Un pozo, una lata de Atún El Velero atada a una cuerda. Suena la lata en el agua del pozo y solo oírla ya refresca. ¿Cuántos años tendrá la lata? ¿Cuántas latas necesitará el riego de cada tomatera? ¿Cuándo comeremos tomates? ¿Nos picarán las avispas que rondan el agua fresca?

6
Anochece. Paseamos por el monte. Huele a tomillo. Todo está verde. Hay lugares frondosos, impenetrables. Me pican mil bichos. Uno de ellos me hace una roncha en la sien. Parezco Frankenstein.

sábado, junio 05, 2010

Pasos

Vivo en un piso noveno. Esta tarde estaba leyendo en la terraza La marca de Creta, un libro de cuentos de Oscar Esquivias. Juro que desde el noveno he oído el sonido de las sandalias de mi hija al llegar al portal. He distinguido el trote infantil de sus pasos. Poco después han llamado a la puerta, y era ella, con su madre. He cerrado el libro, alegre porque volvían.

jueves, junio 03, 2010

Obra

De qué puedo quejarme si fuimos nosotros los que les invitamos a pasar. Prometieron que tardarías tres días, cuatro como máximo. Llegaron como si procedieran de muy lejos, cargados con sus bártulos, y en un momento se hicieron los amos. Miraban como si de ellos dependiera la felicidad de una porción amplia de la humanidad.

Mientras trabajaban abrieron cajones, manosearon libros, olieron colonias y untos. Hasta se permitieron aconsejarnos sobre la forma de alimentar a Pelusa, nuestro hámster.

Vivimos fuera de casa no tres días, como nos habían prometido, sino casi dos semanas, porque surgieron problemas. Finalmente la instalación eléctrica de la casa se completó y renovó. Las ventanas antiguas fueron reemplazadas por las nuevas, oscilo-batientes y con rotura de puente térmico. Lo malo es que al renovar la instalación eléctrica los electricistas destruyeron el cable de internet, lo cortaron, y no nos dimos cuenta hasta que se hubieron ido. Era fin de semana. Intenté colocarlo de nuevo, y con el intento me cargué las llamadas telefónicas. Al final logré pasar uno de los trozos del cable por la ventana de la terraza. Así estamos ahora, con un cable gordo que cuelga de una ventana oscilo-batiente con rotura de puente térmico, sin poder cerrarla ni abrirla, esperando que uno de estos días vuelvan a colocarlo en su sitio. Parecer ser que habrá que hacer otro agujero en la pared. Pero ya no estamos aislados.

viernes, mayo 21, 2010

Sueños

Se acuesta uno tan tranquilo. Se mete uno entre las sábanas como el más inocente de los seres humanos y amanece con la mente obnubilada y sucios los pensamientos, tras unos sueños perturbadores, que a ratos parecen durar un segundo y a veces mil horas. Son sueños en los que te despeñas por precipicios negros o cometes actos impuros; sueños en los que sientes el sudor frío en tu frente o en los que te relames admirando lo que siempre despreciaste.

Suena el despertador y te levantas de un salto. Sientes durante un segundo las piernas rígidas y la boca con demasiada saliva. Pero sabes entonces, al preparar el café con galletas, que ese mejunje te salvará de todo, y que cumplirás tus obligaciones. Acabará la jornada laboral. Llegarás por la noche cansado a la cama.

miércoles, mayo 19, 2010

Viaje

Vuelvo de hacer la compra, con las bolsas en la mano, y me encuentro a una amiga a la que hace tiempo que no veo. Suelto las bolsas en el suelo y hablamos. Interrumpimos el paso de la gente en la acera y ella agarra mi brazo suavemente para que nos retiremos. Le pregunto por cómo le va la vida y ella me contesta. Me cuenta. Al rato ella sigue hablando, y hablando, y hablando, extendiéndose en detalles completamente superfluos. Me fijo en sus labios, que no paran. ¿Y respirar? ¿Cuándo respira? No me deja intervenir, ni siquiera puedo colocar en la conversación un triste monosílabo. Yo pienso en todas las cosas que tengo que hacer. Me gustaría evadirme. Montar en una nave espacial y surcar el espacio sideral en busca de otros planetas, otros universos. Imaginemos que la bolsa en la que va el pan es el fusil para partículas de verborragia, y que la otra, con la fruta, contiene el acelerador de mentes unívocas. Voy bien pertrechado en mi nave espacial contra este tipo de gente, habitantes de cualquier Pandora de pacotilla. Ah, pero ahora me habla de la salud de su suegra, que, por lo visto, será intervenida quirúrgicamente de varices en breve tiempo (está diciéndome que el cirujano tiene bigote).

lunes, mayo 17, 2010

Ventanilla

Una pareja de ancianos quiere enviar una carta a Suiza. Preguntan cómo mandarla. Si certificada, si urgente, si ordinaria. Digo que depende de lo que vaya dentro. Contestan que son papeles importantes. Lo que contiene el sobre es la fe de vida anual, para que puedan seguir cobrando la pensión. Me ruegan que les rellene el impreso. Él se recuesta en el mostrador. Habla ella mientras escribo. “Rellena tú el impreso, hijo. Vemos menos que una polla envuelta en un trapo. Mándalo certificado, no sea que se pierda. Es que a ellos les daría una alegría si supieran que estamos muertos. Unos francos menos que pagarían. Estuvimos un montón de años allí. Qué gente tan limpia. Eran tan limpios que no querían tener nada que ver con nosotros. Decían que gritábamos en los autobuses y que tirábamos las colillas al suelo. Ellos no. Ellos eran limpios, limpios como la patena. Hasta la manguera para regar el jardín la manejaban como unos señores”.

