Cercanías
La obstinada melancolía de estas tardes nubladas, de calima y sudor. Estación de tren. Cercanías. Llevo un libro para leer, pero no leo. Levanto la vista. Un hombre narigudo, con el pelo ensortijado y barba de varios días, que viste pantalón corto, fuma y mira al andén de enfrente. Seguramente pensará en las cervecitas que tomará al llegar a casa.
Varias muchachas con ropa de escote superlativo parecen cansadas. Sus movimientos son tan lánguidos que merecerían estar en la playa, al sol, y no esperando un tren.
Una señora habla por teléfono. “Ya llego, ya llego...”, dice.
Llega el tren y subimos. Somos muchos. Un hombre tiene el pie desnudo sobre el asiento de enfrente, y con ese gesto desanima a los que nos queremos sentar. Luce un gesto como de reto, parece apretar los dientes mientras nos enseña su pie. El pie es largo y sus dedos, enormes, están ahí en medio del asiento.
Después de un día de citas telefónicas con médicos, de rellenar papeles y más papeles, de buscar la sombra de las paredes de los edificios en mi deambular por Madrid, este pie desnudo y maleducado me hace desear el motivo, la razón que redima el día. Lo deseo con toda mi alma (un instante, una mirada, unas palabras), pero puede que este día no tenga redención. Me quedo de pie. Intento leer.
miércoles, septiembre 03, 2008
martes, septiembre 02, 2008
Calor
Ayer hizo calor durante todo el día, pero no demasiado. Sé que otros días de este verano han sido más calurosos. Sin embargo, por la noche estábamos viendo la televisión y mi espalda sudaba. Me toqué la frente y sudaba. Luego, acostado en la cama, di vueltas y vueltas hasta que, en medio de la madrugada, oí en la calle el ruido del camión de la basura. Creo recordar que me dormí con las manos cruzadas sobre mi vientre, con la vista fijada en el techo de la habitación, y con el ruido de la trituradora del camión de la basura resonando en mis oídos.
Ayer hizo calor durante todo el día, pero no demasiado. Sé que otros días de este verano han sido más calurosos. Sin embargo, por la noche estábamos viendo la televisión y mi espalda sudaba. Me toqué la frente y sudaba. Luego, acostado en la cama, di vueltas y vueltas hasta que, en medio de la madrugada, oí en la calle el ruido del camión de la basura. Creo recordar que me dormí con las manos cruzadas sobre mi vientre, con la vista fijada en el techo de la habitación, y con el ruido de la trituradora del camión de la basura resonando en mis oídos.
domingo, agosto 31, 2008
Cocina
Termino de preparar una carne en salsa. Friego todos los platos, los utensilios. Recojo la cocina. Me sorprendo pasando el mocho de la fregona por el suelo, intentando que reluzca, que brille. Retorciendo, escurriendo el agua, volviendo a pasarlo. Apretando, apretando hasta que sudo y me duelen los hombros. Y el suelo no reluce.
Se acaban las vacaciones. Mañana hay que volver al trabajo.
Termino de preparar una carne en salsa. Friego todos los platos, los utensilios. Recojo la cocina. Me sorprendo pasando el mocho de la fregona por el suelo, intentando que reluzca, que brille. Retorciendo, escurriendo el agua, volviendo a pasarlo. Apretando, apretando hasta que sudo y me duelen los hombros. Y el suelo no reluce.
Se acaban las vacaciones. Mañana hay que volver al trabajo.
jueves, agosto 28, 2008
Cine
Se está muy bien en el vestíbulo enmoquetado y fresquito. Todo es perfecto porque el cuenco de las palomitas huele bien y hay mamás y papás con sus niños esperando a entrar que tienen la misma cara que tú, una cara de expectación y a la vez de cansancio. Te sientes miembro de una comunidad.
Se abren las puertas, pesadas, y penetramos en la sala, que huele a pino.
