domingo, enero 07, 2007

Alzheimer
El hombre veía el mar desde la ventana. Todos afirmaban que aquello era Madrid y que tras los cristales solo podían verse dos acacias tristes y una farola de luz amarillenta, pero él decía, por ejemplo: “mañana, marejadilla”. O: “mañana, marejada de fuerza dos”. Y se quedaba tan tranquilo, con cuidado de que el agua salada de las olas que rompían en el alfeizar no le alcanzara la suela de las zapatillas de paño.

Tenían miedo de que dañara a quien más quería. El hombre amenazaba con la garrota a su nieta y, en cierta ocasión, le atizó en la cabeza. A la niña le afloraron a los ojos unas pequeñas lágrimas y él rió como ríen los niños.

Solo se tranquilizaba si le enseñaban un álbum de fotos en el que se viera cuando era pequeño. Acariciaba las fotos en blanco y negro y decía: “quien soy yo, quien soy yo...”

Le habían dicho a los familiares que no le mencionaran la palabra MENTIRA. Por lo visto a estos enfermos les hace mucho daño oírla.

Se quedaba mirando con ojos de tortuga y sonreía con sorna. Parecía que diría algo interesante. Pero callaba.

Si comenzaban a contarle una historia él la continuaba, pero al rato se quedaba con la boca abierta y la historia parecía evaporarse en el aire.

Le parecía que lo más bonito del mundo era la válvula de la olla exprés.

No comprendían su obsesión por el mar si él era de tierra de páramos. Quizás la culpa la tuviera José Antonio Maldonado, con esas palabras que utilizaba a la hora de la cena: marejada, marejadilla... También a la chica que presenta el telediario la llamaba Doña Concha y se excusaba por no haber hecho los deberes. “No me dé con la vara, Doña Concha, no me de con la vara...”, decía.

4 comentarios:

conde-duque dijo...

Qué gran texto, Luz Tenue. Muy impactante; le deja a uno pensativo... Espero que, además de seguir con los aforismos (el del ascensor y el escote es genial), se anime también a regalarnos más relatos de este tipo.
Un saludo.

mabalot dijo...

Triste, triste, triste... y VERDAD... Y cada frase, más que leerla, la respiro. Tiene olor; todo.
Aunque la mayoría de sus frases ya son relatos yo también le animo a que se extienda un poco más de vez en cuando; es como si en lugar de regalarnos unos calcetines hermosísimos, que no se encuentran, se decide a darnos algún jersey o chaqueta para meternos dentro (perdone la ramplona comparación).
Un afectuoso saludo.

la luz tenue dijo...

Gracias por los comentarios. De vez en cuando inventaremos alguna historia...

M dijo...

Te cuento la anécdota como la recuerdo haber leído. Creo que fue Dámaso el que murió de alzheimer, y en sus últimos días agarraba la mano de su mujer y le decía: "No sé quién eres, pero te he querido mucho".