jueves, mayo 13, 2010

Recuerdo

Han pasado unas semanas y todavía recuerdo la sensación. La perfección del momento, la felicidad del placer sencillo. Me dije entonces que escribiría sobre ello y ahora, días después, lo hago:

Primera hora de la mañana, en el pueblo. Estoy solo, sentado en el merendero, frente a la ventana. Fuera, en el patio, hace frío. O no es exactamente frío, es fresco. Anoche llovió. El merendero está caliente. Huele a la leña quemada anoche. En la enorme mesa de madera en la que me apoyo quedan restos de la celebración del cumpleaños de A. con sus amigas (globos, porciones de pizza, palomitas). Hay también un frutero en el que relucen naranjas, manzanas y un solitario kiwi. Lo más importante es que el sol que entra por la ventana me da en la cara. Es un sol que no pica y sí acaricia. Brilla. Arrimo un poco más la silla, para que no perder nada de su luz y calor. Tengo todavía en la boca el sabor del café recién tomado. Estoy releyendo las últimas páginas de los diarios de Cheever. Son palabras tristes, descreídas. Le comprendo, comprendo lo que dice, porque sabe decirlo. Cierro el libro. Esto es admiración. Qué bien escribe. Las tapas del libro son preciosas. El sol sigue acariciando mi cara.

lunes, mayo 10, 2010

Historias del paro (y XVIII)

Salimos a tomar unas cañas. Hace buen tiempo. La gente está en la calle. Miles de niños corren en bicicleta por las aceras. Perros defecan por riguroso turno, pues no hay sitio suficiente para que todos dejen su zurullo al mismo tiempo. (Hay uno de raza siberiana, con mucho pelo, que parece estornudar. Otro, demasiado canijo, ladra, y cuando ladra se queda suspendido en el aire unos segundos, como si volviera de un viaje astral). El polen de los árboles pulula por ahí, y se deposita en el capó de los coches, en el corazón de las gentes, en mi garganta.

Nos sentamos en una terraza a tomar unas cañas. Calculo cuántas barras de pan compraría con el dinero que nos gastaremos hoy. Cuántos litros de leche. Cuánta carne para guisar.

Rellenar una primitiva, quizás.

miércoles, mayo 05, 2010

Historias del paro (XVII)

El Mercado, la Deuda, la Prima de Riesgo, la Eurozona, el Parqué Europeo, el Ibex 35, el contagio griego. ¿El contagio griego? El 3x1 en droguería, 1 de filetes de pollo + regalo de 1 de contramuslos, la derrama de la comunidad de vecinos, el seguro del coche, las gafas del pequeño. La concentración de las Cajas, la calidad crediticia, la regulación del Mercado, los Bonos basura. La tarifa plana de internet, la mochila rota del mayor, el pescado congelado, la cuenta del teléfono móvil.

martes, mayo 04, 2010

Historias del paro (XVI)

Primero preparo el desayuno para los niños. Cuando se marchan al colegio hago las tareas de casa, que Lidia deja anotadas en la encimera de la cocina. Aireo las habitaciones, paso la aspiradora. Luego dedico un par de horas diarias a enviar currículos por correo electrónico, a consultar ofertas de trabajo por internet. A media mañana acabo viendo páginas pornográficas, tomándome un par de cervezas, triste, solo, esperando la vuelta de los chicos para poner al fuego la cazuela de la comida. Me asomo a la ventana. A veces veo a Javi, el vecino, que vuelve de correr. Hasta en chándal tiene pinta de estar en paro.

domingo, mayo 02, 2010

Historias del paro (XV)

Con este calor parece que el verano se aproxima. Las vacaciones escolares llegarán pronto. No tenemos dinero. No podremos salir de vacaciones. Hace calor. La ventana está abierta. Lidia continúa con las piernas abiertas. Me arranco el preservativo.

jueves, abril 29, 2010

Historias del paro (XIV)

Nos llamó el Jefe de Ventas a su despacho. Mostró diagramas. Habló de expectativas. Llegó un momento en el que solo esa palabra ocupó mi atención. Expectativas, expectativas. Supe que las expectativas serían mi ruina. Pero también pensé que yo no sería de los primeros. Creí que su mirada había sido más dulce al posarse en mi rostro, porque aguantaba la mía sin pestañear. Creí que me comunicaba su decisión salvadora sin palabras.

martes, abril 27, 2010

Historias del paro (XIII)

En la urba conozco a Javier, en paro, que un año de estos montará un negocio informático. También conozco a Rober, policía municipal, que presume de timar a su compañía de seguros una vez al año dando partes de falsos siniestros. Sé de Rodrigo, administrativo, papá primerizo, que ya ha sido condenado un par de veces por “conducción alcohólica”. La última vez rompió la pierna de una niña por tres partes diferentes. Iba bebido y se saltó un semáforo.

Es gente que lleva a sus hijos al mismo colegio al que van los nuestros. Yo soy un tipo en paro con insomnio crónico que a veces siente ganas de llorar. Somos todos gente normal.

lunes, abril 26, 2010

Historias del paro (XII)

El día que compramos el piso pensé que no nos hacía falta gimnasio, ni piscina climatizada, ni pistas de deporte. Debí hacerlo constar en la notaría, o al empleado del banco, que sonreía demasiado. Una urbanización excelente para parejas con hijos, decía el de la constructora.