A las butacas solo le falta el acelerador y el embrague para parecer asientos de un coche deportivo. A un lado, el agua; al otro, las palomitas. En las primeras filas un niño se despereza, otro llora como un verraco. La mujer de delante tiene un cuello extraordinariamente largo (sensual). Miramos la pantalla obsesivamente.
La película es infantil y tiene su gracia, pero a los pocos minutos dejo que la mente se ponga a vagar por ahí, a lo suyo. Nadie me ve, puedo cerrar los ojos. Me comprometo con ella, con mi mente: que vague hasta los créditos, hasta que se enciendan las luces. Luego, a pensar en la cena. Y en mañana.
Se está muy bien en el vestíbulo enmoquetado y fresquito. Todo es perfecto porque el cuenco de las palomitas huele bien y hay mamás y papás con sus niños esperando a entrar que tienen la misma cara que tú, una cara de expectación y a la vez de cansancio. Te sientes miembro de una comunidad.
Se abren las puertas, pesadas, y penetramos en la sala, que huele a pino.
A las butacas solo le falta el acelerador y el embrague para parecer asientos de un coche deportivo. A un lado, el agua; al otro, las palomitas. En las primeras filas un niño se despereza, otro llora como un verraco. La mujer de delante tiene un cuello extraordinariamente largo (sensual). Miramos la pantalla obsesivamente.
La película es infantil y tiene su gracia, pero a los pocos minutos dejo que la mente se ponga a vagar por ahí, a lo suyo. Nadie me ve, puedo cerrar los ojos. Me comprometo con ella, con mi mente: que vague hasta los créditos, hasta que se enciendan las luces. Luego, a pensar en la cena. Y en mañana.
martes, agosto 26, 2008
Verano
Da uno un puntapié a una piedra y parece que resuena, calle abajo (y la calle no está inclinada). Hay en los bancos del parque gente sentada, que gesticula: las mujeres plisándose la falda, los hombres mesándose los cabellos. No sé si llegarán a una conclusión. No es necesario hablar. En verano quizás sea mejor el silencio. Dar todo por supuesto. Dejar pasar el tiempo.
Da uno un puntapié a una piedra y parece que resuena, calle abajo (y la calle no está inclinada). Hay en los bancos del parque gente sentada, que gesticula: las mujeres plisándose la falda, los hombres mesándose los cabellos. No sé si llegarán a una conclusión. No es necesario hablar. En verano quizás sea mejor el silencio. Dar todo por supuesto. Dejar pasar el tiempo.
sábado, agosto 23, 2008
jueves, agosto 21, 2008
Avión
Me sorprendo mirando la lista de los fallecidos. Hay familias enteras. Desaparecidas para siempre. Lo dejo.
No he querido comprar hoy el periódico porque no quería ponerme frente al dolor, pero lo leo en internet, no puedo dejar de leerlo. Quizás para ver si hay una razón, aunque sea mínima, por la que suceden estas tragedias. Quizás para hacerme con un pequeño y mínimo porcentaje de ese dolor y así poder compartirlo, qué iluso.
Me sorprendo mirando la lista de los fallecidos. Hay familias enteras. Desaparecidas para siempre. Lo dejo.
No he querido comprar hoy el periódico porque no quería ponerme frente al dolor, pero lo leo en internet, no puedo dejar de leerlo. Quizás para ver si hay una razón, aunque sea mínima, por la que suceden estas tragedias. Quizás para hacerme con un pequeño y mínimo porcentaje de ese dolor y así poder compartirlo, qué iluso.
miércoles, agosto 20, 2008
Verano
Estas tardes de verano de Madrid, esta flama que nos quema.
Paseas y te ves reflejados en los escaparates de las tiendas, todas cerradas hasta septiembre (ambos inclusive, siempre amos inclusive). Las aceras, los portales, los árboles, todos los objetos lucen como un polvillo de no ser usados. Están las terrazas de los bares llenos de gente cansada, que se toma la cerveza como medicina. Los semáforos tienen una cadencia de película sueca y hacen que esperes para cruzar (ahí quietecito) aunque no se vea un coche en kilómetros a la redonda.
