jueves, agosto 28, 2008

Cine
Se está muy bien en el vestíbulo enmoquetado y fresquito. Todo es perfecto porque el cuenco de las palomitas huele bien y hay mamás y papás con sus niños esperando a entrar que tienen la misma cara que tú, una cara de expectación y a la vez de cansancio. Te sientes miembro de una comunidad.

Se abren las puertas, pesadas, y penetramos en la sala, que huele a pino.

A las butacas solo le falta el acelerador y el embrague para parecer asientos de un coche deportivo. A un lado, el agua; al otro, las palomitas. En las primeras filas un niño se despereza, otro llora como un verraco. La mujer de delante tiene un cuello extraordinariamente largo (sensual). Miramos la pantalla obsesivamente.

La película es infantil y tiene su gracia, pero a los pocos minutos dejo que la mente se ponga a vagar por ahí, a lo suyo. Nadie me ve, puedo cerrar los ojos. Me comprometo con ella, con mi mente: que vague hasta los créditos, hasta que se enciendan las luces. Luego, a pensar en la cena. Y en mañana.

2 comentarios:

miguel baquero dijo...

Y ese redondel para posar las bebidas que hay ahora en todos los cines. Parece que estamos, es verdad, en la cabina de un véhículo

la luz tenue dijo...

La película era Kung Fu Panda, una peli también para mayores (mayores que crecimos con Bruce Lee). Fue divertida, y aún así, se me iba la cabeza a mis cosas y no podía concentarme.