Hoy hace calor y el césped está recién regado. Si no lo miras bien no notas las calvas. Las zonas comunes de la urbanización sirven para que nos descuarticemos entre nosotros, mientras nuestros hijos juegan sin que les perdamos de vista. Nadie puede abandonar una conversación en las zonas comunes y retirarse a su domicilio sin correr el peligro de que le despellejen sus vecinos.

viernes, abril 23, 2010

Historias del paro (XI)

Tito llega del colegio con una nota del tutor. Quiere hablar con nosotros. Le preocupa su rendimiento académico. A mí me preocupa de este niño gritón que me dibuje caracterizado de hormiga cabezona. Si dibuja a su madre y a su hermano con cabezas en consonancia con el tamaño de sus cuerpos, a mí no puede colocarme una cabeza sobredimensionada. Algo debe significar eso. En la hoja del cuaderno se nos ve a los cuatro. Se ve una casa con chimenea y humo, el sol, nubes, y, destacando en la línea del horizonte, mi cabezón.

martes, abril 20, 2010

Historias del paro (X)

Decían que los primeros en marcharse serían algunos de los directivos. Esa sería la señal de que las cosas no marchaban demasiado bien. Por ahí empezarían a ahorrar gastos en personal. Mirábamos las plazas reservadas del aparcamiento. Todas seguían ocupadas.

domingo, abril 18, 2010

Historias del paro (IX)

Domingo.

Salgo a pasear a primera hora de la mañana. Me lo ha recomendado el médico. Los dueños de los perros y yo ya nos conocemos. Más adelante me conocerán los perros. Ya me huelen. Es cuestión de tiempo.

En la plaza hay latas de cerveza de medio litro, vacías, puestas en pie, como en una bolera, esperando ser derribadas. Son restos del botellón de los rumanos de anoche. El botellón de los jóvenes españoles es en el parque. Sin cervezas de medio litro, con botellas de Cacique y Coca Cola de dos litros. No sé cómo lo harían anoche, con lo que llovió, y sin los soportales acogedores de la plaza. Quizás se fueran al cine. A ver Alicia en el país de las maravillas.

A primera hora de la mañana de un domingo, el paseo de un hombre en paro no es el mismo que el de uno que trabaja. Paseo porque quiero y me obligo. Para el parado no hay paréntesis. En todo lo que contemplo veo señales ocultas. Nada tiene remedio. Y sin embargo se me ocurren varias razones para seguir adelante: Huele a tierra mojada, compraré churros, escribiré esto que estoy rumiando.

sábado, abril 17, 2010

Historias del paro (VIII)

Los primeros días Lidia me llamaba por teléfono. Hablábamos. Hablábamos mientras yo estaba recostado en el sofá y tenía cuidado de bajar el volumen al televisor. Me decía que me animara mientras en la pantalla yo veía la reposición de un episodio del Equipo A en la que salvaban a una chica de las garras de un malhechor.

jueves, abril 15, 2010

Historias del paro (VII)

Nos dieron la carta de despido un viernes. Está todo estudiado. Dicen que la perspectiva del fin de semana hace menos traumática la comunicación. Te despides de los compañeros como si fueras a verlos el lunes, dicen. La mente hace un pequeño paréntesis, dicen. Los psicólogos son gilipollas.

miércoles, abril 14, 2010

Historias del paro (VI)

Lidia en la cama. Lidia está leyendo una revista. Dice que el sobrepeso es enemigo del deseo sexual. Me miro la barriga. Las hojas de palmera del estampado de la colcha parecen moverse a la altura de su vientre. El artículo se titula “Los enemigos de la libido”. Miro la lámpara de la mesilla.

martes, abril 13, 2010

Historias del paro (V)

Javi, el vecino del 6º, está intentando montar una empresa de informática. Trabajaba de programador o algo así en el BBVA, o para una empresa auxiliar del BBVA. Dice que ya lo tiene todo a punto, pero así lleva un año. Dice que el paro es una oportunidad. Abre expectativas, dice. Como tiene tiempo y le sobran expectativas Javi va a correr todas las mañanas. Suda como un cabrón. Como un cabrón con expectativas. Se le van las energías en correr. Le veo y, casi sin respiración, me dice que le falta el local. El local y lo pongo en marcha, dice.

lunes, abril 12, 2010

Historias del paro (IV)

Prefería no acercarme a la máquina del café. De aquella máquina brotaban rumores. Salían junto con el café cortado, el capuchino o la manzanilla. Lo último que oí antes de la gran patada fue que habían hecho una ampliación de capital. Cómo iban a echar a la gente si hacían una ampliación de capital.

Historias del paro (III)

El Lexatín es un medicamento cojonudo. Me pongo nervioso si no tengo una caja en el armario del cuarto de baño. En la madrugada, desvelado, me tomo un lexatín con un trago de agua. Me miro un rato en el espejo y luego vuelvo a la cama. El suelo está seco y frío. En él la planta de los pies hace un ruido como de agua en la palangana. Dispuesto a dormir: es como ordenar los pensamientos, pero sin tener ninguno. Como si se evaporaran, los pensamientos. Como si tuviera una campana extractora de pensamientos.

Lidia no quiere que tome ansiolíticos. Pone en sus revistas que los ansiolíticos producen adicción. En sus revistan hablan de las virtudes del brócoli, del punto G, de la moda de primavera y de escapadas de fin de semana a Nueva York.

domingo, abril 11, 2010

Historias del paro (II)

Salimos del ascensor cargados con las bolsas de Mercadona y al ir a abrir, tú-yo, tú-yo, nos damos cuenta de que nos hemos dejado las llaves dentro. En ese momento qué ganas tengo de estar en mi casa, de sentarme en el sofá, de tomar una cerveza. Hacemos un esfuerzo para no gritarnos y lo conseguimos. Silencio. Como no se me ocurre qué hacer, me agacho y miro por la cerradura. “Qué ves, estúpido”. “Miro”. “¿Qué ves?” Los niños ríen.