Estas tardes de verano de Madrid, esta flama que nos quema.
Paseas y te ves reflejados en los escaparates de las tiendas, todas cerradas hasta septiembre (ambos inclusive, siempre amos inclusive). Las aceras, los portales, los árboles, todos los objetos lucen como un polvillo de no ser usados. Están las terrazas de los bares llenos de gente cansada, que se toma la cerveza como medicina. Los semáforos tienen una cadencia de película sueca y hacen que esperes para cruzar (ahí quietecito) aunque no se vea un coche en kilómetros a la redonda.
domingo, agosto 17, 2008
Aniversario
Ese hombre al que se le murió la hija el año pasado después de mil sesiones de quimioterapia tiene este año una huerta espléndida. Atraviesa con la azada al hombro las calles del pueblo con una entereza que pasma, llega a la huerta y se agacha entre los surcos, rebuscando tomates, y espantando a los grajos, que picotean las pequeñas sandías en las matas.
Su mujer, vestida de negro, sale a comprar el pan (se extraña de que la hogaza haya subido diez céntimos) y barre la puerta de su casa.
Ese hombre al que se le murió la hija el año pasado después de mil sesiones de quimioterapia tiene este año una huerta espléndida. Atraviesa con la azada al hombro las calles del pueblo con una entereza que pasma, llega a la huerta y se agacha entre los surcos, rebuscando tomates, y espantando a los grajos, que picotean las pequeñas sandías en las matas.
Su mujer, vestida de negro, sale a comprar el pan (se extraña de que la hogaza haya subido diez céntimos) y barre la puerta de su casa.
lunes, agosto 11, 2008
Constatación
Si tienes tiempo siéntate un rato y acaríciate el cuero cabelludo con paciencia, poco a poco, relajadamente. Flexiona los codos, articula tus manos, y aprieta con la yema de los dedos sobre tu cabeza. Sin masajear, solo palpando. Verás como, más pronto o más tarde, encuentras una especie de hoyo, una pequeña hendidura en tu perímetro craneal. Pues bien: por ahí es por donde se escapan todas tus ideas geniales que nunca consigues llevar a la práctica.
Si tienes tiempo siéntate un rato y acaríciate el cuero cabelludo con paciencia, poco a poco, relajadamente. Flexiona los codos, articula tus manos, y aprieta con la yema de los dedos sobre tu cabeza. Sin masajear, solo palpando. Verás como, más pronto o más tarde, encuentras una especie de hoyo, una pequeña hendidura en tu perímetro craneal. Pues bien: por ahí es por donde se escapan todas tus ideas geniales que nunca consigues llevar a la práctica.
miércoles, agosto 06, 2008

Abuela
Mi abuela era pequeñita y con un nervio de apretar los dientes. Se quedó viuda en la guerra, cuando su marido prefirió irse con los milicianos a quedarse con su mujer y su hijo recién nacido. La última vez que le vieron fue a lomos de un caballo requisado.
Mi abuela comía gajos de naranja con mendrugos de pan, y decía que las mejores patatas que había probado eran las chirimoyas.
Si recuerdo las sopas de tomate que preparaba mi abuela se me saltan las lágrimas. Si me pongo a pensar en gallinas, o en los surcos de la huerta, o en olivos se me viene a la mente mi abuela, y parece que me acariciara.
Mi abuela decía feregorífico o faamacia en lugar de frigorífico o farmacia, pero ha sido una de las personas más sabias que he conocido. Era sabia no por lo que decía sino por lo que se callaba.
lunes, agosto 04, 2008
lunes, julio 28, 2008
Málaga (V)
Los niños hacen agujeros en la arena de la playa como si quisieran llegar a las antípodas. Pequeños tesoros en cubos de plástico azul: un cangrejo y cien pequeños guijarros.
Algunas mujeres se agarran los pechos como si fueran a escaparse. Otras tensan los músculos y se acarician las rodillas.
