miércoles, julio 04, 2007

Jardín
Miro por la ventana y veo al jardinero. Sujeta entre sus manos una enorme podadora que, por lo que suena, parece excesivamente revolucionada. El hombre, vestido con el uniforme verde del departamento de parques y jardines del ayuntamiento, está cortando el seto de arizónicas. Entre cada tramo de arizónicas hay intercalados unos rosales, con unas enormes flores rojas. Son las mejores rosas, las que nacieron al final de la primavera.
Abro la ventana y huelo las arizónicas, y la humedad de la tierra, pero también la gasolina de la máquina. El jardinero rasura la línea del seto, se separa unos metros, contempla su trabajo, y vuelve de nuevo a ello. Está consiguiendo un trabajo perfecto, un trabajo de artista. Las arizónicas están tupidas y perfectas, en línea completamente.
De pronto, el hombre se levanta la visera de plástico, mira a un lado y a otro, parece ser que no ve a nadie. Empuña de nuevo lo que ahora parece un arma y, de un tajo, se lleva por delante todas las rosas de un rosal, que vuelan durante un segundo y después caen al suelo.

4 comentarios:

Ana Pérez Cañamares dijo...

Hay que ser muy fuerte para evitar la tentación de convertirse en asesino con una motosierra en la mano.

Mabalot dijo...

Esas rosas volando, a cámara lenta, claro, y el sonido del motor en off...

la luz tenue dijo...

Hubo un momento en el que la podadora pareci� un arma de repetici�n.

Marta dijo...

Es un texto ¡genial! LuzTenue. Muy cortito pero pasa de la calma a la inquietud en un segundo. Y le deja a uno con un temblor en el cuerpo...