Llamo a mi cuñado para que traiga una llave. Nos alegramos de no necesitar un cerrajero. Necesitamos a mi cuñado con su coche. Esperamos en el portal, rodeados de bolsas de plástico. Las bolsas de Mercadona no son como las de Carrefour: se rompen. Cuando te das cuenta vas tirando latas de paté o sobres de jamón york como si fueras Pulgarcito y no estuvieras seguro de cómo volver a casa.

viernes, abril 09, 2010

Historias del paro (I)

Estoy tan gordo que en la ducha no me veo la punta de los pies. A veces paso cerca del frigorífico y me llama. Susurra: Ven, ábreme, mira lo que tengo en las entrañas.

A veces tardo en conciliar el sueño y me levanto de madrugada a tomar leche con galletas y a mirar en la tele programas de tele-venta. Mojo galletas y miro la jeta de las vendedoras. Tienen una cara especial. Te miran como si te conocieran. Creen que saben lo que necesitas. Las galletas esponjosas se vierten en la taza y forman una pucha dulzona.

miércoles, febrero 17, 2010

Dentista

Miro los cuadros colgados en las paredes, reproducciones de pinturas impresionistas que representan los mares del sur, con palmeras, con lugareñas lánguidas que no acudían nunca al dentista y eran felices comiendo fruta mientras la brisa del mar azotaba sus rostros, pero poco, los azotaba poco porque tenían que sonreír con sus ojos grandes y su dentadura perfecta. Paso la yema de los dedos por el lomo de las revistas que hay apiladas en la mesa, pero no, no cojo ninguna porque sería demasiado esfuerzo el que invirtiera en leer cotilleos y chismes estúpidos y en ver fotos de tías escuálidas, que estoy harto de ver mujeres sin curvas, mujeres largas y sin curvas como las carreteras de la Mancha.

La verdad es que parezco enfadado, lo noto. Hago todo lo posible para olvidar que estoy aquí, en la consulta del dentista, rodeado de adolescentes larguiruchos que cruzan las piernas como condes de la campiña inglesa. Cuando abren la boca veo que la mayoría lucen alambres en los dientes, arriba y abajo, y si sonríen, que casi nunca, parecen psicópatas eligiendo víctima. Fuera llueve.

Viene a buscarme una señorita vestida de blanco y me conduce por un pasillo a la consulta propiamente dicha. Hace que me siente en un sillón que parece un boomerang. Me reclina, me quita las gafas. Qué modales. Me dan ganas de decirle que soy capaz de apoyar la cabeza solo, que soy capaz de quitarme las gafas solo, pero no lo hago, no vaya a enfadarse y luego tome represalias.

Se marcha. Ahora vendrá la doctora. Veo a mi derecha un vasito con agua. Me dan ganas de beber, pero no lo hago, que nadie me ha dado permiso. Si me quitara los zapatos estaría más cómodo, pero presiento que no procede.

Espero.

Espero.

Aparece la doctora. Me saluda. No se quita la mascarilla para hablar. Parece simpática, le brillan los ojos. Hace que abra la boca. Con dos dedos lo logra. Toca, palpa mis dientes y mis muelas, mira al techo. Sí, dice, usted padece bruxismo, como sospechaba su médico de cabecera. El bruxismo consiste en rechinar los dientes, en apretar los dientes, en apretarlos de forma inconsciente hasta que duele la mandíbula y la cabeza. Normalmente esto sucede mientras duerme. En ocasiones despierto. Con una férula de descarga se arregla todo, dice.

Se marcha. No sé si levantarme, si beber agua, si decir lentamente y como una letanía bruxismo, bruxismo, bruxismo…

domingo, febrero 14, 2010

Un entierro

El tanatorio era un tanatorio de pueblo, un tanatorio de andar por casa. Constaba de dos salitas para dos muertos, un vestíbulo, un cuarto de baño unisex y una “cafetería” que consistía en una máquina de café escondida en una habitación chiquitita, en la que había, además, carpetas con material de oficina y archivadores apilados unos encima de otros. Daban ganas de abrir aquella puerta, echar unas monedas y tomarse un cafelito en un vaso de plástico. Daban ganas de echarle un vistazo a las carpetas mientras se calentaba el gaznate. Mirar las estadísticas de los decesos de la comarca. Comprobar ciertas cosas. Por ejemplo: ¿Había habido overbooking en alguna ocasión en el tanatorio? ¿Habían muerto más de dos personas el mismo día en la comarca? En tal caso, ¿se pujaba por una plaza o la contrataba la familia del primer muerto que llegara?
Hacía frío. Eran las nueve de la mañana y ya había gente acompañando al muerto y acompañándose entre sí. El muerto era un difunto esperable, un muerto anunciado desde hacía tiempo. Era una persona querida y respetada. Se había hecho respetar hasta en los últimos días de su vida, esos en los que uno, si se descuida, pierde la dignidad y adquiere cara de pánico. Él no, él había sabido morir con entereza. Todos lo resaltábamos en los corrillos a su alrededor, mientras mirábamos de reojo su cadáver tras la cristalera, rodeado de coronas. Una de las coronas era de “la sociedad de cazadores de San Roque”, la del pueblo, aquella a la que perteneció durante mucho tiempo. No sé por qué ver esa corona me emocionó, porque yo no soy cazador ni me caen demasiado bien, tan brutos, tan convencidos de que están en su derecho. Los cazadores piensan que el que no es cazador es gilipollas. Siendo justo debió emocionarme nuestra corona, la de “todos tus sobrinos”, pero no, me emocionó la de los cazadores del pueblo. Le recordé hablando de caza, de campo, de ganado. De pinos. Era un experto en pinos. Un campeón de los pinos.

domingo, enero 24, 2010

Ayer

Llovió de madrugada y amaneció mojado el suelo de la calle. Por alguna razón lo que veía por la ventana me recordó a un cuento de Cheever. No consigo explicarme el motivo, porque en los cuentos de Cheever raramente llueve.