Las sombrillas parecen parabólicas para el móvil: la gente habla al auricular y parece pensar en otra cosa. Las boyas que se ven allá a lo lejos son el punto y seguido del horizonte.
Las páginas de los libros se llenan de sal y parecen pergaminos. Lecturas sobre la indolencia.
Hay gente que se relame en las duchas de la playa. Que se lava los pies de forma bíblica.
Caminar por la arena que quema para volver, para dejar paso a los que llegan.
Los niños hacen agujeros en la arena de la playa como si quisieran llegar a las antípodas. Pequeños tesoros en cubos de plástico azul: un cangrejo y cien pequeños guijarros.
Algunas mujeres se agarran los pechos como si fueran a escaparse. Otras tensan los músculos y se acarician las rodillas.
Las sombrillas parecen parabólicas para el móvil: la gente habla al auricular y parece pensar en otra cosa. Las boyas que se ven allá a lo lejos son el punto y seguido del horizonte.
Las páginas de los libros se llenan de sal y parecen pergaminos. Lecturas sobre la indolencia.
Hay gente que se relame en las duchas de la playa. Que se lava los pies de forma bíblica.
Caminar por la arena que quema para volver, para dejar paso a los que llegan.
martes, julio 22, 2008
Málaga (IV)
La casa que hemos alquilado es una casa grande y fresca. Esta casa está enclavada en un barrio de Málaga que antes fue pueblo. Es un barrio con reminiscencias agrícolas, eso hasta lo puedo notar yo: todo tierra fértil y llana, todo naranjos y limoneros a lo largo de la carretera, el verdor de los enormes árboles aguacateros tras las vallas. Aquí hubo una cooperativa que se dedicaba a la caña de azúcar y que llegó a contar con 102 socios.
Mucho dinero, me dice el vecino, aquí los tractores no paraban. Pero vino la crisis de la caña, y después vinieron los bancos. ¿Ve usted donde está el caballo? Pues eso van a ser naves industriales. Es de La Caixa.
La casa que hemos alquilado es una casa grande y fresca. Esta casa está enclavada en un barrio de Málaga que antes fue pueblo. Es un barrio con reminiscencias agrícolas, eso hasta lo puedo notar yo: todo tierra fértil y llana, todo naranjos y limoneros a lo largo de la carretera, el verdor de los enormes árboles aguacateros tras las vallas. Aquí hubo una cooperativa que se dedicaba a la caña de azúcar y que llegó a contar con 102 socios.
Mucho dinero, me dice el vecino, aquí los tractores no paraban. Pero vino la crisis de la caña, y después vinieron los bancos. ¿Ve usted donde está el caballo? Pues eso van a ser naves industriales. Es de La Caixa.
domingo, julio 20, 2008
Málaga (III)
Estamos esperando para pagar el periódico que hemos cogido del expositor. La gente camina ya hacia la playa como iban los Beatles por aquel paso de cebra famoso, a grandes zancadas. Una señora, supongo que asturiana, ve venir a una pareja de guiris con la piel enrojecida. Tan enrojecida que parece que vayan a arder, tan enrojecida que da miedo verlos, que dan ganas de rascarse, pero suavemente. La señora dice: “Cuézome”. Luego me mira y repite, como disculpándose: “Es verlos, y cuézome”.
Estamos esperando para pagar el periódico que hemos cogido del expositor. La gente camina ya hacia la playa como iban los Beatles por aquel paso de cebra famoso, a grandes zancadas. Una señora, supongo que asturiana, ve venir a una pareja de guiris con la piel enrojecida. Tan enrojecida que parece que vayan a arder, tan enrojecida que da miedo verlos, que dan ganas de rascarse, pero suavemente. La señora dice: “Cuézome”. Luego me mira y repite, como disculpándose: “Es verlos, y cuézome”.
miércoles, julio 16, 2008
Málaga (II)
Todas las mañanas nos despertaba el relinchar de un caballo. Te asomabas a la ventana y no había amanecido, pero el caballo ramoneaba entre los cardos, relinchando en el silencio de la madrugada. Mi hija le puso de nombre Charlie y en algunas ocasiones se acercó a acariciarlo. Yo le puse Puto Despertador, y creo que se reía de nosotros, veraneantes de pacotilla.
