lunes, mayo 10, 2010

Historias del paro (y XVIII)

Salimos a tomar unas cañas. Hace buen tiempo. La gente está en la calle. Miles de niños corren en bicicleta por las aceras. Perros defecan por riguroso turno, pues no hay sitio suficiente para que todos dejen su zurullo al mismo tiempo. (Hay uno de raza siberiana, con mucho pelo, que parece estornudar. Otro, demasiado canijo, ladra, y cuando ladra se queda suspendido en el aire unos segundos, como si volviera de un viaje astral). El polen de los árboles pulula por ahí, y se deposita en el capó de los coches, en el corazón de las gentes, en mi garganta.

Nos sentamos en una terraza a tomar unas cañas. Calculo cuántas barras de pan compraría con el dinero que nos gastaremos hoy. Cuántos litros de leche. Cuánta carne para guisar.

Rellenar una primitiva, quizás.

2 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Precioso final, José Manuel. Ese optimismo agridulce deja abierta una puerta.

Estupenda serie la de historias del paro. Enhorabuena.

la luz tenue dijo...

Gracias, Teresa.
Leyendo el períódico, oyendo las noticias, parece que las cosas van cada vez peor.
Lo que más me incomoda es que parece que, poco a poco, se le da la vuelta a la tortilla y los que sufirmos la crisis pasamos a ser los causantes de ella.