Estuve media hora en la ducha. Me afeité. (Mal, me lo hicieron ver a última hora de la tarde).

Dormí una siesta de la que salí con dolor en un hombro.

Fuimos a ver "Up in the air", la nueva película del guapete George Clooney. Parece que es una obra maestra. Eso dicen las críticas que he leído. Lo mejor de la temporada, dicen. A mí me pareció una gilipollez.

Comencé a ver en la tele, a las tantas de la madrugada, “Qué verde era mi valle”, de John Ford. Yo solo, frente al televisor y tras la charla de Garci. Qué película. De 1941. Emociona. Me fui a la cama cuando ya estaba terminando, enardecido por esos mineros galeses que cantan como fieras.

lunes, diciembre 21, 2009

Ayer

Amaneció un día luminoso y gélido.

Leí los periódicos en internet a primerísima hora de la mañana.

Fuimos a comer a casa de mis padres y comimos patatas rellenas.

Dormí una siesta grandiosa.

Estuvieron en casa dos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Uno de ello venía de lejos, de Argentina y Uruguay, de esquilar ovejas. Nos habló de la Patagonia, de Fontanarrosa y de las librerías argentinas, en las que los libreros entienden de libros. Bebimos vino y hablamos muchísimo, hasta la madrugada.

sábado, diciembre 19, 2009

Ayer

Amaneció el día claro.

Fui a Ikea y me enfadé conmigo mismo por sentirme parte del rebaño. Compramos accesorios innecesarios para cocinar, una maceta, una lámpara y cinco frascos de arenques en salsa de pimienta.

Tomé café con pasteles.

Ví por primera vez la iluminación navideña de Madrid.

Pensé en todos los cuentos que no he escrito.

viernes, diciembre 18, 2009

Ayer

Hizo frío, y me abrigué.

Fuimos a comprar y el supermercado estaba lleno. La gente compraba jamones empaquetados en cajas como si fueran a acabarse.

Me acordé del Sr. Nilson, el mono de Pippi Langstrumpf, y de Pequeño Tío, su caballo.

Pensé que todo en esta vida está en equilibrio y que lo que se nos da por una parte, por otra se nos quita.

Me visitó, de nuevo, el insomnio.

jueves, diciembre 17, 2009

Ayer

Me dolió la cabeza toda la mañana.

Fuimos a comprar unas aletas de goma para que A. las utilice en la piscina.

Se fundió una luz de la lámpara del salón.

Revisité algunos blogs que tenía olvidados.

Comencé a leer Carpe Diem, de Saul Bellow.

miércoles, diciembre 16, 2009

Ayer

Quedaban hojas en los árboles. Amarillas, con manchas, arrugadas.

En el trabajo, una señora, apoyada en el mostrador, me dijo: "A que estoy guapa". Yo contesté que sí, y creo que me sonrojé, y ella me contó que había ido a la peluquería, que su hija estaba de Erasmus en Austria, que estudiaba arquitectura, que le mandaba un paquete con comida. "Adios,hijo, adios", pagó, sonrió y se fue.

Pasé más de una hora en un atasco. Con vaho en los cristales.

Me enteré de que un conocido sufre una enfermedad grave. Tiene una hija que se llama como la mía.

Compré lotería.

martes, diciembre 15, 2009

Ayer

Nevó. Débilmente, por la mañana.

Desayuné un café con leche muy cargado y muy caliente.

Me acordé del Capitán Trueno, de mi infancia, de los coches de choque en las fiestas de Vicálvaro, de una canción de la que no recuerdo el título, de las noches de finales de verano.

Miré por la ventana y apoyé la frente en el cristal frío.

Casqué una nuez.

lunes, diciembre 14, 2009

Ayer

Ayer desayuné pronto.

Ayer no compré el periódico.

Ayer dimos un paseo y se me heló la cara. Me sentí bien.

Ayer vi en la televìsión una entrevista con Antonio Muñoz Molina. Me parece una buena persona y un escritor pesado.

Ayer cenamos tomates al horno con rúcula.

domingo, diciembre 13, 2009

Ayer

Ayer amaneció el día frío y con niebla.

Ayer volví a pensar que se avecinan las Navidades.

Ayer no me afeité. Me miré en el espejo.

Ayer tapé con un trapo de algodón la jaula de los pájaros, porque, según dicen, se avecinan noches en las que helará.

Ayer leí Miles City, Montana, un cuento de Alice Munro y me emocioné. La escritura de esa mujer se parece a la lluvia cayendo al mar.

miércoles, noviembre 04, 2009

Atardecer

Miro por la ventana. Hay en estos días de otoño sin nubes unos minutos en la tarde en los que la luz parece estar concentrada. Como leche condensada, como café cargado.