Luego, ya despierto, iba a la cocina, me sentaba frente a la ventana, con el fresquito de la mañana, y me ponía a leer durante una hora o dos, hasta que el sol empezaba a subir y me daba en la cara. El tiempo para leer a David Torres, Anna Gavalda o Samuel Bentrechit se lo debo al relinchar de un caballo en la madrugada.
Todas las mañanas nos despertaba el relinchar de un caballo. Te asomabas a la ventana y no había amanecido, pero el caballo ramoneaba entre los cardos, relinchando en el silencio de la madrugada. Mi hija le puso de nombre Charlie y en algunas ocasiones se acercó a acariciarlo. Yo le puse Puto Despertador, y creo que se reía de nosotros, veraneantes de pacotilla.
Luego, ya despierto, iba a la cocina, me sentaba frente a la ventana, con el fresquito de la mañana, y me ponía a leer durante una hora o dos, hasta que el sol empezaba a subir y me daba en la cara. El tiempo para leer a David Torres, Anna Gavalda o Samuel Bentrechit se lo debo al relinchar de un caballo en la madrugada.
martes, julio 15, 2008
Málaga
En los chiringuitos había camareros que andaban entre las mesas como los toreros en la plaza. En las mesas, platos de pescado con el lomo dorado y aceitunas respingonas. Cervezas frías, manteles de papel, pan en colines y moscas habituales que se sabían el camino hacia la espalda desnuda de los clientes.
En los chiringuitos había camareros que andaban entre las mesas como los toreros en la plaza. En las mesas, platos de pescado con el lomo dorado y aceitunas respingonas. Cervezas frías, manteles de papel, pan en colines y moscas habituales que se sabían el camino hacia la espalda desnuda de los clientes.
martes, junio 17, 2008
lunes, junio 02, 2008
Días (III)
Acerco a los niños al colegio. Dentro del coche huele a tabaco. Parece que los semáforos se cierran al verme llegar. Los cristales se empañan. Las farolas siguen encendidas a pesar de que hace rato que ha amanecido.
Luego aparco en doble fila a la puerta de casa para que Vero lo recoja (miro hacia la ventana y está todavía encendida) y voy andando hasta el metro. La gente a esa hora corre y yo también corro. El torniquete del metro no funciona, así que me cuelo. Tengo metrobús, pero me cuelo. El del violín del pasillo de la línea 7 ya está desenfundándolo. Camino deprisa. Nadie es capaz de caminar despacio en el metro: sería arrollado. Los que mueren arrollados o víctimas de algún ataque (de histeria, al corazón, de tristeza) son arramblados en los depósitos que hay tras esas puertas pequeñas que existen en algunos pasillos. Los vigilantes jurados nos vigilan a todos, por si desfallecemos.
Acerco a los niños al colegio. Dentro del coche huele a tabaco. Parece que los semáforos se cierran al verme llegar. Los cristales se empañan. Las farolas siguen encendidas a pesar de que hace rato que ha amanecido.
Luego aparco en doble fila a la puerta de casa para que Vero lo recoja (miro hacia la ventana y está todavía encendida) y voy andando hasta el metro. La gente a esa hora corre y yo también corro. El torniquete del metro no funciona, así que me cuelo. Tengo metrobús, pero me cuelo. El del violín del pasillo de la línea 7 ya está desenfundándolo. Camino deprisa. Nadie es capaz de caminar despacio en el metro: sería arrollado. Los que mueren arrollados o víctimas de algún ataque (de histeria, al corazón, de tristeza) son arramblados en los depósitos que hay tras esas puertas pequeñas que existen en algunos pasillos. Los vigilantes jurados nos vigilan a todos, por si desfallecemos.
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