lunes, junio 02, 2008

Días (III)
Acerco a los niños al colegio. Dentro del coche huele a tabaco. Parece que los semáforos se cierran al verme llegar. Los cristales se empañan. Las farolas siguen encendidas a pesar de que hace rato que ha amanecido.
Luego aparco en doble fila a la puerta de casa para que Vero lo recoja (miro hacia la ventana y está todavía encendida) y voy andando hasta el metro. La gente a esa hora corre y yo también corro. El torniquete del metro no funciona, así que me cuelo. Tengo metrobús, pero me cuelo. El del violín del pasillo de la línea 7 ya está desenfundándolo. Camino deprisa. Nadie es capaz de caminar despacio en el metro: sería arrollado. Los que mueren arrollados o víctimas de algún ataque (de histeria, al corazón, de tristeza) son arramblados en los depósitos que hay tras esas puertas pequeñas que existen en algunos pasillos. Los vigilantes jurados nos vigilan a todos, por si desfallecemos.

2 comentarios:

Miguel Angel Gara dijo...

Y luego dices que no te gusta la poesía primo, si no es más que eso, mirar distinto.
Felicidades por tu nuevo libro. Al final vas a ser el Carver/Wolf/Cheever patrio.
Ya charlaremos largo y tendido de luces (y sombras) ténues, de sheriffs y de dulces adrados.
Un abrazo

M

miguel baquero dijo...

Martín, he escrito algo sobre tí en mi blog. Un abrazo.