La sombra en estos edificios tan altos es sombra, no hay duda, pero la última luz del sol de la tarde brilla más y con más intensidad. Parece que no quisiera dejar sitio a la noche, que llega.

lunes, noviembre 02, 2009

Melancolía

Ver la tabla de planchar con camisas colgadas en uno de sus extremos, o ver un reloj de pulsera depositado en el lavabo del cuarto de baño, reflejándose en el espejo. Parece que faltara el cuerpo y solo estuviera el objeto.

domingo, noviembre 01, 2009

Conversación

Polideportivo. En el partido infantil de balonmano. Hay una algarabía fenomenal, con gritos de ánimo a los jugadores e insultos al árbitro. Yo me acerco a ella para contarle todo. Casi grito, tan cerca. Hablo y me mira fijamente. Creo que le interesa lo que digo. Me animo a seguir. De pronto, echa mano del bolso y saca un caramelo. Me lo da. Dice: Te huele el aliento.

miércoles, octubre 21, 2009

Policías y ladrones (y VI)

Había una muchacha que le soportaba los anhelos. Algunas veces cruzaba las piernas y miraba a otra parte, esperando siempre que escampara. Pero los dos se cansaron. Una, de esperar tan poca cosa. El otro, de esperar demasiado.

Él se fue al País Vasco, porque, decía, allí todavía quedaba gente auténtica. Luego se convirtió en punk, después en okupa. Un tiempo estuvo de pastor de ovejas lachas y otro intentó formar una empresa de marroquinería en cooperativa con un socio que se largó a Holanda con el capital social.

Volvió a aquellos descampados y encontró a unos pocos que todavía no se habían marchado. Allí estaban. Sentados, bebiendo, fumando. De vez en cuando aparecía por allí la policía y les pedía la documentación como el fumador que pide lumbre, como el pastor que cuida el rebaño.

lunes, octubre 19, 2009

Policías y ladrones V

Luego fueron los tiempos de la Joven Guardia Roja y de la ORT. Todos tenían un hermano mayor metido en política y la política eran reuniones a las tantas y barbaridades que se decían sin miedo, entre caña y caña, todos alrededor de una mesa enorme, demasiada mesa para tan poca gente.

Aquello era una fiesta. Las manifestaciones. Las pancartas, las tías, las pancartas, las tías. Pasó de pringao a héroe. Cómo corría. En cierta ocasión salió fotografiado en el ABC: un policía de ojos bizcos le apaleaba. Fue su momento de gloria y su aportación a la revolución, aunque los que entendían del tema siempre le dijeran que le perdía Bakunin. Eso, y el alcohol.

Lo probaba todo. Trapicheaba y era fácil. En la música estaba escrito que había que probarlo todo y que había más mundos y eran mejores. Había que ser auténtico. Sí, auténtico, era la palabra. Había que ser auténtico. En un concierto de Leño consiguió su primer coma etílico.

viernes, octubre 16, 2009

Policías y ladrones IV

En el colegio las mesas eran de madera y era posible tocarle el culo a las chicas. Don Ramón, sopapo tras sopapo, fumando y preguntando por el teorema de Arquímedes. Botarates con borceguíes, cenutrios con flequillo. Su reino, sin embargo, era el patio. Ya entonces practicaba con cromos las artes de la vida y se comía el bocadillo de los más apocados.

Pronto abandonó por pueriles los cuadernos emborronados con el ying y el yang, el símbolo de la paz y los morritos de los Stones. Le levantó la mano a Don Ramón antes de despedirse de él. Una compañera de clase se quedó embarazada, otro encontró que irse al Retiro a quitarle las pelas a los pijos era fácil y conveniente y a otro le echaron de casa por algún motivo que nadie supo.

jueves, octubre 15, 2009

Policías y ladrones III

La mayoría de los padres de aquellos muchachos había cambiado la vista de los majestuosos olivos de Andalucía y Extremadura por la de escombros amontonados en el extrarradio de Madrid. Todavía no se les habían acostumbrado los ojos. Vivían en cuchitriles, sin respirar. Comían, trabajaban, dormían, pero no respiraban.

Cumplían heroicas jornadas de trabajo en la albañilería, soportándolo todo, y llegaban a casa con ganas de arrear dos ostias a quien se le pusiera por delante. Por eso los niños estaban siempre en la calle.

Los niños jugaban al tute en las aceras, montaban en bicicleta y robaban patatas en los ultramarinos (todavía existían los ultramarinos) para asarlas en fogatas humeantes al atardecer. Luego oscurecía y en el aire flotaba un aroma incierto de aventura. Ya en aquel tiempo la policía recorría las calles cachazudamente. Las mondas de las patatas eran las huellas del crimen.

miércoles, octubre 14, 2009

Policías y ladrones II

En cierta ocasión, hace muchos años, le propinaron tres palizas en una sola noche. Estaba borracho hasta la extenuación, lleno, ahíto como un bebé que hubiera recibido el pecho de su madre. La primera paliza la recibió del servicio de seguridad de Tina Turner, cuando se acercó demasiado a las vallas protectoras y aquellos negracos interpretaron que quería abrazar a la cantante. Le pisotearon la espalda detrás del escenario.

La segunda paliza se la endosaron un par de horas más tarde unos críos que acababan de salir del concierto, con los que discutió por alguna razón estúpida. Fue una especie de intercambio de golpes y aquellos muchachos no pusieron demasiado interés en hacerle verdadero daño. Le dejaron tendido sobre el césped que rodea el Palacio de los Deportes, oreándose, preguntándose cuál era el motivo por el que faltaba amor en su vida.

La tercera paliza de la noche se la dieron un par de policías nacionales a los que interpeló cuando ya llegaba al portal de su casa, de madrugada. El coche —lechera se llamaba entonces— estaba aparcado allí, justo allí. Dentro, en la oscuridad, fumaban tranquilamente. Golpeó los cristales, les hizo algunas preguntas en voz muy alta. Por qué falta amor en mi vida, por qué falta amor en mi vida, gritó. Vosotros lo sabéis, preguntó. Primero le ordenaron que se marchara. Luego le aporrearon concienzudamente durante un par de minutos. Les animó el verle con la cara y la ropa de toda la noche, una noche muy larga, una noche ensangrentada.

miércoles, octubre 07, 2009

Policías y ladrones

Llegan los coches de policía de vez en cuando y parece que se conocen. Es como un baile.

Ellos depositan en el suelo, con cuidado, la lata de cerveza, no vaya a derramarse, y enseñan con desgana la documentación, que está en una cartera gorda, en el bolsillo trasero del pantalón.

La madre que me parió, dicen. Lo repiten cada minuto, aproximadamente, mientras los policías les miran y esperan. La madde que me paddió, dicen, porque les faltan algunos dientes y no vocalizan bien. También les falta cabello en la cabeza. Ya son un poco mayores para estas cosas.

viernes, septiembre 11, 2009

Terrazas


En las terrazas, tomando una cerveza fresquita, en estas tardes de final de verano, se producen las conversaciones más insustanciales, leves como mujeres con vestido al viento, piernas cruzadas y sonrisas melancólicas; como hombres sin tiempo para ir al cuarto de baño, porque no apetece levantarse.

Van los camareros entre las mesas con el itinerario aprendido y como gozosos de que les necesites, levantando la barbilla y agitando el mandil si les apetece.

Parece ser que en estos momentos en los que la espuma de la cerveza se posa en nuestros labios es cuando nuestros pensamientos se convierten en volutas indolentes, y surgen en la conversación, mezcla de olas, trampolines de piscina, ensaladas de tomate y cebolla, y noches sudorosas.

miércoles, septiembre 09, 2009

Septiembre

Si se presta atención, hay un momento en el que en la soledad de este patio, junto a la parra, cerca del brocal del pozo, ese ruido silencioso que se oye, semeja el crepitar de los antiguos discos de nuestra juventud, cuando la aguja llegaba al final, cuando terminaba la canción y no habíamos sacado a bailar a la chica. Pero no. Es solo silencio y que la tarde se está yendo suavemente.

domingo, septiembre 06, 2009

Fiestas


Vete a las fiestas patronales de un pueblo, con su plaza, con su olmo seco, con su orquesta y sus pasodobles, sus charangas, sus peñas, su limonada en cuba, su vino desde por la mañana, sus madrugadas etílicas, e intenta leer, en los tiempos muertos, en las siestas, por ejemplo, “De la brevedad de la vida”, de Séneca.

jueves, septiembre 03, 2009

Pinar


El hombre ya ha cumplido los cincuenta años y se acaba de separar de su esposa. A estas alturas, dice. Lo que no se os ocurra en Madrid, le contesta la gente del pueblo.

A primera hora de la mañana sube al coche con dos sillas plegables. Llega al pinar, busca una sombra, y las coloca allí. Se sienta en una de ellas hasta la hora de comer. Algunos de los que saben lo que hace y pasan cerca paran a conversar con él. Él ofrece al visitante la silla vacía ahí, en medio del pinar. Hablan de los años mozos, de la crisis económica o del sabor de los tomates de antes. Luego, al mediodía, cuando más calienta el sol, recoge las sillas y vuelve al pueblo para comer con su anciana madre, que le prepara chicharro en escabeche o ensalada de pimientos.
La tarde la tiene libre.

miércoles, septiembre 02, 2009

Gallinas


El hombre sufre un cáncer sin remedio que le tiene agostado el cuello. Está siempre en la penumbra del salón de su casa, pensativo. Ante quien le va a visitar hace una especie de resumen de su vida. Todos los que le conocen coinciden en que ha sido una persona trabajadora, honesta. Un buen vecino. El hombre, tocado con una gorrilla y calzando zapatillas de felpa, siempre termina diciendo: “Y antes de morirme tengo que quitar las gallinas. Porque las gallinas solo dan qué hacer. Mucho trabajo, pocos huevos. Tengo que quitar las gallinas antes de morirme”.

martes, septiembre 01, 2009

Girasoles


Al atardecer fuimos a pasear por el campo. Hacía un calor tremendo, terrible, un calor de cuento de Aldecoa. Nos detuvimos ante un campo de girasoles. Miles de ellos miraban al sol, con su cabezón amarillo, en una sincronía perfecta. Pero, en medio, dos entre tantos miles miraban a otro sitio. Hacia el pinar, creo.

lunes, agosto 31, 2009

Mariano (El bicho)


A este hombre que viene en bicicleta de un pueblecito tan pequeño, tan pequeño, que no tiene ni bar, le reciben todos como si fuera el embajador de un lejano país, agasajándole e invitándole a un chato. Este hombre se apoya en la barra y dice chasqueando la lengua: “Mi pueblo es pequeño, pero los he contado y en mi pueblo hay catorce tontos. Catorce, sin contarnos a mi hermano y a mí”.

domingo, agosto 30, 2009

La señora Filo


La señora Filo da el espectáculo todos los domingos cuando va a misa.
La señora Filo ya ha cumplido los ochenta años y está sorda como una tapia. Tiene audífono, sí, pero le vale de poco. La señora Filo reza a gritos. Lo peor es cuando a mitad de la misa hay que pedir por el Papa y por los necesitados y por la familia. Entonces pide como la que más. Y empieza lo peor: Cuando pide por la familia todos los asistentes a misa, desde los sentados en los primeros bancos hasta los que están en pie, cerca de la puerta, se enteran de todos sus buenos deseos. “Por mi nuera, para que coma más y engorde un poco. Por mi Pedrito, para que no sea tan basilisco y me llame a menudo. Por mi nieto, que estudie (medicina, si es posible). Por la Antonia, que mejore de las piernas para que no cruce por mi cerco.”
Su voz retumba entre aquellos muros de piedra, y no permite que los codazos de los vecinos de banco pidiéndole que calle interrumpan sus peticiones. El cura sonríe y reza para sí, rogando que el audífono de la señora Filo no se acople con su micrófono, porque entonces sí, entonces si que aquello parece el apocalipsis.

lunes, agosto 03, 2009

Pepe

Se me mueren los padres de los amigos. Ante esta congoja de la muerte que no se espera siempre le recordaré como un hombre que fumaba, que fumó, y que no hablaba mucho, pero sí lo justo, sí lo suficiente, si lo importante.

Era un padre de los de antes, de los que ya no quedan. Todos los padres eran así antes, y esa suerte tuvimos.

Era un hombre que miraba y con su mirada te abarcaba. De su mirada nacieron las de sus hijos y parece que ellos también miran así. Tienen algo socarrón en el semblante y siempre un pellizco de humor, como una mecha a punto de encenderse.

Unido para siempre a los amigos de la infancia, a todos los recuerdo con sus padres, atados entre sí por la cuerda del tiempo, ese tiempo severo que pasa y que pone piedras en el camino.

Mis amigos. Pepe, Ángel, Fernando… y sus padres. Ellos, ahora que han pasado ya los cuarenta, son sus padres, han asumido todo lo de ellos, sus gestos, sus palabras y hasta sus risas, y los hijos de mis amigos son ellos mismos – o lo serán - cuando jugábamos en los descampados, cuando íbamos al Astoria y cuando tomábamos las primeras cañas en el Zeppelín.

domingo, julio 19, 2009

Vacaciones


Preparamos el viaje a la playa. El equipaje. Busco en Google la forma de llegar.

Yo elijo tres libros y los meto en la maleta, a escondidas. También me acuerdo de las pastillitas para la diarrea, que uno es propenso.

Mi hija hace el traspaso de poderes. Le cede sus dos hámsters y su pareja de canarios al vecino. En un par de folios van todas las instrucciones, con diagramas y calendario incluido. No sospecha este niño que se hace cargo de estos bichos cuánto se lo agradecemos.
Es de noche. Acabamos con los restos que hay la nevera. Unos tomates, anchoas, queso. Unas croquetas congeladas.

Hoy ya estábamos en nuestra casa de forma provisional.
Hasta la vuelta.



viernes, julio 17, 2009

Ellas

Ellas se van a las rebajas como el que va a la guerra, en grupo y en fila de a tres, con la Visa como bayoneta.

Ellas compran bikinis, bañadores y camisetas, y lo meten todo en bolsas de asas grandes. Pasean entre los maniquís de mirada fija. Husmean entre perchas. Las yemas de sus dedos rozan una costura, un ojal, un botón.

Se introducen en el probador y todos querríamos ser acariciados como ellas acarician lo que se colocan sobre sí. Están en una nave espacial, el pestillo echado. Se enfrentan a su mirada en el espejo. Susurran, y nadie las oye.

jueves, julio 16, 2009

Sola

La mujer se ha separado. Está en batallas legales con el marido. Le reclama, un burofax tras otro, como le ha indicado el abogado, ayuda económica y aclaración del régimen de visitas. Lo está pasando mal, y con ella, sus dos hijas. La conocemos a través de una de ellas, que durante todo el curso ha tenido problemas escolares.

Ahora está mirando el escaparate de una perfumería. Con la más pequeña de sus hijas. Están las dos de espaldas. Es una mujer a la que le va bien estar de espaldas, pienso. Se echa la vida a las espaldas. Resiste. Reclamamos su atención y se alegra de vernos. Nos dice que está bien. Trabajaba, pero ya no. Se acabó el contrato. Que va a ir con la niña a ver la película de Harry Potter. Que está haciendo tiempo hasta que comience la sesión. Que le gusta mirar el escaparate de la perfumería.

miércoles, julio 01, 2009

Miércoles


Este calor tremebundo, que consigue desquiciar a cualquiera, nos empuja a la ducha. Cae el agua un buen rato y luego, tras secarnos sin mucho interés, salimos a la terraza a ver cómo vuelan o planean en el cercano horizonte de los bloques de enfrente los vencejos o las golondrinas o los pájaros que sean. Parece que no se cansan, parece que van en pareja. Hay muchos ahora, al anochecer ¿Dónde se meterán a la hora del calor? Parecen cometas que volaran sujetas por un hilo invisible.
Martes

De compras en una enorme tienda de deportes. Mi hija, que tiene once años, se marcha de campamento. Brújula, saco de dormir, linterna, chubasquero, bronceador, repelente para los insectos. Practicará piragüismo, senderismo, escalada, etc. Después, cuando vuelva, irá a la playa, más tarde al pueblo, con su abuela, porque sus padres tendremos que trabajar. Hoy mismo ha ido a la piscina.

El otro día no quisimos llevarla al cine. Se enfadó y dijo: “Es que no lo comprendéis, pero NECESITO vivir mi juventud”.